Me llamo Manuel García Paniza, tengo treinta y seis años, soy soltero, vivo con mi madre viuda, y hasta hace seis meses he trabajado de auxiliar en la notaría de don Cosme Sarmiento Barbia, con gran satisfacción del mismo don Cosme y de su oficial mayor, mi jefe directo, don Tadeo Cienfuegos de la Peña, estricto cumplidor de su deber, como un servidor de ustedes ha sido siempre, aunque esté mal en decirlo y a pesar de reconocer que las comparaciones sean odiosas.
Fui un extraordinario mecanógrafo, cuatrocientas quince pulsaciones, premio extraordinario de la prestigiosa academia de don Cecilio Pancorbo de la Cruz, amigo personal de don Cosme y con eso está dicho todo. Y digo fui porque la mecanografía dejó de practicarse, como ustedes sabrán, por la venida de los ordenadores, que están bien, para qué vamos a negarlo, ahorran trabajo y todo se tiene guardado en el disco duro —copias de seguridad aparte—; qué les voy a decir que ustedes no sepan a estas alturas; sin embargo, personalmente, seguí echando de menos mis máquinas de toda la vida: una Underwood y una Olivetti, magníficas las dos, de carro grande, que yo mismo me encargaba de mantener para que ninguna letra de ojos se empastara, que siempre ha sido el síntoma inequívoco de los mecanógrafos descuidados; para ser pulcro y meticuloso no hace falta ser ni relojero ni cirujano, como he dicho siempre.
Sigo teniendo a gala no haber faltado a mi trabajo ni una sola vez en los dieciocho años, tres meses y nueve días que estuve al servicio de don Cosme que, por cierto, últimamente ha engordado bastante, no es extraño, pues, que se congestione cuando se exalta y que empiece a padecer de gota.
En la notaría trabajábamos seis personas; es decir, aparte de don Cosme, de don Tadeo y de un servidor, estaban y siguen estando dos abogados —abogada y abogado—, doña Celia y don César, ella mayor que él y, Dios me perdone si me equivoco, desde el principio me dio la impresión de que había algo entre ellos, vamos, de que se acostaban juntos, si no todos los días, sí de cuando en cuando. Ella no es que esté mal, tiene mis años pero muy bien llevados, usa un perfume que pone cachondo, viste de abogada en ejercicio como antídoto a la lascivia, y se le nota en el humor cuando don César, que juega a pares y nones, no le ha dado las atenciones que ella demanda fogosa y constantemente, según se colige; a qué negarlo, él tiene su círculo y sus ambientes, como dice Gloria, que ha sido mi compañera atendiendo al público y la que sabe de ordenadores más que el que los inventó; gracias a ella nunca hubo que llamar a ningún servicio técnico, y a mí, personalmente, me sacaba de todos los apuros; qué quieren, una cosa es mecanografiar y otra muy distinta los misterios insondables de una máquina que sin que nadie sepa por qué, salvo Gloria, se para, y por mucho que se arranque de nuevo, se dé al Intro, al Esc o al Ctrl, no hay forma de oír la musiquita que es la señal de que todo está en orden.
Bueno, pues lo que iba diciendo: que Gloria asegura que don César es un pájaro y que a ella ya le dio un par de sustos de los de decir. —¡Por Dios, don César, que esto es acoso laboral!—. Él, según Gloria, se moderó de acciones, pero que cada vez que entra en su despacho sigue teniendo que aguantar cosas como estas: —¿Sabes que estás para morderte, rica?—. Claro, hasta que yo me canse. Pienso que parece mentira que haya hombres así, sin respeto alguno a las mujeres; no sé ni para qué han ido a la universidad.
Aunque ustedes no lo crean, trabajar en una notaría no resulta aburrido como pudiera parecer a simple vista; les puedo garantizar que es más distraído que hacerlo en un banco, por ejemplo, y mucho más sacrificado. Antes de los ordenadores se salía a las tantas de la noche, pero últimamente, con ellos, día con otro, a las tres o tres y media de la tarde ya estábamos en la calle, y hasta el día siguiente, como los funcionarios; claro que los funcionarios tienen días de vacaciones por asuntos propios, bajas por depresión y, día sí, día no, recados urgentísimos que hacer, como la ortodoncia del niño o la endoscopia de la esposa, que, ¡hay que ver la de endoscopias que se hacen ahora las mujeres! ¡Igualito que mi madre, que todavía, con la edad que tiene, no se ha hecho nunca un análisis de sangre! —¡Naturalezas!—, dice ella y lleva razón. A mí me pasa lo mismo, estoy sano como un roble aunque sí me hicieron un análisis de sangre cuando tenía quince años, y me salió que tenía un poco de anemia, pero con la Glefina, el vino quinado antes de las comidas y mis buenos filetes de hígado de ternera, se me quitó enseguida; desde entonces, en buena hora lo diga, ni un resfriado.
Si no fuera por el público, que algunos dan hasta los buenos días, lo que eché de menos mientras estuve en activo fue no tener tiempo ni ocasión para charlar con mis compañeros de oficina. El público, la mayoría, entra con cierto complejo, como si la notaría fuera un juzgado. En general, creo yo, se le teme más a los abogados que a los médicos, no digamos nada de los notarios: infinitamente más que a los especialistas del riñón o del corazón. Tampoco es que yo pidiera que nos pasáramos la mañana comentando partidos de fútbol o hablando de trienios, como hacen los funcionarios; pero creo yo que existen muchos temas de conversación para exponer puntos de vista que ayudan a conocer a los que comparten tantas horas a lo largo del día, de los meses, de los años. Qué quieren, pero a un servidor, sin que esto sea afán de cotilleo, a pesar de haber transcurrido seis meses de mi baja voluntaria, sigo interesado en saber qué hay exactamente entre doña Celia y don César; desde luego nada que la moral apruebe, aunque la moral sea tan inflexible que no contemple las urgencias de las personas cuando a los veintiocho años no se han comido una rosca, y conste, no lo digo por mí, que no admito promiscuidades y que creo firmemente que solo el amor puede ser el sentimiento que, al unir dos almas, termine por unir dos cuerpos. Por eso no desespero; ya lo dice el refrán: Matrimonio y mortaja, del cielo bajan. Con esa esperanza vivo desde que conocí a Gloria, y se me va el santo al cielo, pero Gloria, me parece que ni se enteró de que estaba enfrente.
En lo de echar en falta las charlas con los compañeros, me refería a lo cultural: alguna novela, alguna película, algún concierto, alguna conferencia que comentar… A las conferencias sigo yendo a todas; no cuestan nada y se aprende muchísimo. Aquí, gracias al Aula Mancomunada de Escritores y Artistas, rara es la semana que no hay una; hablan siempre los mismos, pero como cambian de tema resulta distraído, además, se pone de manifiesto lo mucho que saben esos señores, la autoridad con la que hablan de lo que se tercie. Don Jerónimo de la Cueva, el presidente, practicante de profesión, es un eximio poeta, como dice siempre de él la prensa local. Don Modesto Barriga, encuadernador, parece mentira, lo mismo diserta sobre la literatura de humor que sobre la vida y obra de los místicos: es toda una autoridad. Así, muchos, casi todos. Todas las tardes se reúnen en el Café Central y allí hablan o se callan para exhibir los saberes o asimilar las experiencias; ellos aseguran que en la observación de la vida diaria se encuentra la base de la sabiduría. Llevarán razón. Servidor, cuando puede, también escucha y observa a pesar de no sacar tanto en claro como hacen ellos, al menos eso creo.
Cuando se organizan mesas redondas…; bueno, las mesas redondas son el disloque; en una de ellas me enteré de que don Diego Velázquez, mi pintor favorito, fue el encargado de los basureros del Madrid de su época y, aparte, recibía otro sobresueldo como aposentador de la reina; eso dijeron. Claro, desde entonces lo tengo entre ceja y ceja por aprovechado. Ya digo, en esas conferencias y en esas mesas redondas —que los programas de mano y el periódico llaman “paneles de expertos”—, se aprende muchísimo cuando se logra entender todo lo que dicen. A mí no me da vergüenza confesar que hay temas en los que me quedo en blanco, como cuando hablan de alguna novela que yo no haya leído, que son muchas, para qué voy a negarlo. Es verdad que leer, lo que se dice leer, leo bastante, pero no a un tal James Joyce, que lo ojeé en la Librería Nueva y se me cayó el libro de las manos, ¡qué plomo!; pero eso sí, aunque yo tenga preferencia por las novelas de Salgari y de Marcial Lafuente Estefanía no dejo de ojear lo que los señores que saben dicen que hay que tener como libros de cabecera: “El Siglo de las Luces”, “Rojo y Negro”, “Las uvas de la ira” y otros por el estilo que, la verdad, no discuto, pero, qué quieren que les diga, tienen sus dificultades; en cambio sí puedo presumir de algo que en conciencia no puede hacer la mayoría de los españoles: he leído casi todo lo de Corín Tellado y, lo juro, entero, El Quijote. Ahí queda eso.
Con las películas me pasa tres cuartos de lo mismo. Mis preferidas son las antiguas de piratas, con Burt Lancaster y el mudo, y las del Oeste de Jonh Wayne, aunque tampoco eche en saco roto las de Richard Widmark y James Steward; me acuerdo yo de “Dos cabalgan juntos” o de “El Hombre de Laramie” y se me saltan las lágrimas. Pero por lo visto el cine, como pasa con las novelas, según los que saben, es otra cosa; será, para qué discutir. Está claro que los intelectuales pertenecen a otra casta distinta. Si alguna vez me permito decir que me gusta las películas españolas… ¡bueno, para qué nombrarlas!, recuerdo que lo dije en una reunión y por poco me saltan los ojos. Está visto que hasta la cultura puede volverse violenta; la gente en general y los intelectuales en particular lo que quieren es llevar siempre razón. ¡Qué pueblo más intransigente este nuestro! Pero quede claro que yo le tengo mucho respeto a los intelectuales locales que conozco —prácticamente a todos—, que en provincias también los hay tan buenos como los de Madrid. La ventaja de los de provincias es que, al ser menos, se empeñan más: todo es cuestión de proponérselo. Por ejemplo, don Ciriaco, que es compañero de don Jerónimo, los dos practicantes, con un consultorio que da gloria de limpio y de ordenado, bueno, pues don Ciriaco, que no tiene la prestancia de don Jerónimo porque es poquita cosa, me parece que es mucho más instruido que él, y debiera ser el Presidente del Aula Mancomunada de Escritores y Artistas, pero sólo es secretario porque es muy tímido. De eso sí me he dado cuenta: los intelectuales se dividen en dos grupos: los ostentosos —que suelen ser bastante altaneros y distantes—, y los modestos —silenciosos y tristes—; entre estos últimos están los poetas, los pobres, seguramente, tienen digerido que no los lee casi nadie; algunos, con tal de figurar, se hacen rapsodas, que es un bonito oficio, imprescindible en las compañías antiguas de varietés, como el prestidigitador o el caricato que contaba chistes; aquí tenemos uno, don Ginés, que cuando recita “El Embargo”, da una pena que se le saltan a uno las lágrimas, y cuando, en plan festivo, recita “Feria de Abril en Jerez”…, vamos, que se ven los caballos, los gitanos haciendo los tratos, gastándose diez duros en vino y almejas, vendiendo una cosa que no vale tres; yo hasta me la sé de memoria, claro que Pemán era Pemán.
También me he dado cuenta de que a los intelectuales de provincias, cuando hablan de política, les gusta ir a la contra, al menos estos que yo conozco, no sé si en otras alturas… Me da la impresión de que como ellos saben de todo —para eso son intelectuales—, les debe molestar que los políticos presuman sin tener por qué, sólo por ir en unas listas, al menos eso es lo que deduje de un comentario que hizo don Gumersindo de la Piedra, empleado de banca, tesorero del Aula, egiptólogo y taxidermista, en el ágape anual que celebran para conmemorar el aniversario de la publicación de la selección de los trabajos —escritos y conferencias— de un grupo de intelectuales de la directiva. “Diez nombres propios” se tituló ese libro que se puso a la venta con un éxito tremendo. Casi trescientos ejemplares vendieron; un servidor tiene uno dedicado por todos. Lo malo es que desde aquél, ya no han vuelto a publicar ninguno, va para veinte años; dicen las malas lenguas que todavía se lo deben a la imprenta que lo hizo.
En esto ni entro ni salgo y lo mismo que no hago caso de las habladurías, también me aparto del sentir de los intelectuales respecto a los políticos y, a mi pesar, siento disentir en esto de ellos pese a la admiración que les tengo. Personalmente creo que pocas personas en la actualidad están tan dispuestas como los políticos a sacrificarse por los demás. Es posible que algunos… bueno, conste, por lo que se lee en la prensa de cuando en cuando, pero incluso así no puedo coincidir con los intelectuales que los denigran; los políticos me parecen gente muy honesta y sacrificada, que pierden horas de estar con su familia, que tienen que estar constantemente en desayunos de trabajo, en almuerzos de trabajo, en comidas de trabajo, siempre de acá para allá, robándole horas al sueño con tal de favorecernos a todos, de procurarnos bienestar y prosperidad; insisto: puede que haya algunos descarriados, tampoco voy a negarlo categóricamente, pero igual que dicen que los hay entre los curas o entre los jueces, y pagan justos por pecadores. Mi madre, que es una santa, me lo tiene dicho desde que era un niño: —Manolo, hijo mío, tú no pienses mal de nadie ni envidies a nadie—. Y digo yo que si pensar mal del prójimo es pecado y envidiarlo más pecado todavía, pues sólo queda quererlos a todos o, al menos, admirarlos, que es lo que me pasa a mí. Y no es por el homenaje que van a darme; ya ven, un homenaje a mí, un modesto auxiliar de una notaría.
La verdad es que a estas alturas ni sé cómo empezó a fraguase todo. Un servidor —lo vengo diciendo—, salvo el cine de cuando en cuando, las conferencias de los intelectuales y mis lecturas, es más propenso al ahorro que a las dilapidaciones. La verdad es que con mis emolumentos y la pensión de mi madre hemos vivido tan ricamente: tenemos nuestro pisito de dos dormitorios, cuarto de baño completo con calentador eléctrico para el agua, un salón con su terraza, su con tresillo y su mueble bar-librería, un ventilador moderno para los calores y una estufa de butano delante del televisor porque a mi madre, en invierno, se le quedan helados los pies. En fin, que no nos falta un detalle, incluso nos permitimos ciertos lujos, por ejemplo, a primeros de mes, comemos gambas y por los cumpleaños, hasta cigalas en más de una ocasión. Así que tenemos nuestros ahorritos y con ellos todos los veranos hacemos un viaje porque tanto a mi madre como a mí nos encanta el tren. Nos pasamos por ahí una semana o diez días y volvemos como nuevos, que es de lo que se trata, de descansar, por eso preferimos los balnearios, ¡la de ellos que tenemos recorrido! Pero a mí, qué quieren ustedes, sin que lo sepa mi madre, me tira el juego; he ido más de treinta veces al bingo, y todas la semanas echo mi columnita en la Primitiva, los sábados, que es el día de la virgen.
Bueno, pues hace seis meses me tocó. Nunca me había tocado nada salvo algún reintegro y no más de tres aciertos muy de cuando en cuando; vamos, entre unos y otros, seis veces, que lo llevo bien ajustado en la memoria. Pero esta vez me tocó un pleno con bote. Total doce millones de euros. Al principio no me lo podía creer. Primero, como hago siempre, lo miré en el periódico. Fue ver que coincidían todos los números y me quedé de piedra, me guardé el boleto y esperé al día siguiente, que es cuando salen los acertantes y lo que les ha tocado a cada uno. El mío era el único: doce millones.
Encontrarse de pronto con doce millones de euros, la verdad, no se asimila; se mira uno en el espejo y sigue siendo el mismo: el bigotito recortado, el lunar en la barbilla, una patilla más alta que otra… lo normal, el de siempre. También influye lo difícil que resulta calcular así, de bote pronto, cuánto son doce millones de euros. Mucho dinero resulta. Se siente un cosquilleo raro mientras uno está callado y no se lo dice a nadie. Yo, ni a mi madre se lo dije, que esa fue otra, pensar en la forma de decírselo para que no le diera un soponcio. A mí, lo juro, salvo el cosquilleo, todo me parecía tan normal como sentarme a diario en mi mesa en la notaría. Lo primero que pensé es que por fin iba a probar el bogavante, que siempre estaba con ese antojo. De verdad que no pensé en otra cosa. Después ya sí. A medida que fueron pasando los días empecé a darme cuenta de que había cosas que siempre las había deseado, pero que se me habían ido durmiendo dentro, como cuando soñaba de niño tener una bicicleta, o una novia rubia cuando mozo, o una mujer como Gloria desde que la conocí.
Mi madre, al principio, lo encajó con cierta incredulidad, se rio como cuando le gasto bromas diciéndole que tengo novia; después, cuando se puso las gafas y lo comprobó en el periódico, dijo: —Hijo, la virgen santísima: hay que ponerle dos velas—. Ella fue la que me dijo lo que tenía que hacer al día siguiente, lunes: hablar con don Cosme, el notario, que él me orientara. Don Cosme dio un salto cuando se enteró. Fue la primera vez que lo vi sin saber qué decir; pero reaccionó pronto, enseguida levantó un acta, llamó a don Ramón de la Hoya, el director del banco donde él se movía, y éste se encargó de todo a partir de ese momento. —Discreción, amigo Ramón, —insistía don Cosme—, mucha discreción—. Y a mí me repetía lo mismo.
Don Cosme estaba triste cuando me despedí. Bueno, en realidad partió de él la idea. Mi madre ya me lo había advertido: —Manolo, aunque no te guste, vamos a tener que cambiar de vida, tú tendrás que dejar la notaría y yo meteré a una chica para que me ayude en la casa tres días por semana—. Así aguantamos diez días. Entretanto don Cosme me invitó a una cacería. El detalle me gustó, pero la cacería no: mucho andar para terminar matando animalitos. Servidor, para corresponder con él y con el director del banco, invitó a una mariscada, ¡y por fin probé el bogavante!: riquísimo, mereció la pena esperar tantos años. En el restaurante conocían mucho a don Cosme y a don Ramón; a mí me presentó como su amigo y colaborador; yo no sabía si estaba o no soñando, sobre todo cuando se acercó el dueño a nuestra mesa, le dijeron confidencialmente lo que me había pasado, y salió diciendo que invitaba la casa. Ya estuvo pendiente de nosotros, incluso fue testigo cuando don Ramón me dio un montón de papeles, talonarios y me anunció lo más importante, su oferta: un coche “Mercedes”. Sentí un respingo por dentro. Los únicos regalos que yo había recibido en mi vida, aparte de los juguetes cuando niño, habían sido corbatas, colonias y dos máquinas de afeitar eléctricas; bueno y pares de calcetines por los santos o los cumpleaños; mi madre siempre, que ha sido la única que ha estado pendiente de esos detalles. Decirme que me regalaban un “Mercedes” fue dejarme helado, y como no sabía ni a dónde mirar, me empecé a reír sin poder contenerme; tanta risa me entró que estuve a punto de atragantarme. ¡Un “Mercedes” a mí, que ni siquiera tenía carné de conducir! Naturalmente le dije que no y don Cosme saltó enseguida para dejar claro que no lo rechazaba, sino que ya veríamos; no se qué teníamos que ver, pero así quedó la cosa.
Bueno, resumiendo, y para que se sepa lo buena que es la gente: desde entonces no paro de invitaciones; don Cosme y el director del banco no me dejan ni a sol ni a sombra; me van a admitir como socio de honor del Aula Mancomunada de Escritores y Artistas; o sea, que me van a dar un diploma y voy a ser intelectual como don Jerónimo y don Ciriaco, que enseguida me dieron la enhorabuena y me hablaron de hacer una Fundación con mi nombre. No podía creérmelo, pero estaba con ellos el Alcalde y el Concejal de Cultura y fueron los que más entusiasmo demostraron; me han hecho muchas entrevistas en las televisiones; he salido en los telediarios, y en los periódicos con fotos con el lotero que selló mi columna, por cierto, compañero de cacería de don Cosme al que le he regalado una escopeta, la que él quiso, a medida; ya ven, nunca pude sospechar que las escopetas fueran como los abrigos. En fin, que estos seis meses han sido de locura. Sólo un trago amargo, amarguísimo: le dije a Gloria que si quería ser mi novia y no me contestó; se echó a llorar y salió corriendo.
Había estado esperando a que ella saliera de la notaría; no me atrevía a subir y preferí esperarla en la calle. Allí la abordé. Creo que se asustó porque ni yo mismo reconocí mi propia voz, de emocionado que estaba. Ella debió asustarse porque cuando me reconoció se quedó más tranquila; llovía tanto que nos refugiamos en un portal. Gloria, con una sonrisa, me dio la enhorabuena y que se alegraba de mi suerte aunque, me dijo, ya lo sabía por los compañeros y que esperó a que yo se lo dijera, que parecía mentira que hubiera esperado tanto tiempo. Me disculpé como pude. Entendió que yo estuviera desconcertado y que a partir de entonces quizá no fuera el mismo, porque el dinero —dijo con cierta tristeza—, cambia mucho a las personas, y temía que yo ya nunca fuera el que ella conoció. Me quedé sin saber qué decir; entonces, cogiendo impulso, le dije que si quería ser mi novia. Me miró muy fijamente, se le llenaron los ojos de lágrimas y echó a correr por la calle mojada.
Aún no sé si su reacción fue porque no me quiere o porque si me dice que sí va a verse convertida en millonaria. Con las mujeres nunca se sabe. Ahora no sé si escribirle una carta o esperar para demostrarle que a pesar de ser un intelectual sigo siendo el mismo, que el dinero es lo de menos. ¿O es que estoy equivocado?