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 Me llamo Manuel García Paniza, tengo treinta y seis años, soy soltero, vivo con mi madre viuda, y hasta hace seis meses he trabajado de auxiliar en la notaría de don Cosme Sarmiento Barbia, con gran satisfacción del mismo don Cosme y de su oficial mayor, mi jefe directo, don Tadeo Cienfuegos de la Peña, estricto cumplidor de su deber, como un servidor de ustedes ha sido siempre, aunque esté mal en decirlo y a pesar de reconocer que las comparaciones sean odiosas.

Fui un extraordinario mecanógrafo, cuatrocientas quince pulsaciones, premio extraordinario de la prestigiosa academia de don Cecilio Pancorbo de la Cruz, amigo personal de don Cosme y con eso está dicho todo. Y digo fui porque la mecanografía dejó de practicarse, como ustedes sabrán, por la venida de los ordenadores, que están bien, para qué vamos a negarlo, ahorran trabajo y todo se tiene guardado en el disco duro —copias de seguridad aparte—; qué les voy a decir que ustedes no sepan a estas alturas; sin embargo, personalmente, seguí echando de menos mis máquinas de toda la vida: una Underwood y una Olivetti, magníficas las dos, de carro grande, que yo mismo me encargaba de mantener para que ninguna letra de ojos se empastara, que siempre ha sido el síntoma inequívoco de los mecanógrafos descuidados; para ser pulcro y meticuloso no hace falta ser ni relojero ni cirujano, como he dicho siempre.

Sigo teniendo a gala no haber faltado a mi trabajo ni una sola vez en los dieciocho años, tres meses y nueve días que estuve al servicio de don Cosme que, por cierto, últimamente ha engordado bastante, no es extraño, pues, que se congestione cuando se exalta y que empiece a padecer de gota.

En la notaría trabajábamos seis personas; es decir, aparte de don Cosme, de don Tadeo y de un servidor, estaban y siguen estando dos abogados —abogada y abogado—, doña Celia y don César, ella mayor que él y, Dios me perdone si me equivoco, desde el principio me dio la impresión de que había algo entre ellos, vamos, de que se acostaban juntos, si no todos los días, sí de cuando en cuando. Ella no es que esté mal, tiene mis años pero muy bien llevados, usa un perfume que pone cachondo, viste de abogada en ejercicio como antídoto a la lascivia, y se le nota en el humor cuando don César, que juega a pares y nones, no le ha dado las atenciones que ella demanda fogosa y constantemente, según se colige; a qué negarlo, él tiene su círculo y sus ambientes, como dice Gloria, que ha sido mi compañera atendiendo al público y la que sabe de ordenadores más que el que los inventó; gracias a ella nunca hubo que llamar a ningún servicio técnico, y a mí, personalmente, me sacaba de todos los apuros; qué quieren, una cosa es mecanografiar y otra muy distinta los misterios insondables de una máquina que sin que nadie sepa por qué, salvo Gloria, se para, y por mucho que se arranque de nuevo, se dé al Intro, al Esc o al Ctrl, no hay forma de oír la musiquita que es la señal de que todo está en orden.

Bueno, pues lo que iba diciendo: que Gloria asegura que don César es un pájaro y que a ella ya le dio un par de sustos de los de decir. —¡Por Dios, don César, que esto es acoso laboral!—. Él, según Gloria, se moderó de acciones, pero que cada vez que entra en su despacho sigue teniendo que aguantar cosas como estas: —¿Sabes que estás para morderte, rica?—. Claro, hasta que yo me canse. Pienso que parece mentira que haya hombres así, sin respeto alguno a las mujeres; no sé ni para qué han ido a la universidad.

Aunque ustedes no lo crean, trabajar en una notaría no resulta aburrido como pudiera parecer a simple vista; les puedo garantizar que es más distraído que hacerlo en un banco, por ejemplo, y mucho más sacrificado. Antes de los ordenadores se salía a las tantas de la noche, pero últimamente, con ellos, día con otro, a las tres o tres y media de la tarde ya estábamos en la calle, y hasta el día siguiente, como los funcionarios; claro que los funcionarios tienen días de vacaciones por asuntos propios, bajas por depresión y, día sí, día no, recados urgentísimos que hacer, como la ortodoncia del niño o la endoscopia de la esposa, que, ¡hay que ver la de endoscopias que se hacen ahora las mujeres! ¡Igualito que mi madre, que todavía, con la edad que tiene, no se ha hecho nunca un análisis de sangre! —¡Naturalezas!—, dice ella y lleva razón. A mí me pasa lo mismo, estoy sano como un roble aunque sí me hicieron un análisis de sangre cuando tenía quince años, y me salió que tenía un poco de anemia, pero con la Glefina, el vino quinado antes de las comidas y mis buenos filetes de hígado de ternera, se me quitó enseguida; desde entonces, en buena hora lo diga, ni un resfriado.

Si no fuera por el público, que algunos dan hasta los buenos días, lo que eché de menos mientras estuve en activo fue no tener tiempo ni ocasión para charlar con mis compañeros de oficina. El público, la mayoría, entra con cierto complejo, como si la notaría fuera un juzgado. En general, creo yo, se le teme más a los abogados que a los médicos, no digamos nada de los  notarios: infinitamente más que a los especialistas del riñón o del corazón. Tampoco es que yo pidiera que nos pasáramos la mañana comentando partidos de fútbol o hablando de trienios, como hacen los funcionarios; pero creo yo que existen muchos temas de conversación para exponer puntos de vista que ayudan a conocer a los que comparten tantas horas a lo largo del día, de los meses, de los años. Qué quieren, pero a un servidor, sin que esto sea afán de cotilleo, a pesar de haber transcurrido seis meses de mi baja voluntaria, sigo interesado en saber qué hay exactamente entre doña Celia y don César; desde luego nada que la moral apruebe, aunque la moral sea tan inflexible que no contemple las urgencias de las personas cuando a los veintiocho años no se han comido una rosca, y conste, no lo digo por mí, que no admito promiscuidades y que creo firmemente que solo el amor puede ser el sentimiento que, al unir dos almas, termine por unir dos cuerpos. Por eso no desespero; ya lo dice el refrán: Matrimonio y mortaja, del cielo bajan. Con esa esperanza vivo desde que conocí a Gloria, y se me va el santo al cielo, pero Gloria, me parece que ni se enteró de que estaba enfrente.

En lo de echar en falta las charlas con los compañeros, me refería a lo cultural: alguna novela, alguna película, algún concierto, alguna conferencia que comentar… A las conferencias sigo yendo a todas; no cuestan nada y se aprende muchísimo. Aquí, gracias al Aula Mancomunada de Escritores y Artistas, rara es la semana que no hay una; hablan siempre los mismos, pero como cambian de tema resulta distraído, además, se pone de manifiesto lo mucho que saben esos señores, la autoridad con la que hablan de lo que se tercie. Don Jerónimo de la Cueva, el presidente, practicante de profesión, es un eximio poeta, como dice siempre de él la prensa local. Don Modesto Barriga, encuadernador, parece mentira, lo mismo diserta sobre la literatura de humor que sobre la vida y obra de los místicos: es toda una autoridad. Así, muchos, casi todos. Todas las tardes se reúnen en el Café Central y allí hablan o se callan para exhibir los saberes o asimilar las experiencias; ellos aseguran que en la observación de la vida diaria se encuentra la base de la sabiduría. Llevarán razón. Servidor, cuando puede, también escucha y observa a pesar de no sacar tanto en claro como hacen ellos, al menos eso creo.

Cuando se organizan mesas redondas…; bueno, las mesas redondas son el disloque; en una de ellas me enteré de que don Diego Velázquez, mi pintor favorito, fue el encargado de los basureros del Madrid de su época y, aparte, recibía otro sobresueldo como aposentador de la reina; eso dijeron. Claro, desde entonces lo tengo entre ceja y ceja por aprovechado. Ya digo, en esas conferencias y en esas mesas redondas —que los programas de mano y el periódico llaman “paneles de expertos”—, se aprende muchísimo cuando se logra entender todo lo que dicen. A mí no me da vergüenza confesar que hay temas en los que me quedo en blanco, como cuando hablan de alguna novela que yo no haya leído, que son muchas, para qué voy a negarlo. Es verdad que leer, lo que se dice leer, leo bastante, pero no a un tal James Joyce, que lo ojeé en la Librería Nueva y se me cayó el libro de las manos, ¡qué plomo!; pero eso sí, aunque yo tenga preferencia por las novelas de Salgari y de Marcial Lafuente Estefanía no dejo de ojear lo que los señores que saben dicen que hay que tener como libros de cabecera: “El Siglo de las Luces”, “Rojo y Negro”, “Las uvas de la ira” y otros por el estilo que, la verdad, no discuto, pero, qué quieren que les diga, tienen sus dificultades; en cambio sí puedo presumir de algo que en conciencia no puede hacer la mayoría de los españoles: he leído casi todo lo de Corín Tellado y, lo juro, entero, El Quijote. Ahí queda eso.

Con las películas me pasa tres cuartos de lo mismo. Mis preferidas son las antiguas de piratas, con Burt Lancaster y el mudo, y las del Oeste de Jonh Wayne, aunque tampoco eche en saco roto las de Richard Widmark y James Steward; me acuerdo yo de “Dos cabalgan juntos” o de “El Hombre de Laramie” y se me saltan las lágrimas. Pero por lo visto el cine, como pasa con las  novelas, según los que saben, es otra cosa; será, para qué discutir. Está claro que los intelectuales pertenecen a otra casta distinta. Si alguna vez me permito decir que me gusta las películas españolas… ¡bueno, para qué nombrarlas!, recuerdo que lo dije en una reunión y por poco me saltan los ojos. Está visto que hasta la cultura puede volverse violenta; la gente en general y los intelectuales en particular lo que quieren es llevar siempre razón. ¡Qué pueblo más intransigente este nuestro! Pero quede claro que yo le tengo mucho respeto a los intelectuales locales que conozco —prácticamente a todos—, que en provincias también los hay tan buenos como los de Madrid. La ventaja de los de provincias es que, al ser menos, se empeñan más: todo es cuestión de proponérselo. Por ejemplo, don Ciriaco, que es compañero de don Jerónimo, los dos practicantes, con un consultorio que da gloria de limpio y de ordenado, bueno, pues don Ciriaco, que no tiene la prestancia de don Jerónimo porque es poquita cosa, me parece que es mucho más instruido que él, y debiera ser el Presidente del Aula Mancomunada de Escritores y Artistas, pero sólo es secretario porque es muy tímido. De eso sí me he dado cuenta: los intelectuales se dividen en dos grupos: los ostentosos —que suelen ser bastante altaneros y distantes—, y los modestos —silenciosos y tristes—; entre estos últimos están los poetas, los pobres, seguramente, tienen digerido que no los lee casi nadie; algunos, con tal de figurar, se hacen rapsodas, que es un bonito oficio, imprescindible en las compañías antiguas de varietés, como el prestidigitador o el caricato que contaba chistes; aquí tenemos uno, don Ginés, que cuando recita “El Embargo”, da una pena que se le saltan a uno las lágrimas, y cuando, en plan festivo, recita “Feria de Abril en Jerez”…, vamos, que se ven los caballos, los gitanos haciendo los tratos, gastándose diez duros en vino y almejas, vendiendo una cosa que no vale tres; yo hasta me la sé de memoria, claro que Pemán era Pemán.

También me he dado cuenta de que a los intelectuales de provincias, cuando hablan de política, les gusta ir a la contra, al menos estos que yo conozco, no sé si en otras alturas… Me da la impresión de que como ellos saben de todo —para eso son intelectuales—, les debe molestar que los políticos presuman sin tener por qué, sólo por ir en unas listas, al menos eso es lo que deduje de un comentario que hizo don Gumersindo de la Piedra, empleado de banca, tesorero del Aula, egiptólogo y taxidermista, en el ágape anual que celebran para conmemorar el aniversario de la publicación de la selección de los trabajos —escritos y conferencias— de un grupo de intelectuales de la directiva. “Diez nombres propios” se tituló ese libro que se puso a la venta con un éxito tremendo. Casi trescientos ejemplares vendieron; un servidor tiene uno dedicado por todos. Lo malo es que desde aquél, ya no han vuelto a publicar ninguno, va para veinte años; dicen las malas lenguas que todavía se lo deben a la imprenta que lo hizo.

En esto ni entro ni salgo y lo mismo que no hago caso de las habladurías, también me aparto del sentir de los intelectuales respecto a los políticos y, a mi pesar, siento disentir en esto de ellos pese a la admiración que les tengo. Personalmente creo que pocas personas en la actualidad están tan dispuestas como los políticos a sacrificarse por los demás. Es posible que algunos… bueno, conste, por lo que se lee en la prensa de cuando en cuando, pero incluso así no puedo coincidir con los intelectuales que los denigran; los políticos me parecen gente muy honesta y sacrificada, que pierden horas de estar con su familia, que tienen que estar constantemente en desayunos de trabajo, en almuerzos de trabajo, en comidas de trabajo, siempre de acá para allá, robándole horas al sueño con tal de favorecernos a todos, de procurarnos bienestar y prosperidad; insisto: puede que haya algunos descarriados, tampoco voy a negarlo categóricamente, pero igual que dicen que los hay entre los curas o entre los jueces, y pagan justos por pecadores. Mi madre, que es una santa, me lo tiene dicho desde que era un niño: —Manolo, hijo mío, tú no pienses mal de nadie ni envidies a nadie—. Y digo yo que si pensar mal del prójimo es pecado y envidiarlo más pecado todavía, pues sólo queda quererlos a todos o, al menos, admirarlos, que es lo que me pasa a mí. Y no es por el homenaje que van a darme; ya ven, un homenaje a mí, un modesto auxiliar de una notaría.

La verdad es que a estas alturas ni sé cómo empezó a fraguase todo. Un servidor —lo vengo diciendo—, salvo el cine de cuando en cuando, las conferencias de los intelectuales y mis lecturas, es más propenso al ahorro que a las dilapidaciones. La verdad es que con mis emolumentos y la pensión de mi madre hemos vivido tan ricamente: tenemos nuestro pisito de dos dormitorios, cuarto de baño completo con calentador eléctrico para el agua, un salón con su terraza, su con tresillo y su mueble bar-librería, un ventilador moderno para los calores y una estufa de butano delante del televisor porque a mi madre, en invierno, se le quedan helados los pies. En fin, que no nos falta un detalle, incluso nos permitimos ciertos lujos, por ejemplo, a primeros de mes, comemos gambas y por los cumpleaños, hasta cigalas en más de una ocasión. Así que tenemos nuestros ahorritos y con ellos todos los veranos hacemos un viaje porque tanto a mi madre como a mí nos encanta el tren. Nos pasamos por ahí una semana o diez días y volvemos como nuevos, que es de lo que se trata, de descansar, por eso preferimos los balnearios, ¡la de ellos que tenemos recorrido! Pero a mí, qué quieren ustedes, sin que lo sepa mi madre, me tira el juego; he ido más de treinta veces al bingo, y todas la semanas echo mi columnita en la Primitiva, los sábados, que es el día de la virgen.

Bueno, pues hace seis meses me tocó. Nunca me había tocado nada salvo algún reintegro y no más de tres aciertos muy de cuando en cuando; vamos, entre unos y otros, seis veces, que lo llevo bien ajustado en la memoria. Pero esta vez me tocó un pleno con bote. Total doce millones de euros. Al principio no me lo podía creer. Primero, como hago siempre, lo miré en el periódico. Fue ver que coincidían todos los números y me quedé de piedra, me guardé el boleto y esperé al día siguiente, que es cuando salen los acertantes y lo que les ha tocado a cada uno. El mío era el único: doce millones.

Encontrarse de pronto con doce millones de euros, la verdad, no se asimila; se mira uno en el espejo y sigue siendo el mismo: el bigotito recortado, el lunar en la barbilla, una patilla más alta que otra… lo normal, el de siempre. También influye lo difícil que resulta calcular así, de bote pronto, cuánto son doce millones de euros. Mucho dinero resulta. Se siente un cosquilleo raro mientras uno está callado y no se lo dice a nadie. Yo, ni a mi madre se lo dije, que esa fue otra, pensar en la forma de decírselo para que no le diera un soponcio. A mí, lo juro, salvo el cosquilleo, todo me parecía tan normal como sentarme a diario en mi mesa en la notaría. Lo primero que pensé es que por fin iba a probar el bogavante, que siempre estaba con ese antojo. De verdad que no pensé en otra cosa. Después ya sí. A medida que fueron pasando los días empecé a darme cuenta de que había cosas que siempre las había deseado, pero que se me habían ido durmiendo dentro, como cuando soñaba de niño tener una bicicleta, o una novia rubia cuando mozo, o una mujer como Gloria desde que la conocí.

Mi madre, al principio, lo encajó con cierta incredulidad, se rio como cuando le gasto bromas diciéndole que tengo novia; después, cuando se puso las gafas y lo comprobó en el periódico, dijo: —Hijo, la virgen santísima: hay que ponerle dos velas—. Ella fue la que me dijo lo que tenía que hacer al día siguiente, lunes: hablar con don Cosme, el notario, que él me orientara. Don Cosme dio un salto cuando se enteró. Fue la primera vez que lo vi sin saber qué decir; pero reaccionó pronto, enseguida levantó un acta, llamó a don Ramón de la Hoya, el director del banco donde él se movía, y éste se encargó de todo a partir de ese momento. —Discreción, amigo Ramón, —insistía don Cosme—, mucha discreción—. Y a mí me repetía lo mismo.

Don Cosme estaba triste cuando me despedí. Bueno, en realidad partió de él la idea. Mi madre ya me lo había advertido: —Manolo, aunque no te guste, vamos a tener que cambiar de vida, tú tendrás que dejar la notaría y yo meteré a una chica para que me ayude en la casa tres días por semana—. Así aguantamos diez días. Entretanto don Cosme me invitó a una cacería. El detalle me gustó, pero la cacería no: mucho andar para terminar matando animalitos. Servidor, para corresponder con él y con el director del banco, invitó a una mariscada, ¡y por fin probé el bogavante!: riquísimo, mereció la pena esperar tantos años. En el restaurante conocían mucho a don Cosme y a don Ramón; a mí me presentó como su amigo y colaborador; yo no sabía si estaba o no soñando, sobre todo cuando se acercó el dueño a nuestra mesa, le dijeron confidencialmente lo que me había pasado, y salió diciendo que invitaba la casa. Ya estuvo pendiente de nosotros, incluso fue testigo cuando don Ramón me dio un montón de papeles, talonarios y me anunció lo más importante, su oferta: un coche “Mercedes”. Sentí un respingo por dentro. Los únicos regalos que yo había recibido en mi vida, aparte de los juguetes cuando niño, habían sido corbatas, colonias y dos máquinas de afeitar eléctricas; bueno y pares de calcetines por los santos o los cumpleaños; mi madre siempre, que ha sido la única que ha estado pendiente de esos detalles. Decirme que me regalaban un “Mercedes” fue dejarme helado, y como no sabía ni a dónde mirar, me empecé a reír sin poder contenerme; tanta risa me entró que estuve a punto de atragantarme. ¡Un “Mercedes” a mí, que ni siquiera tenía carné de conducir! Naturalmente le dije que no y don Cosme saltó enseguida para dejar claro que no lo rechazaba, sino que ya veríamos; no se qué teníamos que ver, pero así quedó la cosa.

Bueno, resumiendo, y para que se sepa lo buena que es la gente: desde entonces no paro de invitaciones; don Cosme y el director del banco no me dejan ni a sol ni a sombra; me van a admitir como socio de honor del Aula Mancomunada de Escritores y Artistas; o sea, que me van a dar un diploma y voy a ser intelectual como don Jerónimo y don Ciriaco, que enseguida me dieron la enhorabuena y me hablaron de hacer una Fundación con mi nombre. No podía creérmelo, pero estaba con ellos el Alcalde y el Concejal de Cultura y fueron los que más entusiasmo demostraron; me han hecho muchas entrevistas en las televisiones; he salido en los telediarios, y en los periódicos con fotos con el lotero que selló mi columna, por cierto, compañero de cacería de don Cosme al que le he regalado una escopeta, la que él quiso, a medida; ya ven, nunca pude sospechar que las escopetas fueran como los abrigos. En fin, que estos seis meses han sido de locura. Sólo un trago amargo, amarguísimo: le dije a Gloria que si quería ser mi novia y no me contestó; se echó a llorar y salió corriendo.

Había estado esperando a que ella saliera de la notaría; no me atrevía a subir y preferí esperarla en la calle. Allí la abordé. Creo que se asustó porque ni yo mismo reconocí mi propia voz, de emocionado que estaba. Ella debió asustarse porque cuando me reconoció se quedó más tranquila; llovía tanto que nos refugiamos en un portal. Gloria, con una sonrisa, me dio la enhorabuena y que se alegraba de mi suerte aunque, me dijo, ya lo sabía por los compañeros y que esperó a que yo se lo dijera, que parecía mentira que hubiera esperado tanto tiempo. Me disculpé como pude. Entendió que yo estuviera desconcertado y que a partir de entonces quizá no fuera el mismo, porque el dinero —dijo con cierta tristeza—, cambia mucho a las personas, y temía que yo ya nunca fuera el que ella conoció. Me quedé sin saber qué decir; entonces, cogiendo impulso, le dije que si quería ser mi novia. Me miró muy fijamente, se le llenaron los ojos de lágrimas y echó a correr por la calle mojada.

Aún no sé si su reacción fue porque no me quiere o porque si me dice que sí va a verse convertida en millonaria. Con las mujeres nunca se sabe. Ahora no sé si escribirle una carta o esperar para demostrarle que a pesar de ser un intelectual sigo siendo el mismo, que el dinero es lo de menos. ¿O es que estoy equivocado?

Cuando salí de la consulta me cegó la luz del sol. Las escaleras, el ascensor y el zaguán estaban en penumbra, como mi cabeza después de haber recibido la noticia. El sol me devolvió a la realidad.

Oír que me quedaban seis meses de vida no es fácil de asimilar, por muchos rodeos que diera el doctor con tal de no presentarme la realidad de manera tan desnuda. Tuve que insistirle, que rogarle para que me hablara con claridad; nunca olvidaré la expresión de su cara; lo sentí por él cuando empezó diciéndome que era la primera vez que directamente se veía en aquel trance. Debía ser verdad. Era muy joven, delgado, alto, rubio, de frente despejada y gafas montadas al aire. Me dijo que no había lugar a dudas, aunque me recomendaba que acudiera a otro facultativo. Le dije que no, que confiaba en su diagnóstico, que morir no me asustaba, aunque sí el dolor. Lo comprendió. Por el dolor acudí a su consulta después de indagar sobre quién podía ser el mejor neurólogo para tratarme; todos me apuntaron hacia él. Aquella punzada eléctrica, como un tiro en la sien, fue el primer síntoma. No le hice caso. Nervios, pensé. Me repitió a los tres meses; en aquella ocasión tan intensa que casi perdí el conocimiento. Eran chispazos que duraban segundos. Tampoco le hice caso; tenía mucho trabajo y no podía parar. Parece mentira que el trabajo pueda servir de excusa para esquivar al miedo. Lo confieso, después del tercer ataque empecé a considerar si sería algo distinto a la tensión nerviosa que soportaba. No era miedo a la muerte, que ni pensé en ella, sino al dolor, a que volviera a repetirme, a que fuera más prolongado, más agudo, porque difícilmente lo soportaría. Se lo conté a mi médico de cabecera y me mandó unas pastillas con las que sentí cierto alivio. Estuve casi un año así, inquieto, aunque más tranquilo a medida que pasaban los meses y no se presentaba otro ataque. Cuando se repitió, en la calle, me desperté en urgencias de un hospital. Me hicieron pruebas y me detectaron el tumor. A partir de ahí noté que perdía audición, se repetían las punzadas y sentía mareos, náuseas; empecé a buscar el neurólogo que me atendiera. Nuevas pruebas. Tiempo. Incertidumbre. Insomnio. Diagnóstico definitivo: imposible la cirugía: seis meses de vida, acaso no tantos. ¿Dolor? Sí. Procurarían paliarlo.

Estaba perplejo ante la serenidad que me invadía. La espera incierta había sido peor que la certeza definitiva por dura que ésta resultara. Todo se resumía a que iba a morir antes de lo previsto, que no iba a envejecer, que mis planes iban a quebrarse a los cuarenta años. Pero, ¿acaso alguien hace planes para cuando se llegue a los ochenta?

Caminaba por la calle y me preguntaba si es que no me gustaba la vida. Miraba a mi alrededor y por primera vez me daba cuenta de que la mayoría de las cosas que veía me sobrevivirían: aquella casa, aquel establecimiento, aquellos árboles, nacidos antes que yo, lograrían sobrevivirme; la señora que paseaba su perrito, el vendedor de cupones, el pintor de fachadas, el taxista que leía la prensa esperando un cliente, ninguno de ellos —era lo más seguro— tendrían sus vidas tasadas, vivirían, como la mayoría, en la ignorancia de su fecha final, sin planteársela siquiera, como si fueran eternos, afanándose para salvar el día a día aferrados a la vida. Era lo normal. El que estaba fuera de lo normal era yo, que, desde ese día, tenía que ir despidiéndome y desprendiéndome de todo lo que había logrado reunir: mi trabajo, que tanto me costó conseguir; mi casa en las afueras, mi ilusión de siempre; mis libros; mi música; mis sueños de aventuras amorosas de soltero solitario que cree que el amor se consigue sin pretenderlo, como un azar que sale al encuentro porque la búsqueda, el ansia de encontrar, frustra el idealismo y se termina aceptando la llamada del sexo al que la urgencia disfraza como el amor soñado.

Si alguna vez pensé que saber la fecha de la muerte produciría desesperación, me equivoqué. Saber la fecha de la muerte concede una liberación insospechada. Hasta ese momento no se sabe con exactitud lo que significa no tener nada que perder. Podrá no creerse, pero hasta entonces no se sabe en qué consiste la superioridad. ¡Seis meses de libertad absoluta! Ni cometiendo un asesinato hay tiempo para el juicio. Claro que ni el asesinato, ni ningún rencor antiguo, ni siquiera el amor tienen sentido; uno mismo tampoco lo tiene; la vida es un accidente y hace falta saber cuándo nos convertiremos sólo en recuerdo para llegar a la conclusión de lo insignificante que es esta vida por la que tanto peleamos.

Al entrar en mi casa me pareció extraña, como si la viera por primera vez; la impresión duró poco, justo hasta que identifiqué en ella mis huellas; no se puede evitar que uno se reconozca por las pequeñas pistas que se dejan sin querer: el libro que se está leyendo; el cuadro que se tuerce siempre porque no se colocó bien desde su primera hora; la cortina desprendida de su anilla, que la pereza eterniza; la bombilla fundida que nunca se repone mientras enciendan las demás; los periódicos atrasados, pendientes de la lectura de un artículo que sólo se ojeó en su día; el ordenador encendido con el caleidoscopio salva pantallas como un reclamo que invita para que el mundo se abra ante tus ojos.

Eso quise ver en aquel momento: el mundo, ese mundo que estaba próximo a abandonar, los paisajes que nunca vería ya en directo. Recordé a la gente anónima con la que chateaba por las noches: aquella Mirian sentimental, que vivía frente a un mar permanentemente embravecido; aquél Antares argentino, con su nostalgia latente en sus textos barrocos; aquél Oráculo enciclopédico, especialista en saberes inútiles, tan ameno, tan divertido; todos los que formaban parte de ese mundo nuevo sin fronteras suspendido en la red que permite relacionarse sin la presencia física y sin la necesidad de compartir nada de lo que cada uno no desee compartir.

Pensé mandarles un correo para decirles lo que me pasaba. En ningún momento anterior, mientras duraron las exploraciones, les había dicho nada de mis dolencias, sin embargo todos me notaron más serio, acostumbrados como estaban a que fuera yo, Campana, el que sacara una punta de humor o de ironía a todo cuanto comentábamos. Antares llegó a cuestionarme que si mi inclinación hacia lo esotérico me estaba llegando a obsesionar, porque hablaba de la muerte con demasiada frecuencia, como si viviera conmigo. Tuve que repasar mis propios correos para detectar que era verdad, parecía que en mi subconsciente hubiera germinado lo que en mi consciencia aún no había tomado cuerpo.

Me abstuve de escribir. Preferí navegar buscando páginas que me distrajeran. Encontré una de diseño atractivo con un rótulo que me llamó la atención: “Club de los Condenados”. Leí el texto. Se trataba de un club —así rezaba— que pretendía reunir a personas que, como yo, tenían prescrita una fecha de caducidad más o menos próxima. La idea era embarcarnos en un crucero sin que nadie se identificara hasta que, poco a poco, fueran aflorando pistas que sólo nosotros podríamos identificar para llegar a conocernos, porque sólo nosotros sabríamos que aquel viaje se bautizaba como el Crucero del Adiós. Una expresa condición por razones de estética: ninguno de los condenados podíamos tener signos externos de la enfermedad que nos llevaría a la tumba; otra condición indispensable era que no se permitía compañía alguna, el viaje había de hacerse en solitario, mezclado entre los demás pasajeros que, obviamente, estarían ajenos a la singularidad que unía a nuestro grupo de anónimos desahuciados. A partir de ahí se explicaba el procedimiento a seguir. En primer lugar, imprescindible, mandar el historial médico de forma que cada uno guardara su anonimato, historial que, convenientemente estudiado, se aprobaría o no. Si se conseguía pasar la prueba, —señal inequívoca de nuestro próximo final—, recibiríamos en el e-mail que facilitáramos un código para acceder a toda la información confidencial necesaria que, lógicamente, no procedía difundir, como, por ejemplo, el nombre del barco, el lugar de embarque, la fecha, los días de duración, etc.; orientaban sobre el precio, y no había que adelantar cantidad alguna.

Más o menos aquel era el contenido informativo de la página a la que acompañaba un texto que se identificaba, aproximadamente, con lo que yo había pensado sobre mi situación. Decía que era inútil sumirse en la desesperación, que incluso el dolor que pudiéramos producir en nuestros allegados no podríamos evitarlo, y que el recuerdo de nuestra entereza sería el mejor consuelo para la tristeza que dejáramos. Añadía: “Puede parecer inmoral despedirse de la vida con un crucero de placer. Ojalá todos los que estáis en esta situación pudierais hacerlo sin menoscabo de la estabilidad económica de la familia que, en ningún caso deberá estar al corriente de los propósitos que perseguimos”.

Hice todo lo que indicaban. Para mí fue fácil: estaba solo. Seguí paso a paso las instrucciones. Con el código de acceso tuve otras nuevas que precisaban con exactitud cada uno de los pasos a seguir: fechas, lugar de partida, nombre del barco, forma de reservar el pasaje, equipaje imprescindible… Todo estaba minuciosamente detallado.

Los preparativos me llevaron a un esquema de vida distinto al que hasta entonces había seguido: me despedí del estudio donde trabajaba, vendí la casa, el mobiliario, el coche… Me alojé en un hotel hasta el día de la salida. Durante ese tiempo no tuve dolor alguno; se me antojaba estar en una espiral de sensaciones inéditas, todas ellas placenteras. A medida que me iba desprendiendo de lo que tenía me sentía más ligero, más libre; sólo ver las caras de mis amigos cuando recibían algún regalo inesperado se convertía en un espectáculo único. Nadie espera que le regalen porque sí; incluso para regalar se necesita un pretexto; nunca había pensado en ello pero es una realidad; el exceso de generosidad lo toman como locura momentánea, como excentricidad, como todo lo que no tiene una explicación lógica ni encaja en la rutina. Es increíble que ante el regalo espontáneo se piense que se guarda alguna carta marcada, se persigue algún interés inconfesable. Mi amigo Andrés, enamorado siempre de mis libros, no quiso aceptarlos porque, por primera vez, desconfió de mí y de mis intenciones. Así, en mayor o en menor medida, me pasó con otros; a ninguno le había hablado de mi dolencia; pocos sabían de mis dolores de cabeza y difícilmente podían sospechar mi estado terminal. También es una ventaja que se adquiere sobre los demás: ver lo relativo que es todo, lo convencional que hacemos nuestras vidas, lo ridículo de muchos egoísmos, pero, sobre todo, lo inútil que resulta sentenciar a los demás: calificar, clasificar, son subterfugios para justificar al juez que llevamos dentro, una careta más donde se oculta la vanidad y la soberbia.

Cuando por fin embarqué habían pasado tres meses desde el diagnóstico fatal; tan solo en una ocasión me repitió la punzada, leve, seguramente como consecuencia de la nueva medicación. Otro quizá habría pensado que el mal remitía, que el neurólogo se había equivocado, como tantas veces, y que los tres meses que me restaban podrían prolongarse hasta los tres años, o quizá más, y que por tanto, la liquidación total que yo había llevado a cabo con todo lo que poseía no tenía sentido, había sido precipitada; más aún, que podría incluso demandar al médico que con su diagnóstico tan profundamente había alterado mi vida. Sin embargo no me confié; desde el principio creí en él y, sobre todo, después de la revisión de mi historial clínico llevado a cabo por los organizadores de aquel Crucero del Adiós y que me habilitaba para obtener mi pasaje.

No puedo negar que estaba tan abrumado, tan sobrecogido que incluso la causa por la que estaba allí dejé de tenerla en primer plano, tal era el ritmo de nuevas sensaciones: los olores, el silencio, la majestuosa sobriedad de la decoración, la atención de sobrecargos y camareros, la delicadeza de las camareras, de las dependientas de las boutiques… todos parecían dispuestos a que cada pasajero se considerara dueño absoluto de aquel imperio durante los días que durara el crucero.

Emocionante la salida del puerto, el atardecer con la ciudad a contraluz, los pañuelos de despedida, el agua dorada, el silencioso navegar roto apenas por la música tenue, el murmullo de las voces educadas, el sonido de sirenas lejanas y el mar abierto, la inmensidad del mar por delante: la sensación de libertad.

Todavía no había tenido ninguna pista para identificar a mis compañeros del Club de los Condenados. Al entrar en el comedor me puse alerta. En la mesa que me correspondió, se sentaban dos parejas de recién casados, dos matrimonios jubilados y un joven delgado de nuez prominente, que a partir de ese momento, salvo imprevistos, serían mis compañeros tres veces al día. Deduje que, salvo el muchacho ojeroso, ninguna de las ocho personas restantes podía pertenecer al Club, por estar acompañadas. Después de las presentaciones observé atentamente a Óscar, el solitario, pero después de finalizada la cena, mi primera sospecha se desvaneció cuando se dirigió al piano de la sala y sustituyó a la orquesta melódica para interpretar diversas piezas de música española. Disimulé mi desencanto; para mí era desconocido pero según anunció la presentadora se trataba de un concertista de bastante renombre. Centré mi atención en el círculo más próximo. En la mesa de al lado, una joven de mediana edad, pálida como su echarpe de tul, conversaba sin entusiasmo con sus compañeros. Mi interés por ella creció cuando se levantó para dirigirse al pianista y decirle algo al oído. Óscar asintió con la cabeza mientras seguía interpretando a Granados. Cuando terminó, después de los aplausos, se dirigió a todos para decirnos que a petición de una encantadora señorita nos haría el regalo de interpretar el “Adiós a la vida”, de Puccini. El corazón me dio un vuelco. Aquella circunstancia podría ser una de las pistas y aquella señorita de aire melancólico podría estar entre el grupo al que yo pertenecía.

Quise comprobarlo entablando conversación con ella. Aproveché la música bailable que sustituyó la actuación del pianista y la invité a bailar. Me miró curiosa con sus ojos claros, grises o azules según la luz, accedió y bailamos en silencio, concentrados o mirándonos fugazmente a los ojos para sonreír con cierto envaramiento. Terminaba la pieza cuando me dijo que se llamaba Elvira. Elvira era un nombre que le cuadraba perfectamente, igual que el tono de voz. Estaba contenta de hacer aquel viaje con el que había soñado desde pequeña. Le pregunté por qué había pedido al pianista aquel fragmento de Tosca y me contestó que había sido la preferida de su madre, muerta diez meses atrás, imposibilitada desde muchos años antes, razón por la que hasta entonces no había podido realizar su sueño de llevar a cabo un crucero; es decir, nada que indicara similitud conmigo en cuanto a la intención del viaje.

Las dos personas que habían llamado mi atención resultaron pistas falsas; es cierto que llevábamos pocas horas de navegación, que nos quedaban muchos días por delante, pero a partir de entonces bajé la guardia; que pudiera o no localizar a alguno de los condenados dejó de ser prioritario; en realidad yo no estaba allí para poder observar las reacciones de los que arrastraban una muerte inminente, ni siquiera estaba para consolar a los de mi grupo ni para que me consolaran a mí, estaba… ¿Por qué estaba yo allí? ¿Simplemente porque era la última aventura de mi vida o para decirle adiós a la vida y hacerlo con elegancia, como Petronio, después de una placentera cena con los amigos? Volvía a ponerme en la tesitura de que cualquier actitud positiva por mi parte sería mejor que sumirme en una desesperación inútil. Me consolaba pensar en las catástrofes que el hombre no domina, en los terremotos, en las inundaciones, en el rayo que extermina una obra de arte, en todos los imponderables que se presentan sin remedio. Admitir que esto, y no otra cosa era mi enfermedad, no me hacía caer en el fatalismo, sino en una lucidez que nunca había sentido.

Marsella, Génova, Palermo, La Valetta, Tarento… Aquellos paisajes contemplados como tras un velo de tul, aquellos puertos legendarios, aquellas gentes, aquellos sonidos tan iguales y tan distintos según fuera de día o de noche, aquel ritmo entre el frenesí de las visitas en tierra y las placenteras horas de navegación: paseos por cubierta, piscinas climatizadas, hidromasajes, hamacas, cabezadas somnolientas, charlas sosegadas con personas que también habían decidido poner un paréntesis en sus vidas, con la diferencia de que ellas tendrían más tiempo para saborearlo todo a medida que pasaran los años.

Estos pensamientos lograban entristecerme pero eran tan rápidas las nuevas sensaciones que lograba apartarlos con sólo saborear cada momento distinto, cada nueva amistad, cada esbozo de vida que se me abría sin rastro de antagonismos, porque ejercer de seres humanos no era, como en la convivencia en tierra, la excepción. Llegué a ser tan feliz como nunca lo había sido. Temía que todo fuera un sueño.

Como así fue.

Desperté en mi cama del albergue benéfico donde vivía; en el dormitorio otros indigentes como yo dormían los malos sueños de sus desgracias, resguardados del azar de otro día igual a los anteriores; el frío del alba lo sentía en el corazón que golpeaba en mis sienes. Otro amanecer más; asustado por la perspectiva de otro día sin trabajo. No tenía ningún tumor en la cabeza. ¡Qué grotesca alegría! Estaba sano, fuerte como un gladiador, pero derrotado y sin esperanza: Condenado.

El AVE empezó a rodar con su sigilo habitual. Aquella mañana éramos pocos en el compartimiento de no fumadores: un matrimonio mayor, dos señoras de mediana edad, un joven ejecutivo con el móvil pegado a la oreja, ella y yo, nadie más. Ella, sentada frente a mí, pasillo por medio, en una butaca individual de espaldas al sentido de la marcha, empeñada en mirar a través de la ventanilla, volvió a la realidad cuando el mozo le ofreció la prensa. Por inercia cogió un ejemplar que colocó en la mesilla supletoria donde también había un par de revistas de colorines. No tomó nada cuando pasaron con el desayuno. Me llamó la atención, más que su interés por el paisaje, la postura que había adoptado para contemplarlo, girada en su propio asiento, como queriendo hurtarnos su cara. Con sólo levantar la mirada podía verle perfectamente su perfil, aunque en escorzo y, ajena como estaba a lo que pudiera ocurrir en el interior, pude observarla a placer intentando adivinar sus pensamientos. Esbelta, treinta y tantos años, pelo cortado por encima de los hombros, ausencia de maquillaje, jersey grueso de lana, pantalones vaqueros, botines de tacón bajo y unas gafas oscuras prendidas en el escote. Mi curiosidad creció cuando vi que lloraba. Primero fue una lágrima lenta recorriéndole la mejilla, brillando a medida que se le deslizaba, sin que ella hiciera nada para enjugarla. Parecía que no notaba su llanto, que no le importaba. No había variado su gesto, ni siquiera sus cejas se habían arqueado con pena o con dolor. Mantenía la mirada perdida en el paisaje y sus lágrimas, pensé, podían ser consecuencia de una tensión largamente contenida y que ahora, relajada por fin, encontraban su remanso. De pronto volvió la cara y me sorprendió observándola. Desvié mi mirada avergonzado, disimulé como pude, creo que hasta me sonrojé. Volví a mirarla, ahora de reojo, y ella seguía mirándome sin expresión alguna. No supe sino sonreírle tímidamente con un gesto que quiso ser de disculpa. Ella se limpió las lágrimas con los dedos de ambas manos, se caló las gafas oscuras, reclinó su cabeza, la giró hacia mí y no dejó de mirarme desde detrás de los cristales que me impedían verle los ojos. Me sentí violento, me escudé en el diario, abandonado hasta entonces, sin que pudiera leer ni un solo titular, aturdido como estaba. Fui pasando las hojas para aprovechar el movimiento y comprobar que no había variado de postura. Si pretendía avergonzarme y ponerme nervioso, lo estaba consiguiendo, lo había conseguido. Dejé súbitamente el periódico en el asiento y decidí sostenerle la mirada. Resueltamente adopté la misma actitud de ella, solo que sin gafas, sin disimulo. Entonces sonrió con cierta tristeza, yo le devolví mi sonrisa poniendo en ella toda la comprensión de que fui capaz, asintiendo repetida y levemente con la cabeza. Ella se levantó de su asiento y se sentó frente al mío, la mesa por medio.

— ¡Hola! Me llamo Elena —y me alargó su mano. Se la estreché, confundido todavía:

— ¡Hola! Y yo, Javier.

—Has estado observándome, ¿verdad?

—Bueno, sí, en realidad era normal que lo hiciera, después de ver quiénes iban a ser nuestros compañeros de viaje.

—Y te has sorprendido cuando me has visto derramar unas lágrimas.

—No puedo evitar que las lágrimas me conmuevan y más en una mujer. No soléis las mujeres de hoy ser muy dadas al llanto, ¿o sí?

—La verdad es que no lo sé. Creo que se llora cuando se tienen motivos; no depende de si se estila o no. ¿No crees?

—Lo que creo es que no podías estar ni un minuto más  a solas contigo misma.

—Es cierto, me ahogaba.

— Por eso te has levantado y te has sentado ahí.

— ¿Tú que eres? ¿Adivino?

— ¡No, qué va! Me gusta observar, nada más.

—¿Y puedes decirme qué has deducido de tu observación?

—No creo que te interese lo que yo pueda pensar.

— ¡Quién sabe! Pero, ¿te importa que hablemos?

—Por mí, encantado. En realidad has venido aquí para eso, para que hablemos de cualquier cosa, para detener tus pensamientos, esos por los que llorabas.

—Muy agudo por tu parte. ¿Y no te extraña que se esté produciendo esta situación?

— ¿Qué situación?

—No te hagas el ingenuo. A ti, por lo visto te parece normal ir en el tren, ver que a una chica se le saltan las lágrimas, y que ella, en vez de esconderse y disimular, se dirija a ti para entablar una charla.

— ¡Mujer, normal, no es! Desde luego no suele ocurrirme a menudo.

— ¡Ah!, también irónico.

—Ni mucho menos. Lo importante es que ya has conseguido lo que pretendías cuando te has levantado de tu asiento para sentarte ahí.

— Y qué era, según tú…

—Te lo he dicho: detener tus pensamientos, esos que te han hecho llorar.

—Es verdad, me lo has dicho. ¿Y puedes decirme a qué  conclusión has llegado?

— Si realmente te interesa…

—No sabes hasta qué punto.

— ¿Puedo saber el porqué?

—Pues porque siempre he creído no ser tan vulnerable o, mejor, tan transparente.

— ¿Y quién dice que lo seas?

—Tú me lo estás diciendo. Por más que es imposible que te acerques al motivo de mis lágrimas.

—A lo mejor no es tan difícil.

—Prueba a ver.

—Has tomado alguna determinación de la que te arrepientes.

Elena se acodó en la mesa que nos separaba, sostuvo su cara con ambas manos, abandonó el tono ligero y prestó mayor atención; se había acabado la esgrima y ahora estaba verdaderamente interesada en lo que yo pudiera decirle.

— ¿Cómo puedes saber eso? —preguntó vehemente. Y se quitó las gafas.

Sus ojos claros estaban pendientes de los míos, de mis palabras. Entonces pude ver el óvalo perfecto de su cara, su nariz breve, sus labios tentadores y unas imperceptibles arrugas en la comisura de sus párpados. Era bonita y estaba triste. Insistió ante mi pausa:

—Dime, ¿cómo puedes saber eso?

—Luego no me he equivocado: es verdad, ¿no?

—No, no te has equivocado: he tomado una determinación y no sé si ha sido la correcta.

—Eso siempre es imposible de saber; tiene que pasar el tiempo, que es el que da y quita razones. No me hagas caso, pero soy de los que creen que la vida es un juego de azar, que por mucho que intentes programarte tu futuro siempre hay alguien que juega los dados por ti.

—Entonces, ¿tú no crees que la voluntad de cada uno es la que decide?

—La voluntad decide, sí, pero no en el resultado final. Para que el resultado final sea el previsto hace falta ser despiadado.

— ¡Calla, por favor! ¿Por qué dices esto?

Hubo un silencio. Ella volvió a reclinar su cabeza en el respaldo sin dejar de mirarme. Volvieron las lágrimas a sus ojos sin que llegaran a desprenderse de ellos, sólo les puso brillo a la mirada. Quise cortarle el hilo de sus pensamientos. Continué:

—Fíjate si es verdad que casi todo lo mueve el azar. Cuando subiste al tren ni sabías de mi existencia, ni yo de la tuya. El azar ha hecho que coincidamos en el mismo compartimiento, que viajemos tan pocas personas en él, que tu asiento permitiera observarte desde el mío, que ahora estemos hablando de si es el azar o la voluntad lo que decide el destino de las personas.

Elena no contestó de inmediato, asintió levemente con la cabeza.

—Y eso es lo malo. Que cuando se cree que se toma una determinación difícil, sea el azar el que decida, el que lo haya dispuesto así —dijo como si meditara en voz alta. De pronto, en una brusca transición dijo:

—Javier, ¿tú crees en el amor?

Me sorprendió la pregunta.

—Depende —contesté perplejo.

—Depende de qué.

—Pues, verás… —dudé—. Depende de lo que creas que es el amor. Si crees que es una burbuja que te suspende, te aísla y te mantiene a salvo de cualquier eventualidad, evidentemente no creo en ese amor.  Si crees que el amor es una planta que hay que regar todos los días y estás dispuesta a hacerlo sin que suponga para ti ningún sacrificio, sino todo lo contrario… posiblemente esté más cerca de admitir que ese sea un modelo más asimilable. En ese amor sí puedo creer.

— ¿Tú te has enamorado muchas veces?

—Con ese amor que estoy dispuesto a admitir y a compartir, no, nunca. ¿Y tú?

—Yo sí: dos veces.

— ¿Como la primera o como la segunda fórmula?

—Como las dos.

— ¿Y de cuál te arrepientes?

—De la segunda porque no creí que existiera la primera.

—Me dices que ahora vives en una burbuja y antes no, ¿Es ese es tu problema actual?

—Sí.

Lo dijo tan quedo que apenas pude oírlo. Ahora sí le brotaron las lágrimas. Siguió:

—Antes has dicho que para llegar a donde uno quiere hay que ser despiadado. Has dicho despiadado, ¿verdad?

—Sí, he dicho despiadado.

—Que quiere decir, cruel, sin piedad.

—Sí, así es. ¿No es eso lo que te hace dudar de si tu determinación ha sido la correcta?

—Me parece increíble lo que me está pasando; que esté hablando contigo, que no te conozco de nada, y que esté persuadida de que tú podrías comprenderme.

—Elena, dime una cosa antes que nada. ¿Realmente buscas comprensión o justificación?

—Puede que las dos cosas. Pero dime tú también: ¿Hubieras prestado la misma atención si en vez de ser yo…? No sé cómo decirlo.

—Si en vez de ser tú, una chica joven, bonita, hubiera sido otra persona distinta, ¿una señora mayor, por ejemplo?

— ¡Sí, eso, más o menos!

—Bueno, hazte la pregunta al contrario, si en vez de ser yo, un tipo de mediana edad, con cara de no ser tonto del todo, ¿te habrías animado a contarle nada para ahuyentar lo que te atormenta? La realidad es que ni esta situación es normal, ni puede que se repita en nuestras vidas. El azar, ¿recuerdas? Todavía no sabemos nada el uno del otro, ni siquiera a dónde vamos, en que estación nos diremos adiós, pero ya sabemos algo con certeza: no nos olvidaremos. Y ya ves, todavía no me has dicho qué te pasa.

— ¡Ah! ¿Pero  crees que te lo voy a decir?

— ¿Para qué has venido hasta mí, si no?

—Tú has dicho que para no seguir a solas con mis pensamientos.

—Y para probar si podrías confiarme el porqué de tus lágrimas.

—Muy seguro estás… Por cierto, ¿a qué te dedicas?

—Digamos que soy psicólogo.

  ¡Ya! ¡Ya entiendo!

—Entiendes, qué.

—Tu perspicacia. ¿Se dice así?

—Bien, sí, puede decirse así, aunque si a los cincuenta no eres capaz de observar lo que ocurre a tu alrededor, o eres un egoísta, o un verdadero animal.

—Quieres decir que tus deducciones no tienen nada que ver con el ejercicio de tu profesión.

—Las profesiones no sólo son formas de ganarse la vida, sino de mirarla. Un arquitecto siempre verá estructuras y un pintor, colores, formas. Los psicólogos solemos observar conductas, analizar reacciones, actitudes, pensamientos, y en un plano superior, espíritus.

—Nunca me ha gustado que me analicen.

— ¿Por qué? ¿Porque has temido siempre enfrentarte contigo?

  ¡No, de ninguna manera!

—Perdona, pero yo empiezo a creer que sí. Ya ves, hace un rato lo has hecho y has terminado llorando.

—Es que si tú supieras… Si yo te contara…

  ¿Ves? En esto sí interviene tu voluntad, no el azar.

— Acabo de dejar a mi marido. Y a mis dos hijas. ¡Oh! Ni tú podrías entenderlo.

—Intenta explicármelo, si quieres.

—Es que es todo tan complicado, tan difícil…

—Nada es fácil. Máxime cuando se es consciente de que por todo hay que pagar un precio.

—Eso no nos lo dicen nunca.

—Se deduce cuando se cumplen años; no hay más que saber mirar al que contigo camina, al que vive al lado, en general a los que nos rodean. Pero, por favor, no me hagas parecer moralista. Quizás lleves razón, tampoco nos dicen nunca que todas nuestras vidas están bastante más entrecruzadas de lo que pensamos. Creemos que somos libres e independientes, cuando en realidad dependemos de muchísimas personas, de muchísimas circunstancias. Ninguno somos el centro de la creación, como a veces creemos.

—Contigo es fácil hablar.

— ¿Porque no te crea ningún compromiso o porque no te atará lo que me digas? Piensa, por ejemplo, que ahora puedo ser para ti como el Muro de las Lamentaciones para un judío. Yo podría decirte que por mi consulta pasan muchas personas no para contarme sus problemas o su vida, sino exclusivamente para contarme la vida que hubieran querido tener. La soledad puede llegar a esos extremos.

—Pero yo no estoy sola, al contrario. He tenido… tengo a mi marido y a mis hijas, una vida hecha, sin estridencias. ¡Y ahora tengo a Ignacio!

—Ya; Ignacio, el tercero en discordia.

—Me casé muy joven. Dejé la universidad. Quería hacer Derecho, lo dejé; Raúl pudo más. Nos casamos. Él sí terminó. Logró situarse. Es serio, reflexivo, atento. Me quiere. Cuando nació Paula creímos que tocábamos el cielo con las manos. Después, a los dos años, vino Marta. Si la primera nos pareció la gloria, con la segunda fue la locura. Nunca tuvimos con ellas ni un solo problema, nunca nos han dado ni una mala noche; parece mentira, pero así fue, así es. Nos mudamos de casa. Raúl trabajó más. Yo me ocupaba de las niñas. Cuando les llegó la edad las llevé al jardín de infancia, después al colegio… Raúl y yo éramos felices cuando él, por sorpresa, se presentaba a recogerlas y coincidíamos todos; éramos felices cuando volvíamos los cuatro cantando en el coche…

—Y cuando estabas sola en la casa, ¿qué hacías?

— ¡Huy, muchas cosas! En las casas siempre hay cosas que hacer. Ya sabes: la ropa, la limpieza, la compra, estar siempre pendiente del reloj para recoger a las niñas…

— Sí, entiendo; sigue.

— Raúl tuvo que viajar a Chile. Estuvo dos meses largos. Al principio todo siguió igual; él me llamaba casi todos los días y esa llamada, lejos de consolarme, me desasosegaba tanto que no podía coger el sueño. Daba vueltas en la cama y terminaba sentada en una butaca en la habitación de las niñas.

— ¿Qué edad tienen ahora?

—Paula, diez, y Marta, ocho. Ya son mayores. Entonces conocí a Ignacio. Ignacio es mayor. Quiero decir que es bastante mayor que Raúl y que yo; como tú, más o menos.

—Gracias por considerarme de la tercera edad.

—Bueno, no es eso; quiero decir que tiene una madurez, un aplomo,  unos gestos parecidos a los tuyos. Coincidimos en el súper. Al principio, nada, ya sabes: unas miradas, un saludo, la coincidencia de tener los coches aparcados uno junto al otro, ayudarme con las bolsas…

—Y tú, ¿qué pensabas de él entre tanto?

—Bueno, no sé, lo veía interesante: mayor; te lo he dicho.

— ¿No sentiste nada más?

— ¿Quieres decir si me sentí atraída por él?

—Sí, algo así.

—Al principio, desde luego, no. Al menos no sentí ningún flechazo, si es a eso a lo que te refieres.

— ¿Y él?

—Llegó a confesarme que lo impresioné desde el primer día.

—Quieres decir que se enamoró de ti.

—Eso me dijo.

— ¿Y después?

—Después… bueno, empezamos tomando un café en la misma cafetería del súper… hasta que se convirtió en una costumbre: todos los días. En realidad yo esperaba ese momento como lo único distinto que podía ocurrirme. Sentía un nerviosismo cuando se aproximaba la hora… Lo demás, ¡era tan monótonamente igual…! Mientras estaba con él me sentía protegida, admirada, querida. Ignacio tenía —tiene— algo que jamás ha tenido mi marido: capacidad para escucharme, para interesarse por lo que siento, para darle importancia a lo que me pueda pasar.

— ¿Cuándo os acostasteis por primera vez?

— ¿Es necesario ser tan directo?

— ¿Cómo quieres que te lo pregunte? Una situación así no se plantea para hacer manitas solamente. ¿O sí?

—Un día que las niñas fueron de excursión.

— ¿Y…?

—No sé si debo decirte que fue una experiencia maravillosa. Me pareció un sueño. Me avergüenza confesar que cada momento, cada caricia era exactamente a como lo había soñado. Me sentí como jamás me había sentido con Raúl. Fue una entrega total, una confianza como si cada uno no hubiéramos nacido sino para permanecer así. No sé cómo explicarlo, aunque no creo que sea necesario entrar en los detalles.

—Desde luego que no; puedo adivinarlos.

—Pues siempre ha sido así, y esto es lo que me maravilla, lo que me tiene deslumbrada.

— ¿Y enamorada?

— ¡Por supuesto que sí!

—Hasta el punto de dejar a tu marido y a tus hijas.

—Sí, hasta ese punto. Estoy convencida de que no puedo vivir sin Ignacio. ¿Podrás comprenderlo?

— ¿Es necesario que yo lo comprenda?

—Creo que sí, que es necesario. Si tú, siendo psicólogo, me dijeras que mi actitud es normal, que suele ocurrir… Si encuentras una justificación…

—Justificar es distinto a comprender.

—Pero sí puedes saber si lo que me pasa no es consecuencia de una pasión, de un arrebato, de un sexo satisfecho como nunca. Tú tendrás experiencia para decirme si es normal que esto le ocurra a una persona como yo, que ha vivido hasta ahora convencida de que su vida no tenía más finalidad que la de ser esposa y madre, ni más estímulo que ver crecer a las niñas, tener la casa a punto y satisfacer al marido cuando éste demandara su ración de sexo.

— ¿Cuántas veces te has repetido este mismo argumento?

—Muchas, ¿por qué lo preguntas?

—Porque a esto eres tú la que debes darle una respuesta.

—No la encuentro. Tan solo sé que con Ignacio soy distinta; con él soy verdaderamente yo, sin ninguna represión, sin ningún reparo, sin ningún pudor. Después de estar con él, cuando entro de nuevo en mi casa, todo me parece extraño; hago lo que debo de forma maquinal, sin la ilusión que tuve; miro a las niñas y entonces siento vergüenza, creo que les estoy robando algo; acostarme con mi marido se ha convertido en un suplicio. Ese es el infierno.

—Del que tú, hoy, has intentado liberarte.

—Del que yo, si no hubiera sido por ti, me habría liberado.

— Con unas lágrimas como rúbrica y que yo he abortado sin querer. ¿Es posible que el estar observándote haya influido en algo?

—Más de lo que crees.

—Conste que sólo te estoy dando la oportunidad de que traduzcas con palabras todo lo que llevas dentro, desde tus dudas hasta tus sentimientos.

—Y yo te lo agradezco, pero no me das ninguna solución.

— ¿Me pides que te dé alguna receta?

—Dicho así…

—No existen recetas en psicología. Ni valen extrapolar las experiencias de otros casos al tuyo concreto. Que de pronto hayas descubierto que tu vida podía ser algo más que un monótono pasar de días iguales; que eres capaz de despertar una pasión y de sentirla tú al mismo tiempo; que creas que ese sí es un objetivo más auténtico que el que tenías hasta conocer a Ignacio… ¿Qué puedo decirte? ¿Tendré que explicarte que tienes un contrato con tu marido y una responsabilidad con tus hijas? ¿Que en esto sí interviene la voluntad pero que es difícil luchar contra ella? ¿Que todo eso puede romperse por abrazar como definitivo lo que puede ser exclusivamente un deslumbramiento? ¿Y quién te asegura que pasado el tiempo no obedecerás a otro parecido? Si alguien pudiera hacer un análisis fiable del número de personas de las que podríamos enamorarnos, posiblemente nos asombraría. El problema es que no tenemos muchas posibilidades de conocerlas a todas y tenemos que reducir nuestro campo a unos límites realmente estrechos, y en ellos buscar equilibrios que satisfagan nuestras apetencias y compensen las carencias. No sé si consigo explicarme. ¿Recuerdas lo que te decía del azar?

—Sí, claro que sí.

—Bueno, en ti misma tienes una prueba palpable.

—Quieres decir que no tengo solución.

—No, te equivocas; tienes todas las soluciones que quieras. Todo consiste en que la que elijas sea la correcta.

— ¿Pero cómo se consigue?

—Si te digo que no violentando tu conciencia, ¿te puede servir de algo?

—De bastante poco, la verdad.

—Puedes estar segura de que no vas a oírme ninguna indicación que te sirva de pretexto.

—Quieres decir que yo sola debo encontrar el camino.

—Evidentemente, así debe ser.

—Y si te digo que Ignacio también está casado…

—Ni añades ni quitas nada. En todo caso ése sería un problema más para Ignacio. No sé si uno y otro merecéis una libertad tan condicionada.

— ¡Ignacio y yo nos queremos!

—No tengo por qué dudarlo. Sin embargo ahí cabe una pregunta: ¿por cuánto tiempo?

— ¡Para toda la vida!

—Lo mismo  creíste cuando te casaste con tu marido.

—Sí… No, no fue lo mismo.

— ¿Porque entonces no tenías experiencia para comparar? ¿Quién te dice que ésta con Ignacio es la última oportunidad que te queda para poder volver a hacerlo, que pueden presentársete otras?

— ¿Para qué?

— Para comparar.

—Lo dices de una forma que no tengo ninguna salida.

—Ya te he dicho que no te daré ninguna coartada.

—No pretendo que me compadezcas, pero mi sufrimiento te deja insensible.

—¿Quieres decir que no me conduelo contigo? Los cirujanos nunca están condicionados por el dolor que puedan causar. El placer provoca sensaciones maravillosas, pero muchos placeres son absolutamente arriesgados; con esto pasa como con los derechos: decimos que nadie debe estar exento de tenerlos todos, y así debiera ser, pero unos se los ganan y otros ni siquiera tienen la oportunidad de intentarlo, mucho menos de conseguirlos. ¿Puedo preguntarte qué tenías previsto hacer, qué has hecho hasta ahora?

—Ignacio y yo lo hemos planificado al detalle. Barajamos muchas salidas, pero quedamos en que si dejaba a las niñas en el colegio y un recado en el contestador de Raúl diciéndole que me iba, lograría poner distancia y evitar tensiones. Esta misma mañana un abogado, amigo de los dos, se habrá puesto en contacto con él. El momento de decirle a Raúl que me iba era para mí lo más difícil, de esta forma lo conseguía sin violencias.

— ¿Y las niñas?

—Las he llevado al colegio, como siempre, les he dado un beso y espero volver a verlas cuando todo se haya calmado.

— Pero, ¿y tu marido?

—Él no se lo espera. Sufrirá y lo siento.

—No demasiado.

— ¿Por qué dices eso?

—Porque es verdad; porque lo has situado al mismo nivel que a un abrigo cuando pasa la temporada.

—Entonces tú no admites que yo haya estado confundida y que al conocer a Ignacio haya empezado a sentir verdadero amor.

—No debieras haberme puesto en la disyuntiva de contestarte a esto.

— ¿Qué disyuntiva?

—La de responderte con lo que realmente pienso, puedo herirte y, la verdad, tienes que hacerte cargo de que una circunstancia como esta, extraña e impensable, no debe llegar más allá de una confidencia por tu parte y de una atención por la mía. Ser compañeros de viaje no debe llevar a otro nivel de confidencias, y éstas, las que se están produciendo, por estar convencidos de que no volveremos a vernos. Ya te he dicho que si me has elegido como Muro de las Lamentaciones, yo lo acepto encantado, pero no debes pretender que el Muro te dé soluciones de urgencia, sobre todo cuando las soluciones pueden no ir en la dirección que a ti te convienen… ahora.

— ¿Y qué dirección es esa, si puede saberse? ¿Y por qué pones énfasis en ese ‘ahora’?

—¿Dirección? Cualquiera que no te desvíe de la decisión que has tomado; la que no contradiga tus apetencias. ‘Ahora’ quiere decir que no puedo valorar si en todo lo que estás haciendo hay un convencimiento maduro o es simplemente un deslumbramiento pasajero. En esto, perdona que te lo diga, creo que estás saltando sin paracaídas.

—Te entiendo: tú eres de los que prefieres no correr ningún riesgo. Ya ves, ni siquiera te has enamorado… ¿No me lo dijiste?

—Mira, Elena, vivir es un riesgo constante. Madurar significa que ese riesgo somos capaces de medirlo para que cada paso que demos no se convierta en una catástrofe. Y en cuanto a si yo, a mi edad, no me he enamorado, achácalo a una deformación profesional. Tampoco debes exigirme otro tipo de explicaciones, aunque si miras dentro de ti puedes que encuentres algunas.

—No crees en la plenitud del amor.

—Me parece que acabas de decir una frase de novela. Lo que yo te estoy diciendo es que no creo en el amor eterno.

— O sea, que a fuerza de miedos te has convertido en un escéptico.

—O que a fuerza de ver casos como el tuyo me haya vuelto desconfiado. A eso sí tengo derecho, a lo que no tengo, por mucho amor que ponga como pretexto, es a destrozar vidas.

—En fin, que resultas un moralista.

—No emplees ese tono despectivo, por favor. No me obligues a decirte lo que puede que te haga daño.

— ¿Crees que a estas alturas me importa escuchar nada por duro que sea?

—Mira, Elena, dejemos de jugar al escondite, y entiende esto: Tú te has acercado a mí para desahogarte, para traducir con palabras lo que en silencio no podías digerir. Bueno, hasta ahí, aun admitiendo que no es corriente, tendría una cierta lógica; ya ves, cuando yo era estudiante y viajaba en tren se contaban todo tipo de enfermedades. Tú me has contado, a medias, una historia según tu punto de vista y yo he sido atento y, por debilidad profesional, te he escuchado. Pero debes entender que aquí, contigo, no estoy ejerciendo mi profesión, aunque no pueda evitar que te haya encuadrado en un tipo de personalidad concreta que no tengo por qué especificarte. Sin embargo, por mucho que intentara centrarte, no lo conseguiría porque tus conceptos básicos de la fidelidad, de la honestidad, están atrofiados o no existen… ¡Espera, espera; aún no he terminado! Me has dicho que te casaste muy joven enamorada de Raúl, es decir, deslumbrada por un muchacho serio que sí se enamoró de ti. Te ha proporcionado cuanto de bueno y amable se puede pedir: cariño sin estridencias, respeto, dos hijas y, lo principal, seguridad en el futuro, o dicho de otra forma: un futuro apacible sin más sobresaltos que los naturales. Pero llega un momento en que todo esto te aburre. Necesitas otras experiencias. Nunca te has acercado a lo prohibido y eso excita, sobre todo a tu edad, cuando sabes que el amor romántico es una utopía. Pero, ¿y el otro amor?, ¿se te va a pasar la edad sin comprobar que existen pasiones que hacen hervir la sangre? ¿Todo el amor se limita al sexo doméstico, fisiológico? Y conoces a Ignacio. Ignacio sabe todo esto que te estoy diciendo. Está casado y posiblemente le pasa lo que a ti: sexo manso y rutinario. Y chocáis. Y vivís unos furores, unos delirios que se acercan más a lo que sospechabais que existía. Os convertís en insaciables sin pensar que hasta la sed más extremada consigue saciarse.

—¿De verdad crees que has conseguido hacer una sinopsis cabal de lo que me ocurre?

—Desde luego no he pretendido hacer ninguna tesis doctoral, y mucho menos una plática moralista. Lo siento por ti, de veras. Siento que a partir de ahora vivas sin sosiego, sea cual sea la determinación que tomes. Algo, sin embargo, debería consolarte: peor es un cáncer.

— ¿Tienes que mostrarte ahora especialmente duro?

—¿Y tú?; ¿vas a optar por ser despiadada? Te lo he dicho al principio: el que pretende conseguir exclusivamente lo que le interesa, se vuelve despiadado.

Una voz dulce anunció la próxima parada a través de la megafonía. Elena se puso en pie. Instintivamente se estiró el jersey. Me tendió la mano.

—Gracias, Javier. Me apeo aquí. Gracias por todo.

Me puse en pie también, la ayudé a bajar su maleta y la acompañé hasta la plataforma. El tren aminoraba la marcha. Caía una lluvia mansa. Los andenes estaban casi vacíos.

—Adiós, Javier —se despidió en un susurro apretándome la mano con fuerza.

—Adiós, Elena, que seas feliz.

Se cerraron las puertas. El AVE arrancó como si se desperezara, disimulando la fiera dormida que lleva dentro. Elena, arrastrando su maleta, fue quedándose atrás.

Para siempre.

XXVI Premio de Relatos “Juan Ortiz del Barco”, 2007, del Círculo de Artes y Oficios de San Fernando (Cádiz)

 
 
 
 
1940
 
 
 
No había cumplido aún los dieciséis, pero María parecía mayor, aunque la edad era lo de menos cuando la vida se le había ido clavando sin calor y sin poesía para ahondarle la mirada, para madurar su cuerpo, para que la sonrisa se le quebrara de pronto en los labios con un ramalazo de tristeza heredada, congénita.
Cada vez que entraba en la fábrica donde la madre, Ángela, trabajaba en la conserva, las miradas y el revuelo de los chóferes, de los entradores de atunes, de los encargados de las calderas, la seguían por donde pasara, hasta la sala de envasado, que olía a pescado hervido, a aceite crudo y a mujeres.
Cuando Carpio, el capataz, mandaba sonar el hierro para la comida, se hacía el encontradizo con la madre y con la hija, que buscaban una sombra al hilo de las piletas de desangrado, bajo los cañizos donde se oreaban las huevas. El olor salobre, penetrante, unido al calor pegajoso, al zumbido de las moscas, al cansancio de la faena, dejaban derrumbados los cuerpos femeninos y sudorosa la piel, que refrescaban en los caños de agua que el aire secaba ciñendo las batas a los cuerpos para deletrear cada grieta, cada relieve, flácido o turgente. Mientras comían, se espiaban entre ellas y miraban con envidia a María que, distante, al borde la náusea, no apartaba sus ojos de la madre, incrédula de verla mezclada en aquel abandono de hembras, condenada a un trabajo infame que apenas remediaba las necesidades más elementales de la casa.
Carpio, joven todavía, no veía a María sino para desnudarla con la mirada, para soñarla desnuda al filo de una cama, temblorosa, tapándose con una mano los pechos rebeldes y con la otra el pubis sedoso de rizos diminutos. Y temblaba él también. Y pensando en ella se desfogaba con la primera capaz de venderse por un puesto más descansado fuera de la cadena de trabajo, o por unas latas robadas con su consentimiento sin que los guardas las pararan en el control de la puerta; algunas, también, por vengarse del propio marido, sólo capaz de hacer un amor triste, rutinario y fisiológico.
Las mujeres, alertas siempre para olfatear secretos de alcoba, notaban los mínimos cambios, las más sutiles insinuaciones. Cuando la de turno, después de un acoso descarado, se rendía a Carpio y a los pocos días volvía a ser ignorada, todas se alegraban por dentro, aunque extremaran el trato amable que se adivinaba fingido. En la fábrica no eran sólo las calderas las que hervían; el fuego ardía dentro de cada pecho y la desgracia ajena servía para paliar la propia.
No había sino que asistir al espectáculo que brindaban las jóvenes cuando alguna entraba en relaciones por primera vez que, en la mayoría de los casos era la única, porque ya se sabía que después de aquélla, ningún otro entraría a la primera sangre, sino al calentón en los portales o a cielo abierto, cuando el tiempo acompañara. Pero para la novia primeriza recién abierta llegaba un día que aparecía como iluminada por dentro; a la menor insinuación de alguna compañera se le erizaba el vello y se le empinaban los pechos. Y reían si la veían ensimismarse pensando en los besos oscuros de la noche anterior, en el calor del hombre penetrándola, en el silencio lánguido después del último suspiro, antes de volver a oír los grillos de la madrugada, mientras se encendían de nuevo las estrellas en el cielo.
Mas al pasar los días de celo y loco frenesí y llegar el de la primera náusea, cuando de nuevo se entronizaba la rutina y las ansias perdían su primera fuerza, justo cuando los ojos perdían la brasa de fuego y a la piel se le apagaban los resplandores, y se tensaba el vientre, y se desencajaban los huesos de la cara, y los de las caderas buscaban acomodo para poder ser cuna, entonces aparecían los miedos, las medias palabras, las confidencias entre amigas, el murmureo de las compañeras, al tiempo que las familias llegaban a acuerdos a contrapelo para preparar de urgencia una habitación con cortina y colcha nuevas, compradas a dita, y correr a la iglesia a cumplir con el rito: comadres entremetiendo, arrogantes los padres del novio, como quienes conceden certificados de honra, y zalameros los de la novia porque lo que viniera tendría apellidos; fiesta corta fingiendo alegrías, vino seco, peleón, para los hombres, vino que se volverá agrio; vino dulce, bonachón, para las mujeres, que a las mocitas les trabará la lengua entre rubores y deseos inconfesables, y a las casadas antojos de otra noche de bodas imposible, tan imposible como la de los propios novios cuya boda celebran, que ya tuvieron la suya cuando se gustaban de besos oscuros mientras cantaban los gallos de la aurora.
Hervían las cabezas en la fábrica y en la aparente calma del barrio que, a veces, como si pasaran ángeles de tristeza, las calles se llenaban de silencio. Pero duraba poco. El llanto de un niño, la voz estridente de una vecina, el lento rodar de los carros por el empedrado, rompían ese instante en que al barrio sólo le salían los olores de la pobreza y el abandono; entonces parecía aún más irreal, más de pesadilla. Otras veces no era así. Otras veces, con pretextos o sin ellos, las calles se animaban con cantiñeos, rasgueos de guitarra y palmas a compás, como si la desesperación buscara en el cante bronco su lamento. Tampoco había auténtica alegría, sino rito, como las invocaciones para ahuyentar los malos presagios, como la vieja con enaguas friendo pescado chico, cogido la noche anterior, robado quizás en la hora muerta del capataz de la salina, o mientras la guardia civil descabezaba un sueño en la garita de Retamar.
La guerra había despertado un reguero de resentimientos entre los hombres y de celos de madre en todas las mujeres. La guerra no había traído ni los miedos ni el hambre, pero los había acentuado, como las desconfianzas o las oleadas de rastreras venganzas. El hombre, los hombres, con las amenazas de las cárceles o de los frentes, habían terminado por amansarse acaparando los centros de todos los instintos de las mujeres, de todas las mujeres, ya fueran jóvenes o viejas, recién casadas o con hijos mozos; a todas les había nacido una fuerza desconocida para protegerlos de esa fiera autoritaria que había nacido en cada conciencia vencedora, de ese fantasma implacable del miedo a la denuncia, de la arbitraria justicia en manos de cualquiera, con uniforme o sin él, con razón o sin ella, sólo por la soberbia de demostrar un poder que no era sino una revancha rastrera tanto más peligrosa por cuanto se fraguaban sin la grandeza inútil de los campos de batalla, sino en los oscuros despachos de la retaguardia.
Para las mujeres del barrio había dos clases de hombres: los propios y los ajenos. Los propios podían desesperarse sin trabajo o buscarlo inútilmente cada día para volver derrotados al refugio de la taberna, al alcohol barato, al silencio hosco, al contagio del calor animal, al rasero igualitario de los mostradores y las mesas desvencijadas; los propios podían volver a casa, al cuchitril del cuarto realquilado donde su familia se hacinaba esperando el pan, y descargar con golpes su impotencia.
Los hombres extraños, que pisaban el barrio siempre en busca de algo: poner multas, indagar el paradero de algún huido, fiscalizar en las tiendas. Aquellos eran los hombres ajenos; siempre con corbatas rozadas, como las coderas de sus chaquetas, aunque con autoridad suficiente como para entrar hasta en los corrales y denunciar si había algún horno de pan clandestino, alguna cochinera con cerdos sin declarar, algún cobertizo donde guardar género de estraperlo. Otra clase de hombres ajenos buscaban brazos mercenarios para sus negocios de contrabando, para alijar tabaco en las noches sin luna, o para tratar con viejas embaucadoras y madres desesperadas que pudieran proporcionar niñas como María, con cuerpo de mujer y virgo intacto.
Era la amenaza que se cernía a diario sobre el barrio, pero muy especialmente sobre las mujeres jóvenes. A partir de los once años ya podían despertar los sucios instintos de algún individuo con botas altas y antojo de primera  sangre. De ahí el miedo a los extraños, porque cualquier miserable, en busca de favores, podía llevar la noticia al despacho apropiado y cumplir con el encargo de localizar a una casadita, con las sábanas oliéndole aún a alhucema, cuyo marido penaba en la cárcel por agredir a un cualquiera con el don delante. Peligrosas también las estraperlistas de conciencias que dejaban caer, como sin querer, que a la quinceañera bravía, que vivía enfrente, no le importaría, con suavidad y buenas mañas, calentar la cama de quien le remediara el cuadro de su casa y le comprara unas medias de cristal y un collar de perlas de bisutería.
Ángela, la madre de María, lo sabía, como lo sabían todas las madres con hijas traspasadas por el hambre, en lista de desespero. A ella, casi por derecho, se lo había planteado Carpio, pero le contestó con tanta frialdad y tanta seguridad de que lo rajaría como a un cerdo, que desde entonces se limitaba a mirarlas desde lejos; pero Ángela sabía que cada día que pasara, al capataz le nacería un nuevo pensamiento turbio e inconfesable. Ella, sin cerrar los ojos a la amenaza, se hacía fuerte cuando miraba a otras madres cuyas hijas, endurecidas de golpe, cambiaban las primeras lágrimas por un descaro desconocido, mayor en el transcurso de los días, cuando  olvidados los pudores se repintaban los labios delante de los espejos sin azogue y se ponían colonia barata en los pechos florecidos, antes de salir cada tarde sin decir adonde, aunque lo pregonaran los tacones prematuros, la inequívoca combinación de seda, el bolso de color agresivo, como el contoneo nuevo y el lunar ficticio en la comisura de los labios, para volver, agria de olores ajenos, cuando en las callejas sólo rodaban los silencios.
La madre de María sabía que el hambre no podía ser pretexto de ningún envilecimiento, como sabía que aquél era el argumento subterráneo de las lenguas murmuradoras, o el lastre de silencio de las madres consentidoras. Bastaba husmear en el aire para que se abrieran las compuertas a los ríos tristes de aquellas tristes historias que se contaban mitad con reproche, mitad con envidia.
Era la cruz más oculta de la moneda, los hombres habrían perdido o ganado una guerra, pero pasada ésta, el pulso de la vida diaria latía en las mujeres, como descansaban en ellas los restos de rebeldía, la capacidad de sacrificio, el sufrimiento sin gritos, la fuerza para el desvelo con un hijo en los brazos sabiendo que moriría sin remedio.
En el barrio no es que todos fueran perdedores; había incluso quienes sacaban pecho por llevar una camisa azul, o una estampilla en el pecho, pero las guerras no las ganan los idealistas, las ganan los miserables que tienen la posibilidad de pasar factura cuando ha acabado todo, los que saben manejar los hilos y aprovechan las oportunidades para que nada cambie.
Una tarde Ángela encontró a María sentada en el suelo en el último rincón oscuro de la casa. Allí lloraba abrazada a sus piernas encogidas sobre un charco de su propia sangre que le mojaba los muslos. Sólo se miraron para que la madre lo comprendiera todo. Ángela lanzó un grito y no se atrevió ni a tocar a su hija. Salió erguida, sin lágrimas, con la mirada perdida y la fuerza de cien hombres creciéndole dentro.
A Carpio lo encontraron desangrado en una de las piletas donde se hacía lo mismo con los atunes. Las mujeres del turno de mañana fueron a verlo a medida que entraban. Algunas remolonearon para ver llegar al juez y al forense, para ver a los policías ir de un lado a otro, acosar al guarda porque, decían, lo habían matado por la noche, apuñalado con un garabato de los que servían para halar los atunes y llevarlos a las rampas. Lo tenía clavado en la garganta y le habían atravesado el cuello de parte a parte. Después había sido arrastrado hasta la pileta, sujetado fuerte para hundirle la cabeza en el agua hasta desangrarlo.
Eso al menos dijo el forense.
No encontraron al culpable. Tenía tantos enemigos que no mereció la pena investigar nada, tampoco los sueldos de los policías daban para seguir pistas tortuosas. Sin embargo, cuando nueve meses después, María alumbró una niña, todas miraron a Ángela con respeto y a María le reunieron un ajuar de recién nacido, una cuna de madera pintada de rosa y una estampa de la virgen pegada en el cabecero.

Nunca creí que tras la barrera de la muerte hubiera esta luz, esta agilidad de movimientos, esta claridad de sonidos, esta rapidez de pensamientos.

Todavía no he tenido ninguna señal del infierno con el que tanto me amenazaron, tampoco del cielo prometido; al menos nada de lo que veo se parece a las imágenes acuñadas. Lo único que siento es ingravidez y una extraña sensación ante todo lo que alcanzo a ver: como si yo mismo estuviera multiplicado hasta el infinito para contemplarlo todo desde infinitos ángulos distintos al mismo tiempo.

He sentido un fogonazo deslumbrador antes de ser ingrávido, pero aún permanezco en mi ataúd de caoba rubia, alumbrado por cuatro velas y una luz cenital que hace brillar los satenes blancos que me rodean; sigo viendo desfilar ante mí, tras el cristal que me aísla, rostros compungidos, otros fingidamente apesadumbrados y pocos con auténtico pesar. Por vez primera a nada temo y nada me sorprende: parece que lo haya tenido siempre dentro de mí y mi muerte hubiera servido para resucitarlo.

Aún no me he acostumbrado a que todo sea tan transparente, tan liviano. Tengo la sensación de que al liberarme del cuerpo he conseguido eliminar lo que al cuerpo pertenece, desde el dolor hasta el temor al dolor. Ni siquiera siento el que con mi muerte temí producirle a los que de verdad me han querido. Parece mentira que desde donde estoy se vea la vida como algo tan insignificante: un suspiro o un parpadeo. Empiezo a entenderlo ahora, en el umbral de la eternidad. Toda mi vida, la vida entera de la humanidad se condensa en un solo segundo. Las guerras y los descubrimientos, las traiciones y los amores, los egoísmos y las generosidades, absolutamente todas las pasiones humanas se levantan ante mí, no como una inexplicable espesura sin principio y sin sentido, que es la manera mortal de concebirlo, sino con una lógica deslumbradora que define con precisión el detalle de cada momento, de cada intención, de cada motivo que la Historia se empeña en reflejar con su espejo distorsionado por las ideologías. Es terrible que la vida empiece a tener sentido después de la muerte.

Nada me ha sorprendido tanto como verme a mí mismo exactamente como he sido, tan distinto al que he creído ser. ¡Qué vergüenza! No encuentro consuelo ni viendo a los que aún viven y se empeñan, como yo me empeñé, en aparentar lo que no son. ¡Qué ridículos!

Tengo delante toda una eternidad —¡qué distinto ahora su significado!—; verla a través de las capas concéntricas que formamos los espíritus, cada una más pura y más compacta a medida que se acerca al centro, que es el infinito, donde nadie necesita renacer. Nadie ha venido a descubrírmelo, se sabe nada más traspasar el umbral de la muerte y, lejos de sentir envidia por los que están próximos a alcanzar lo absoluto, se siente un gran consuelo porque así sea. Me asombra que nada pueda compararse a lo que, en vida, se apoyaba en la fe. Lo eterno es, sobre todo, una seguridad infinita, una absoluta certeza de liberación, que es, ¡quién lo diría!, la máxima expresión de la libertad.

¡Libertad! Una quimera, una excusa para disimular lo que verdaderamente se busca mientras se es mortal: la independencia. Nadie quiere ser libre, nadie puede serlo; lo que se persigue es ser independiente, que es donde se condensa el poder. El poder también es una esfera infinita compuesta por muchos grados insaciables. En tratar de alcanzarlos todos  se pasa la vida, en ese forcejeo estéril que busca fuera lo que sólo se tiene dentro, si se tiene. ¡Y hay miles de héroes de esa falsa libertad, aupados por todas las ideologías, convertidos en estatuas de bronce! ¡Qué sarcasmo! Alguien miente -o todos mienten-, cuando, alternativamente, se eleva al mismo nivel a dos antagonistas: al tirano y al que murió combatiéndolo, ese péndulo macabro.

Donde me encuentro no existen antagonistas. Cada uno conserva su propia singularidad para enriquecer a los demás, para comprender que nuestra grandeza está en ser distinto; no existe ningún espíritu igual a otro. Son los mortales poderosos los que nos prefieren idénticos. Siendo así somos más fáciles de dominar, de acompasarnos al ritmo de la máquina que les interesa. A esta argucia la llaman sociedad, que es una fórmula gremial y la coartada para matar al ser único e irrepetible que en realidad somos y que sólo nos es posible percibir con nitidez cuando apuramos el ciclo de la vida.

He dicho que todavía floto en el más alejado de los círculos concéntricos que rodean a la luz, que es el centro, pero no es exactamente así. No son círculos, sino esferas concéntricas. Detrás de mí y de los que forman mi mismo grado, a infinita distancia, empieza la penumbra. La penumbra no es oscuridad, sino vacío, ausencia de todo. A los que pertenecemos a la esfera de luz nos alcanza la seguridad de que iremos convergiendo hacia el centro infinito. Los que pertenecen a la penumbra ni siquiera saben que forman multitudes, así su soledad es absoluta; por no tener no tienen ni el consuelo de la desgracia común, como cuando se vive.

Pensar es tener. Si pienso en ríos de aguas cristalinas tengo todos sus caudales entre mis manos, soy el mismo caudal de cada uno de ellos, travieso y saltarín o dulce corriente que bruñe las piedras, risueñas riberas de verdes sempiternos, mullidos prados mecidos por la brisa, troncos centenarios y, al mismo tiempo, soy la fresca hierba que el agua acaricia, tronco robusto en su orilla, hoja alta que acuna el viento.

Pensar para ser. Si pienso en mi compañero de viaje, que gira a mi lado, me convierto en él mismo. Lo mismo me ocurre con todo lo que alcanzo a divisar. Nunca creí que se pudiera ser tan rico.

Como el tiempo no se contabiliza con horas, ni existe una máquina capaz de medir eternidades, no se puede decir, como se solía hacer, que un buen día… No. De pronto, sin saber a ciencia cierta si han transcurrido siglos o si todo ocurre en el mismo instante de pensarlo, se tiene una visión de las vidas pasadas. Posiblemente sólo ocurra en el nivel donde floto, que todavía tenemos flecos de lo que fuimos. Será necesario que pasemos una y otra vez por la experiencia de vernos sin disfraces. No hay posibilidad ni de disimulo ni de engaño pero, invadidos de una extraña misericordia, admitimos que no fuimos perfectos, por eso, aún estando en la esfera de luz, sabemos que tenemos una deuda que no fuimos capaces de saldar cuando tuvimos vida mortal, pero nos consuela que ahora sí tendremos valor y voluntad para pagarla.

Lo más sorprendente es que no necesitamos palabras para entendernos los unos con los otros. Sin embargo todos poseemos todas las palabras, somos todas las palabras en una sola palabra, tan elocuente, tan expresiva, que no tenemos por qué usarla. No hay barreras. Con el cuerpo muere el sentido de la posesión, de la propiedad, que son límites artificiales que impiden la convivencia, que marca las distancias y las castas. Mientras se vive nos resistimos a dar lo que poseemos por temor a perderlo, en cambio ahora se sabe que poseerlo todo sirve para darlo todo.

No he podido evitarlo. Por un instante he pensado si la eternidad que me queda será siempre igual: este ingrávido flotar, este horizonte concéntrico donde no existen deseos sino realidades. Lo he pensado sin inquietud, pero lo he hecho quizá por uno de esos flecos que aún arrastro no sé por cuanto tiempo. ¿Ven?, todavía no puedo evitar que el tiempo condicione mis pensamientos. Mientras se vive es normal que en momentos de tristeza o de felicidad nos preguntemos: ¿cuánto durarán? Parece como si al nacer a esa vida lleváramos asimilado un extraño sentido de la temporalidad; incluso cuando se es niño, que aún no se tiene desarrollado ese instinto, tal vez acuciado por las necesidades fisiológicas, todo se plantea empujado por el tiempo: el día, la noche, el ayer que nunca deja paso al olvido y el día de mañana indeterminado pero cierto; o acaso no, quién sabe, aunque se tenga la certeza que, de ocurrir, tiene sus días contados, precisos, inalterables. Nuestra vida terrenal es un juego al escondite entre el tiempo y la verdad, y ninguno de los dos nos pertenece. Ese es el drama y de ahí la angustia. Caín fue condenado a vivir así, a arrastrar en la tierra esa tragedia eternamente, a no ser liberado por la muerte.

La muerte libera porque sólo desde ella se alcanza  la verdad; porque el tiempo deja de tener valor; porque desde la muerte se vive una eternidad distinta, la única eternidad posible donde el amor no necesita el disfraz de la compasión, ni el de la misericordia, ni el de la piedad, ni el de la clemencia; donde el amor es únicamente amor.

Verme todavía en mi ataúd me produce la misma sensación que si ojeara una estampa antigua, una de esas fotografías de desconocidos que se guardan, generación tras generación, en el cofre familiar, que nadie se atreve a romper por si se tratara de un antepasado ilustre, o el desventurado amor de alguna tía soltera que muriera en la flor de la edad, o el recuerdo que termina siendo de la familia a fuerza de estar mezclado con ella. Así de distante me veo, hasta el punto de que me siento ridículo, que encuentre ridículo que aún se estén derramando lágrimas por mí; qué extraño que esto suceda si morí hace siglos, ¿o quizás no nací nunca? No parece posible que, de haber nacido, tanto que me pareció mi vida, sea eso tan insignificante que hoy puedo contemplar en su verdadera dimensión. Es increíble que todos mis días de tristeza, que me parecieron excesivos, representen tan poco, tan nimios si los comparo con otros. Las comparaciones sorprenden siempre, y es injusto que no sepamos vivir sin ellas. Por eso desde aquí, cuando comparar no es necesario porque se tiene certeza de lo absoluto, se destierra la raíz de la envidia  que mueve el mundo de los mortales; entonces, sólo entonces, nace una paz indescriptible.

Indescriptible es, a la postre, todo lo que desde aquí se observa, todo lo que desde aquí se siente. Nadie puede explicar el alcance de muchos de los conceptos que se expresan con palabras; nadie, hasta no estar aquí, puede adivinar el profundo significado de la plenitud; el lenguaje siempre es más pobre que lo que en sí encierran las palabras que, a pesar de que sirvan para abrir todos los mundos inimaginables, no son capaces de abarcarlos en sus auténticas dimensiones, acaso porque éstas siempre están sujetas a nuestra propia capacidad de comparación.

Comparar no es lo mismo que medir. Comparar es imaginar; medir es, sobre todo, una operación aritmética, a veces real, a veces intangible, pero en los dos casos auténticamente ciertas e inevitables.

Una gota de agua no es sólo una gota de agua si se ve por un microscopio; así se percibe la vida después de la muerte: un mundo increíble cuando parece que se ha acabado todo. La vida no es la gota de agua, sino lo que la gota contiene, lo mismo que una alianza no es sólo un aro de oro, sino todo un compromiso. La vida también es un símbolo, o un pretexto para llegar aquí, a esta realidad, a esta esperanza.

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