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Paco Carrillo en un momento del Pregón con la Virgen del Carmen detrás en el Altar

El autor en un momento del Pregón, en el Altar con la Virgen del Carmen.

 

 

En la Iglesia del Carmen de San Fernando, a 6 de Octubre de 2001

 

Nos llegó por el mar, por la mar, por ese latino caño de mar que a La Isla besa, la abraza y la corona. 

Trescientos vecinos salen a recibirla. Toda La Isla. 

Corre el año de 1680.

“Amaneció y hizo un día como de María Santísima”. Así empieza el P. Gerónimo de la Concepción su visión de aquella jornada memorable, el primer acontecimiento realmente histórico que vive la Real Isla de León, caserío disperso que por primera vez se congrega ante una llamada, y ha de ser en torno a la Madre que les llega por el mar, por la mar, como todo lo que en La Isla ha tenido importancia.

Y sigue relatando el cronista: “Soldados bien vestidos y jubilosos, personas de cuenta, seglares y religiosos, y todo el vencindario, vestido cada uno a lo muy decente y representando devotamente sus oficios. Banderas, tambores, pífanos, cohetería, lauretana letanía, cánticos religiosos…” 

Es María Santísima del Carmen la que ha llegado por mar, la que viene a hombros de sus hijos, camino real adelante, desde el Puente Zuazo hasta su casa, hasta su primera casa en La Isla, precisamente a esta Isla que en ese momento  puso  a andar su corazón, a esta Isla que desde entonces tuvo alma.

 

Rvdo. P. Prior, Ilmo. Sr. Alcalde, Excmo. Sr. Almirante Jefe de la Zona Marítima del Estrecho. Comunidad de PP. Carmelitas. Venerable y Real Hermandad de Nuestra Señora del Carmen Coronada. Venerable Orden Tercera. Dignísimas representaciones religiosas, civiles y militares. Queridos todos en el regazo de Nuestra Madre.

 

Debo comenzar diciendo que me siento emocionado y confundido. Emocionado por estar hoy aquí; por comprobar que los sueños se cumplen; por sentir que la gratitud  es un sentimiento que no aflora exclusivamente por las palabras ni por las actitudes, sino que termina saliendo por todos los poros, como si de pronto se volviera uno transparente, que es como se debiera ser siempre, que es como nos ve la Virgen aunque nos escondamos, aunque lo olvidemos.

Mi gratitud, en primer lugar, a esta Virgen por dejarme aquí cincuenta años después de verla coronar; por permitirme llegar  a este día para poder contarlo; también por hacerle creer a la Junta de Gobierno de la Hermandad que podría hacerlo —no sé todavía si esa decisión fue una recomendación de Ella, un acto de fe de la Junta, un atrevimiento o las tres cosas—; y, por último, mi agradecimiento más profundo, por sus cariñosas palabras de presentación, a Salvador Fornell, amigo de siempre y vecino de enfrente, como él ha dicho, reflejo multiplicado hoy del niño bueno que siempre fue;  Hermano Mayor al que se le nota, no sólo que ama a la Virgen, sino que vive y ha vivido siempre pared con pared con Ella, y esto es evidente que imprime carácter, hasta el punto de conseguir que a golpe de trabajo y de humildad, a base de saber contagiar la devoción que le tiene a nuestra Madre, le esté devolviendo a la Hermandad el empaque especial que siempre tuvo y en el que nos miramos con orgullo todos los isleños; empeño que secunda una Junta enamorada de Ella, sin más norte que Ella, y que tutela, cómo no, esta Comunidad heredera del espíritu de la santa de Ávila y del santo de Fontiveros. No hay nada como nacer con la mística más sublime en el corazón, que imprime eternidad a lo que se siente, y con la recta eficacia en el cerebro, que es la forma más realista de andar entre pucheros. A la vista está el esplendor que el convento y esta iglesia han recobrado.

 Gracias por tanto a la Comunidad y a la Hermandad, gracias al P. Francisco y a Salvador, no sólo por lo que hacen, sino por el ejemplo que nos dejan.

 

Pero decía que estaba emocionado y confundido. 

Mi emoción —que nace de mi agradecimiento—, he tratado de explicarla; pero hacer lo mismo con mi confusión se me  antoja tarea más complicada, sobre todo porque mi compromiso es pronunciar el Pregón del Cincuentenario de la Coronación canónica de nuestra Virgen del Carmen y, a estas alturas, a pesar de que he pronunciado algunos, todavía no sé qué es un Pregón. 

Se supone que es difundir, comunicar, propagar las excelencias de algo, o explicar por qué ese algo es excelente. El problema, como siempre, creo que radica en el lenguaje, que es lo único que puede magnificar lo sencillo y arruinar lo más sublime. Ese es el peligro. Ese es el riesgo. Ese es el reto.

Desde este mismo lugar que hoy ocupo, desde ese púlpito, que ya es reliquia, han hablado grandes oradores, los más revestidos de capa blanca y elocuencia, pero todos iluminados por la Santísima Virgen del Carmen, todos dispuestos a contagiar su amor por Ella. Sin embargo desde que la figura del seglar ocupa estas cátedras, se produce una ruptura entre lo que se consideraba magisterio, tan necesario siempre, y lo que, por ganar en horizontalidad participativa, pierde calado quizás porque sea fácil confundir, e interpretar, que el lenguaje consiste en la capacidad de adjetivar, como si un discurso, un pregón, fuera sinónimo y retahíla de calificativos arrebatadamente ponderativos encajados a martillazos.

Decía el P. Francisco, nuestro Prior, en su felicitación a la Virgen este último 16 de Julio, que no pocas veces, cuando se acercaba a esta capilla para rezarle, para pedirle, para agradecerle algo a la Señora, con solo mirarla se le olvidaba todo para repetirle mil veces lo único que pasaba por su corazón: “Guapa, bonita, te quiero”. Para qué más. ¡Qué pregón más simple, pero qué lleno de contenido! 

Yo no sé si la Virgen detesta algo, supongo que no, pero como ser humano que vivió siempre en la verdad, creo que no es aventurado pensar que si algo rechaza es el fingimiento, la artificiosidad, lo rebuscado que, evidentemente, se aparta de ese “guapa, bonita, te quiero” que suena tan sencillo, tan natural, pero tan importante como un latido del corazón.

No sé por tanto qué es un pregón o, mejor, no sé si voy a poder llegar a la rotunda claridad de ese “guapa, bonita, te quiero” del P. Francisco, pero voy a intentarlo de la única manera que sé: poniendo mi corazón más allá de mi discutible elocuencia, con la voluntad de dejar un reguero de pistas para que todos podamos reencontrarnos con el diálogo sencillo que La Isla, hace cincuenta años, estableció con su Madre, ese diálogo íntimo qué movió a este pueblo a ser tan unánime como aquél que en 1680 sólo tenía trescientas almas.

 

Todo empezó en la Junta Nacional de Delegados del VII Centenario del Escapulario del Carmen. Fue el P. Leandro de San José el que propuso la idea de iniciar las gestiones para coronar a la Virgen del Carmen en los tres Departamentos Marítimos de España.

Cuando llegó a este convento la copia circular del acta de la reunión de Delegados, otro carmelita con la advocación de San José, el P. Vicente, Prior entonces de esta Comunidad, apoya, promueve y canaliza este deseo. Comunica la decisión de la Orden a la Venerable y Real Hermandad del Carmen isleño, que hace suyo este proyecto y, codo con codo, como una onda expansiva, empiezan la tarea de interesar, de contagiar al propio Clero secular, al Ayuntamiento, a la Armada, y a todas las entidades locales de mayor significación. De ahí a que la chispa prenda en el pueblo sólo hay un espacio tan breve de tiempo que aún hoy, que tanto hemos avanzado en rapidez de comunicación, asombra comprobar el tiempo escaso que media entre la primera reunión de la Comunidad con la Hermandad hasta la Coronación, teniendo que elevar preces a Su Santidad y coordinar tantas instituciones religiosas, civiles y militares. Pero todos asumen su cometido como si de cada uno de ellos dependiera llevar a buen puerto la idea. El eco es extraordinario. Los Departamentos Marítimos de El Ferrol y Cartagena no pueden coronar a sus vírgenes porque allí no están presentes los carmelitas. (Después volveré sobre esta circunstancia). El Ayuntamiento de La Isla abandera y respalda todas las iniciativas y, a pesar de la precariedad de sus medios, hace mil equilibrios para ayudar allí donde puede, allí donde debe. La Isla, pues, se convierte en el centro carmelitano de España y la Armada se vuelca ‘en esta imagen’ como en 1901 lo hiciera para hacerla su Patrona.

Hasta aquí, sucintos, los datos imprescindibles para fijar el punto de partida. Pero el trasfondo es otro. Quisiera poder describir cómo era La Isla aquella de 1951; cómo, sin pensárselo dos veces, reacciona igual que en aquella ocasión de 1680, con la misma unanimidad; pero también quisiera saber contestar al porqué La Isla  corona a su Virgen, qué consigue coronándola.

 

La penuria siempre es triste. En 1951 La Isla es un pueblo triste. Es un pueblo que madruga mucho y se acuesta cansado. Es un pueblo que todavía no se ha desprendido del manto de la pobreza; donde los civiles viven de cortos jornales y de pagas escasas los militares, pese a sus uniformes y sus medallas. La Isla es un pueblo sin estridencias, dócil y escalafonado. Sus asuetos de verano están en los baños en los caños que la rodean, en los cines de verano y en las tertulias nocturnas en las casapuertas cuando no se presenta el levante. Los asuetos de todo tiempo, dependiendo de la clase social, se sustenta en la calle Real, paseo arriba, paseo abajo, saludándose ceremoniosamente los unos a los otros, tres, cinco, diez veces, cada vez que se cruzan. A veces, los domingos invernales de sol tibio, la Marina regala un concierto de Banda en el templete de la Alameda. A veces, al Teatro de las Cortes llegan compañías de teatro, de zarzuela, de revista, para satisfacer a todos los públicos. Las fiestas nacionales se celebran con desfiles y misas de campaña. La Semana Santa no deja de ser la expresión de unas devociones necesarias porque Cristo es el último recurso.

La Isla es un pueblo triste, pero la Iglesia también. En La Isla está entronizada la rutina, y en la Iglesia también. El hombre, para la Iglesia, todavía es un saco de pecados en vez de un fragmento de lo divino, portador de vida eterna. A la Iglesia le falta alegría y cuando perdona, parece que lo hace a regañadientes, y eso se nota en la severidad, en la frialdad de su talante. Aún quedan más de diez años para el Vaticano II, tan necesario y tan vital para que la Iglesia fuera algo más que ritos, para que se persuadiera de que este valle no tiene por qué andarse sólo con lágrimas, sino con la alegría que proporciona la fe y la esperanza.

La Isla, casi diez años antes de que esto se produzca, tiene ocasión de comprobarlo, de vivirlo, gracias a la Coronación de su Virgen del Carmen.

Un buen día se empieza a correr la voz de que hay que coronar a la Virgen, de que los carmelitas, los señores de la Junta de la Hermandad, el Ayuntamiento y la Marina están trabajando para que la Virgen sea coronada. Y La Isla no quiere quedarse atrás, no quiere ser sólo espectadora de un acontecimiento que le corresponde por entero; se trata de su Virgen y quiere estar presente, ser protagonista activa en todo lo que de forma tan directa le concierne a su Madre.

Nunca se ha ponderado suficientemente, pero la Hermandad, que lo guarda todo, que todo lo anota, tiene una relación minuciosa de los donativos que se reciben para costear la Corona. Unos, los oficiales generalmente, son en dinero, que de forma espontánea, como un banderín de enganche, se abre en todas las oficinas civiles, en todas las dependencias, en todas las ayudantías, comandancias y buques de nuestra  Armada. Los particulares por libre dan a medida de sus posibilidades: dinero, los que pueden, y alhajas, los que tienen. Conmueve leer hoy, cincuenta años después, nombres de personas conocidas, de reconocida pobreza —no hay que olvidar que en la Isla de entonces nos conocíamos todos—, cantidades tan importantes como diez, veinticinco, cincuenta pesetas; un albañil —¡de los de entonces!—, y su esposa, cien pesetas, detrás de cada una de las cuales se entrevé un enorme sacrificio, un amor infinito. Igual ocurre con las alhajas: una viuda, sus alianzas de boda; un donante anónimo, una medallita, recuerdo familiar, historia cierta; dos señoritas con nombres y apellidos, solteras sin redención, un alfiler de corbata, unos pasadores, unas monedas de oro, memoria del padre ausente que las mira complacido desde el retrato del saloncito…

Enternece leer estas relaciones. Es conmovedor leer en ellas  unas emociones, un estilo de vida, una época. Por eso hay que ser de piedra o demasiado joven para no ver en la corona de la Virgen todo ese amor fundido hasta conseguir una joya única, no porque sea de oro y brillantes, sino porque en sus filigranas están impresas la generosidad de este pueblo, el corazón más puro de este pueblo, que de esa forma quiso ser protagonista.

Sorprende también el gesto de la Cofradía de Armadores y Pescadores de la Provincia de Cádiz; la iniciativa, seguida con unanimidad, de enrolar a la Virgen durante un mes en todos los barcos de pesca, de altura y de bajura, con jornal y parte, como un marinero más para conseguir que Ella sola, por ese gesto, aportara la mayor cantidad en metálico que se consiguió en un solo donativo: 72.241 pesetas.

Pero, justo es decirlo, fue toda España la que se une a esta marea de  entusiasmo, no en balde de trata de la Virgen del Carmen, no en balde se trata de esta Virgen de universal devoción.  Desde Isla Cristina a Andraix, de San Vicente de la Barquera a Tarifa, de Las Palmas a Lequeitio, de Corcubión a San Pedro del Pinatar se establecen rutas de generosidad, caminos carmelitanos que terminan en el Carmen isleño. La Virgen está tejiendo, con los hilos de su amor, una urdimbre nueva en toda España, como si Ella quisiera envolverla en su capa blanca, como si su voluntad fuera convertir su capa blanca en pañuelo de bienvenida al puerto más seguro.

Pero, además de todo esto, ¿qué está ocurriendo en La Isla? 

En La Isla, gracias a la Virgen, se están arrinconando las tristezas. Ya no se habla de la escasez, ni de la guerra, tan presentes siempre, ahora se habla de que a expensas del Ayuntamiento, se está arreglando esta iglesia; del certamen literario que se ha convocado; de cómo la prensa y la radio se están haciendo eco del acontecimiento; de que atracará en Cádiz la escuadra del Mediterráneo; de que, por una vez, La Isla va a dejar de ser isla para convertirse en puente carmelitano que la una al mundo.

Y para proclamarlo con distintas voces y un mismo espíritu llegan los misioneros. 

La Orden ha decidido que una Misión Carmelitana venga a La Isla para convertirla en crisol y yunque de una Iglesia alegre y esperanzada invocando el bendito nombre del Carmelo. 

Fueron diez carmelitas venidos de toda España, los mejores oradores de que disponía la Orden, revolucionarios de conciencias, contagiosos agitadores del espíritu carmelitano que a tanto obliga, maestros en una nueva forma de hacer apostolado, de hacer ver que la vida es más llevadera con la sonrisa en los labios, con la Virgen del Carmen en el corazón. ¡Menuda la armaron! 

Se repartieron por todas las parroquias, allí establecieron sus cuarteles generales, y al toque de la primera campana a las seis y media de la mañana, salían a la conquista de las calles, de las casas, una por una, para repetir el cuento de Hamelin, solo que sin emplear flautas mágicas, sino la magia de la palabra para encantar, el corazón para convencer, el amor para deslumbrar, la alegría para contagiar, para arrancar de sus portales a las gentes que los esperan para seguirlos, para dejar volar sus corazones cada vez que gritan ¡Viva la Virgen del Carmen!, hasta la vuelta de todos a la iglesia, a la misa que a las nueve se celebra, que ya no es la misma de siempre, sino otra distinta, más próxima, más entrañable, sólo porque aquellos magos de la capa blanca están consiguiendo acortar las distancias para que a la iglesia, tan fría siempre, la sienta cada uno como algo propio, como su propia casa, como la casa de la Madre.

 

Hoy, creo, se llamarían algo así como animadores de grupos o dinamizadores religiosos-culturales, por nombres no iba a quedar, pero recordar, además, la labor que estos misioneros consiguieron al unísono con los niños de La Isla… Porque para nosotros, los que éramos niños entonces, también se derramó el espíritu renovado de la Iglesia alegre. No recuerdo bien cómo lo hacíamos, pero creo que salíamos a media mañana de nuestros colegios con un misionero carmelita al frente. Y jugábamos. Y cantábamos. Y rezábamos. Y escuchábamos. Y convivíamos. Y aprendíamos. Unas veces avanzábamos jugando a la conga; otras, brazo con brazo, en guerrilla; otras, hacíamos el látigo; de trecho en trecho nos sentábamos en las losas de la calle, formando corros, en una catequesis que convertía en cuna carmelitana cada corazón; entonces escuchábamos historias maravillosas que nos hacía mejores.

 Por las calles que pasábamos, —¡ay de aquella Isla horizontal que perdimos!—, los vecinos se asomaban a las casapuertas para vernos, para contagiarse ellos también de nuestra alegría, para darnos un vaso de agua, si lo pedíamos, para ser partícipes, ellos también, de la revolución que en La Isla se estaba viviendo gracias a estos misioneros, gracias a la Virgen.

 

A todo esto se acercaba la fecha. No hace falta mucha imaginación para suponer la presión de todas las comisiones creadas, de todos los equipos de trabajo. No podemos olvidar que estamos en la España del año 51, la de la pertinaz sequía, en donde poner una conferencia con Madrid ya era una odisea, donde las máquinas de tren perdían presión cada dos por tres y los coches… bueno, los coches todavía eran unos cacharros extraños que pasaban de cuando en cuando por la Calle Real y hacían sonar su bocina para avisar a los niños que, en medio, jugaban a la pelota mientras no pasaba el tranvía. Quiero decir que la precariedad no solo agudizaba el ingenio, sino que obligaba a esfuerzos mayores por parte de todos. Pero cabe suponer que la capa blanca de la Virgen también ayudaba a sortear los obstáculos, a hacer que todo fuera como la seda, como así se demostró al final.

 

Pero es La Isla el centro de nuestra atención, el bullebulle de La Isla en esos días previos a la Coronación de su Virgen. ¿Qué hace, qué piensa La Isla?  La Isla madruga y trabaja como siempre, pero cuando cansada se acuesta le nace un sueño nuevo. La Isla trabaja y sueña. En las casas, por las tardes, se cose con prisas e ilusión. Hay que hacerse vestidos nuevos, ‘vestirse a lo muy decente’,  y como no existe el pret a porter, sino el retal, la aguja y las manos diestras, hay que hacer primores para lucirlos con orgullo, sin olvidar la rebequita de punto, que en octubre, ya se sabe, a lo mejor ese día refresca. Ella y su Niño van a estrenar coronas y no va a haber ni mujer, ni niña, ni niño de La Isla que no estrene algo. Y los hombres también, que si no se puede a la medida, tampoco quedará tan mal darle la vuelta al traje que se tiene, y si no, ¡qué más da!, en mangas de camisa, que estando limpia como las conciencias y las sonrisas que van aflorando…  

La Isla no solo hierve más alegre en los sueños y en los pucheros de los fogones, también en los saludos, en las idas y venidas; familias que llegan de fuera para ver la Coronación, para estar en la Coronación, para vivir la Coronación. En La Isla se improvisan camas para los recién llegados porque la economía no está para hoteles, caso de que los hubiere, que tampoco los hay, pero para eso están las familias. ¡Cuántos reencuentros propicia la Virgen!

Crece el ritmo de los latidos a medida que se acerca el día señalado. Los marinos —jefes, oficiales, suboficiales y marinería— forman filas para venir hasta aquí y ganar el Jubileo; es un acto voluntario donde pueden contarse a quinientos, seiscientos hombres postrados ante su Madre y Capitana, para decirle “Salve, Estrella de los Mares”, que vienen para recibir el Santo Escapulario.

A la Iglesia Mayor llegan desde las distintas parroquias que han sido centro de Misión, los fieles que han participado en ellas. Acuden para el Vía Crucis que partirá del primer templo isleño para recorrer las calles en medio de un silencio impresionante, solo roto por los rezos, los cánticos y la palabra encendida de los misioneros carmelitas que, al paso, desde los balcones de las casas, ayudan a que la noche sea inolvidable, a que el fervor se materialice en cada rezo, en cada pensamiento, en cada suspiro.

La noche de 6 al 7, también en la Iglesia Mayor, se celebra un hecho insólito y singular, a la una de la madrugada: la Misa de comunión de los hombres. Posiblemente nunca se haya visto, ni antes ni después, una comunión tan masiva. Parece como si La Isla fuera a desaparecer al día siguiente y  quisiera salvarse en bloque. Hasta en esto quiso ser unánime. Hasta ese centro de cada conciencia penetró la Virgen. 

Parece que ya no caben más testimonios de fervor hacia la Patrona, pero aún queda el Triduo previo. Aquí, con la iglesia vestida como se vestía esta iglesia cuando se vestía de gala: cal reciente en las paredes, cortinas de damasco rojo, luz nueva en las bóvedas, arañas relucientes, alfombras, guirnaldas de flores, voces polifónicas, gran orquesta… y los fieles —nunca mejor empleada esta palabra—, trayendo de sus casas las sillas para sentarse porque aquí no se cabe, porque aquí no cabe un alfiler. Y Ella ahí, en su paso, coronada de rosas blancas, estrenando saya y manto, al menos las telas donde se han pasado los antiguos bordados. Y Ella ahí, quizá asombrada del oleaje humano que provoca, quizá emocionada por inspirar tanta devoción, quizá asustada por tener que canalizar tanta súplica, seguro que confiada porque sabe que todos encontrarán consuelo.

Y llega la noche de la víspera. Falta aún el último trémolo: la Procesión de las antorchas. Se inicia en la entrada de La Isla, frente a la ya desaparecida Escuela del Trabajo. Bandas de cornetas y tambores, bandas de música, hombres de mar y de tierra, madres, esposas, hermanas, novias de los isleños que se dirigen hasta aquí como en una postrera serenata de amor antes del sueño, antes del último sobresalto. 

Porque aquella noche llovió. Llovió mansamente, pero lo suficiente como para poner a cada isleño un nudo en la garganta. Así amaneció, con el celaje hosco y la lluvia incesante. ¡Cuánto se pidió a la Virgen para que luciera el sol!. Y lució, ¡vaya si lució! Se quedó la mañana como de María Santísima. A las nueve ya el cielo estaba con ese azul que sólo La Isla tiene cuando dice de tener azules. Ni una nube. La lluvia sirvió para lavar las calles y las casas, para purificar aún más a esta Isla, para poner a prueba la confianza de esta Isla en su Madre y Patrona.

Había que ver cómo estaban los alrededores del Carmen desde el primer sol sin interferencias, sin cortina de nubes. Había que ver el ir y venir de las gentes, nerviosas, ansiosas, presumiendo de trajes, de sueños y de despertares recién estrenados. Había que ver desde cuándo estaban ocupadas las cuatro mil sillas de la Plaza del Rey, ¡qué gentío en los alrededores! Había que ver cómo se habían engalanado con banderas y colgaduras los cierros y los balcones de La Isla. Había que ver cómo estaba esa calle Real por donde desfilaría la Señora.

Quisiera detenerme un instante para dejar un testimonio especial, dejar entrever apenas cómo estaba este convento en esos días previos, cómo estaban los carmelitas de esta casa y cómo estaban los venidos de fuera; este pregonero, que andaba por aquí enredando, cree que puede contarlo. 

Nunca había visto a tantos frailes juntos, ni siquiera cuando en este convento estaban los novicios, los “colegiales”, como cariñosamente se les llamaba. Llegaron de toda España. No sé si en Andalucía quedó alguno en su convento. Creo que aquí se congregaron todos. ¡Y la alegría que transmitían! Viéndolos me convencí de lo que todavía no había aflorado del todo pero que corría por las venas de La Isla: Coronar a la Virgen no era sólo un acto de devoción hacia una imagen, por muy Madre que fuera; coronar a la Virgen era tanto como sentirnos coronados uno a uno. Esto, naturalmente, no supe traducirlo entonces,  por mucho que viera que algo realmente extraordinario y profundo estaba ocurriendo más allá del acontecimiento. Esto es lo que irradiaban aquellos carmelitas; aquella era la causa de la alegría que transmitían.

Creo que fueron los de Córdoba los que trajeron consigo un aparato increíble, portentoso: ¡nada menos que un magnetofón!, seguramente cosa de magia, al menos eso le pareció a este pregonero al ver aquel artilugio por primera vez en su vida. ¡Oh tiempos de inocencia!; pero también oh tiempos de ilusiones, de fe primeriza y sin fisuras, de entusiasmo contagiado por aquellos frailes venidos como palomas, a los que les dedico este emocionado recuerdo de cariño y de gratitud.

Como quisiera resaltar ahora una circunstancia especial: hoy, venturosamente, nos acompaña una persona que tuvo un papel importantísimo, un protagonismo indiscutible y un honor intransferible en aquel acontecimiento; él, mejor que este pregonero, podría relatarles aquellas jornadas históricas: el entonces jovencísimo, pero ya carismático fraile dentro y fuera de la Orden: Rvdo. P. Ismael Bengoechea, integrante nada menos que de aquel equipo fabuloso de misioneros revolucionarios y, sobre todo, Pregonero de la Coronación. Él está hoy aquí como estará para siempre en las dos historias paralelas que se escriben sobre lo memorable: la que queda impresa con letras de molde para la estadística y la que se escribe con letras de eterno reconocimiento en el corazón. Al P. Ismael nuestro respeto y gratitud.

 

Cuando me refería a que ni El Ferrol ni Cartagena, siendo también Departamentos Marítimos, pudieron coronar a sus Vírgenes del Carmen, dije de pasada que “porque allí no estaban los carmelitas”. Nada más cierto. En los muros de este convento figura una lápida  que conmemora y recuerda un hecho importante, cuando el Ayuntamiento en Pleno, haciéndose eco del unánime deseo del pueblo, en 1997 le concedió a esta comunidad la Medalla de Oro de la Ciudad. “Por su labor cristiana, pedagógica y social durante sus trescientos años de estar entre nosotros”, se proclamó de forma general, y así reza. Sin embargo, a la obra ingente de estos frailes a lo largo de tantos años de auxilio espiritual y de convivencia, La Isla no debiera olvidar nunca que gracias a ellos, no sólo coronamos a nuestra Virgen del Carmen, sino que gracias a ellos, cuando más lo necesitábamos, por ellos nos entró un caudal de Iglesia nueva, de Iglesia fresca, de Iglesia antídoto contra la tristeza, renovadora de la resignación cansina, portadora de la esperanza viva del hombre nuevo. Hoy, que de tanta libertad gozamos, es difícil valorar lo que aquello significó; tanto como concederle a cada uno su credencial de persona; tanto como que cada uno empezara a sentir que la libertad casi nunca es exclusiva consecuencia de una conquista social, sino algo insobornable, poderoso, que nace en nuestro espíritu cuando nos convencemos de que somos algo importante, muy importante, nada menos que semilla de Dios e hijos de esta Madre. Cuando San Juan de la Cruz escribe: “Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo”, está elevando a lo más alto la dignidad del ser humano, a esa cota donde la libertad es posible, a esa verdad que nos transmitieron los carmelitas con su confianza. 

¿Medalla de Oro, dice usted? Sí, naturalmente, la que todos llevamos como un relicario de gratitud hacia estos carmelitas, a esta Orden que nos vio nacer y crecer a la sombra de estos muros, a la sombra de esta Madre.

 

Si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, no hay más que recurrir a las fotografías de Quijano para saber cómo fue la Coronación; en ningún sitio encontraremos mejor testimonio, salvo en aquel brevísimo reportaje que filmó Nodo, o en ese libro esencial del P. Ismael, por desgracia agotado, donde, aparte de un texto minucioso, se recoge todo lo que aconteció: Obispo de Cádiz, Alcalde de la Ciudad, Ministro de Marina —los tres coronantes—, obispos de otras Diócesis, Prefecto Apostólico, almirantes, jefes, oficiales, marinería, Provincial de la Orden, Carmelitas Descalzos y Calzados, Gobierno Civil, Diputación Provincial, Ayuntamiento bajo mazas, concejales, clero secular, Hermandad del Carmen, Comandantes de buques, Comisiones de Jefes y Oficiales de la Armada, Cofradía de Pescadores, Hermanos Mayores y cofradías de la ciudad, Orden Tercera, Escolanía de Jerez, niñas y niños de los colegios de La Isla encabezados por el Liceo, que hacía su primera salida con la Virgen estrenando unas bandas rojas, con borla, los pequeños, y el escapulario los mayores, del que presumían insoportablemente… Y Ella, rodeada de marineros y de fieles para formar el cortejo más impresionante que se ha visto nunca, carrera cubierta por la Infantería de Marina, por la marinería de las dotaciones de los buques, rebosante las aceras de un gentío que no cesa de aclamarla.

Desde que la Virgen asoma al cancel de la iglesia, todo transcurre como si La Isla se elevara sobre una nubecilla,  como si sobre La Isla descendiera una burbuja para poder vivirlo todo con la nitidez de los sueños más realistas, con la magia de los sueños más fantásticos. Hasta la solemnidad parece que se estrena ese día, no porque el espectáculo que se contempla sea solemne, es decir, extraordinario, que lo es, sino porque la solemnidad nace en los centros de cada uno, en el corazón de cada uno, que es donde se guardan las emociones, la satisfacción de comprobar que cada uno, individual y colectivamente, ha participado, ha contribuido a ese esplendor, a esa alegría tan intransferible, tan indescriptible, tan irrepetible como es el devolverle a nuestra Madre apenas una pizca de lo mucho que Ella nos da.

Por eso la explosión de vivas y de aplausos cuando la Virgen es por fin coronada no ha tenido ni tendrá parangón. Este pregonero, situado estratégicamente en el altar del atrio del Ayuntamiento, detrás mismo de la mesa donde han descansado las coronas, puede observar con detalle tanto la ceremonia litúrgica, como el fervor del gentío que llena la Plaza del Rey. Este pregonero, al recordarlo ahora, está convencido de que la burbuja existió; que una campana de vacío, sin aire y sin tiempo, se adueñó de La Isla para que pudiéramos asistir a un milagro, al milagro de la sonrisa nueva, de la esperanza cierta, de que vivir nunca es una rutina cuando se echa el corazón a pelear por la vida y no las ambiciones.

En una ocasión dije que las imágenes no las tallan las gubias de los escultores, sino las devociones de muchas generaciones; también me atreví a decir que las imágenes que heredamos de la fe de nuestros padres, de nuestros antepasados, nunca son hieráticamente idénticas; las imágenes que de verdad nos cautivan cambian de semblante en cuanto cambiamos nuestra forma de mirarlas, y será triste con nuestras penas y alegre con nuestras alegrías. Cuando dije esto pensaba, naturalmente en nuestra Virgen del Carmen, porque unas veces la vemos amiga; otras, confidente; otras, consejera; siempre, Madre.

Así volvió Ella aquel 12 de Octubre después de los clamores. Tenía un semblante distinto, más sereno, infinitamente más radiante; créanme lo que les digo: como la Madre que se siente orgullosa de sus hijos. 

Esa misma tarde, mientras D. Juan Quijano hacía la que se conoce como la foto de estudio o la foto oficial de la Coronación, la Comunidad, la Junta de Gobierno y los pocos que aquí estábamos, pudimos comprobarlo: a la Virgen le había nacido una sonrisa nueva y a nosotros una seguridad distinta que iba más allá de nuestra confianza en Ella, aquella seguridad nacía en que Ella confiaba en nosotros, en este pueblo que tuvo alma desde el momento que el mar, la mar, nos la trajo.

 

Han pasado cincuenta años desde que le regalamos su Corona. Durante este tiempo, que para muchos es una eternidad, la Virgen del Carmen ha sido el rompeolas de todos nuestros problemas, la estrella que nos ha prestado su luz para que no perdiéramos el rumbo, la Madre que nos ha consolado incluso cuando no nos hemos acordado de Ella. Ahora, cincuenta años después, se presenta otra excepcional ocasión para testimoniarle nuestra gratitud haciéndole un regalo que hable de nuestra generosidad como habló la de nuestros paisanos, hace cincuenta años. Si entonces fue la Corona, ahora le debemos un trono. Si entonces nuestros paisanos, siendo pobres, se acercaron para darle cuanto tenían, ahora se nos presenta la oportunidad de demostrar que seguimos amándola con la misma intensidad, que seguimos siendo igualmente generosos. No sé cómo se conseguirá pero se conseguirá, conseguiremos perpetuar esta fecha con el regalo de un nuevo paso para nuestra Madre. Ya ha empezado el goteo de donativos, pero hace falta el contagio de esta idea para que en esta ofrenda podamos participar todos. Hoy hay tantas asociaciones, tantos grupos en La Isla que cada uno podrá convertirse en un banderín de enganche y contribuir a esta bellísima causa.  A pesar de que el tiempo parece que ha atomizado las devociones, ahora se nos presenta la oportunidad de volver a nuestra raíz primera, a la devoción primera, al seno materno del que nacimos. El Carmen, la Virgen llama a rebato y ahí, estoy seguro, estaremos todos como hace cincuenta años, como hace trescientos, como estarán, dentro de otros cincuenta los que conmemoren el primer centenario. Ella seguirá ahí a pesar de que la mayoría de los que aquí estamos nos la llevemos cuando sólo seamos alma y cenizas, pero los isleños seguirán pidiéndole que vuelva hacia ellos “esos sus ojos misericordiosos”, que les siga “mostrando a Jesús, fruto bendito de su vientre”; los isleños seguirán sintiendo cómo se renueva la esperanza cada vez que le digan  “Reina y Madre de misericordia”, cada vez que le canten “Salve, Estrella de los mares”, cada vez que encuentren en Ella el mismo consuelo que todos encontramos desde que el mar, la mar nos la trajo. 

Seguro que entonces, cuando pasen esos cincuenta años, un niño o una niña de los que hoy estrenan su fe, estará pregonando desde este mismo lugar para decirle “guapa, bonita, te quiero”, para dejar un testimonio de amor, para preguntarse con mi mismo asombro si han pasado todos esos años. 

Porque, ¿de verdad ha pasado todo ese tiempo? ¿De verdad han transcurrido estos cincuenta años desde que la coronamos? A veces creo que no. Aquí debe pasar algo raro, algún misterio que ustedes  habrán experimentado cuando postrados ante sus plantas  nos mira con su semblante sereno, cuando nos adivina lo que nos pasa, cuando nos hace mejores con sólo mirarla. ¿Verdad que algo se nos enciende dentro? Yo creo que es la fe primeriza, la inocencia perdida que vuelve como un río oculto, un río eterno por donde navegan nuestras oraciones y la de nuestros mayores, las que sirvieron para tallarla a nuestra medida, para hacerla como es; cuando no tenemos más que soñarla para recuperar la memoria de nuestra vida, nuestros recuerdos de su Coronación, lo que significó para La Isla, lo que significó para todos. Esas vivencias con las que he intentado darle un significado a mis palabras por encima del acontecimiento histórico. Esas vivencias que, ya lo advertí, con el corazón por delante, hoy he intentado recrear aunque siga sin saber en qué consiste un pregón, porque, ahora caigo, quizás hubiera acertado mejor si, postrado a sus Pies, en vez de azuzar los recuerdos y los sentimientos, me hubiera limitado a decir sencillamente como el P. Francisco, como seguirán diciéndole cuando transcurran otros cincuenta años: ¡GUAPA, BONITA, TE QUIERO¡

Tríptico de la Pasión, 1997, organizado por la Academia de San Romualdo.

 

En verdad, en verdad os digo, que uno de vosotros me entregará.

Aquellos trece hombres se han reunido para observar el viejo rito que conmemora la liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto. Aquella cena que celebra un victorioso final va a convertirse en un maravilloso principio, pero solo uno de los trece hombres allí congregados lo sabe.

Aquella cena no es un banquete con profusión de platos. Aquella cena debía evocar, precisamente, la frugalidad y la precipitación de los fugitivos: un corderillo o un cabrito al fuego, pan sin levadura, hierbas amargas como las que comieron sus antepasados para engañar el hambre, y la salsa roja servida en taza alargada y plana, que recordaba los ladrillos de adobe que trabajaron en tiempos de los faraones. Salsa ácida hecha de manzanas, higos, limones cocidos en vinagre, condimentado todo con canela y especias hasta conseguir el color rojizo de la arcilla y el mortero. Cena ritual donde se recitan los himnos y hasta cuatro veces se pasa la única copa de donde todos han de beber.

Aquella cena no es, aquella noche, una cena alegre entre amigos que han recorrido juntos muchos caminos, que han presenciado tantos milagros, que han oído palabras de amor y de vida, palabras distintas que tanto les han confundido. 

Aquella cena está poblada de negros presagios y en el corazón de doce de ellos, por unos u otros motivos, anida el miedo.

Desde la llegada a Jerusalén, desde la confianza por el triunfal recibimiento, todos ha comprobado que la efusión se ha trocado en hostilidad manifiesta, especialmente de la clase dirigente. Los que viven del Templo, después de que el Maestro los arrojara de él, después de que arrasara sus tenderetes, que acallara el vocerío de sus pregones, el mugir de sus bueyes, el balar de sus corderos, el tintineo de sus monedas, los doce están algo acobardados, tienen la sensación de estar señalados, acosados por una ira contenida, por ese odio con el que responden los miserables ante las verdades incontestables.

En cierto modo ellos fueron los primeros sorprendidos por la inusitada violencia del Maestro, tan manso siempre, y aún lo ven desbaratando el mercado del Templo, perjudicando a los propios sacerdotes, es decir, al propio Anás y, consecuentemente, al gran Caifás, su yerno.

Cada uno, a su manera, está persuadido de que no ha sido prudente semejante provocación, todos desde tiempo inmemorial saben que los sacerdotes y los comerciantes están en connivencia; que las treinta mil personas que diariamente acuden al Templo, si no todas, la mayoría sabe que los animales que se compran para ser sacrificados, vuelven a las mismas jaulas y a los mismos rediles para ser revendidos de nuevo, para volver a empezar, porque los sacerdotes se avienen a quemar solo grasas y a cobrar mil y una veces sus complicidades. Romper esa práctica ha sido un acto peligroso, porque Jesús ha atentado contra los mismos cimientos donde se sustenta la economía de toda la ciudad; y sus doce discípulos están persuadidos de que ése puede ser el desencadenante de la muerte del Maestro, por Él mismo anunciada por tres veces, la última cuando subían a Jerusalén, días atrás, con aquellas palabras que los dejó sumidos en la tristeza: “El Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para que le encarnezcan, le azoten y le crucifiquen, pero al tercer día resucitará”.

Esa tristeza ha sido el poso común en el corazón de cada uno, y una inquietud creciente porque, de una u otra manera, ellos han podido comprobar que los escribas y los fariseos les están tendiendo trampas, y que el Maestro, en vez de evitarlas, los enfurece más llamándoles hipócritas y sepulcros blanqueados, y raza de víboras, y cómplices de los que mataron a los profetas.

Todos esos temores gravitan sobre los doce que acompañan al Maestro en la cena de la Pascua. Cuando ha partido el  pan y ha dicho, “Tomad y comed, éste es mi Cuerpo”, cada uno ha puesto su mano con la palma hacia arriba para recibir un trozo de pan ácimo, pero no han terminado de entender el significado ni la trascendencia de aquellas palabras. Y cuando Jesús ha levantado el cáliz para decir, “Bebed todos de Él, que esta es mi sangre”, la confusión es aún mayor; y se precipita la certeza de la despedida cuando sigue diciendo: “Yo os digo que no beberé más de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros de nuevo en el reino de mi Padre”.

Pero el ritual de la cena está llegando a su final. Cuando Jesús ha dejado sobre el mantel la certeza de que uno de los doce lo entregará, once han saltado con la pregunta angustiada de si serán ellos; el otro, el que ya lo ha vendido, también pregunta para no descubrirse. El “Tú lo has dicho”, contra la reacción que pudiera haberse producido, no se produce, parece que ninguno, salvo el protagonista, oye la respuesta; parece que solo el protagonista lo lee en los labios mudos del Maestro; parece que todos se resignan para que se cumpla la profecía. Sin embargo, según la costumbre antigua, beben por cuarta y última vez de la copa y entonan el himno Gran Hallel que suena a presagio lúgubre, a adiós definitivo y a postrera esperanza:

El Eterno está conmigo, y no tengo miedo: ¿qué pueden hacerme los hombres?… Me han rodeado como abejas; pero se han extinguido como fuego de espinas… No moriré, mas viviré.”

Y salen. Once siguen al Maestro hasta el Monte de los Olivos. Uno se pierde para siempre en la oscuridad de la noche, que para él será eterna.

 

 

 

 

 

Sres…:  

 

 

 

 

Después de las magistrales exposiciones llevadas a cabo, ayer y anteayer, por los señores académicos Jiménez Villarejo y Rodríguez Royo, respectivamente, difícil me han puesto este último acto del Tríptico de la Pasión.

Difícil también me lo ha dejado Enrique Montiel porque, con sus palabras y esa forma espléndida y persuasiva que tiene cuando las dice, no es extraño que despierte una expectación que, no solo obliga y condiciona, sino que, alertando la atención de ustedes, pone en las manos de cada uno una lupa, como si ustedes no tuvieran lupas suficientes. No obstante, Enrique, gracias por tus palabras porque sé en quien pensabas cuando las has pronunciado.

Doble agradecimiento también a la Academia por acordarse de mi persona para este trance y, porque aun sabiendo que no soy pregonero al uso, ha asumido el riesgo en una ciudad de tan amplia nómina en tales menesteres, donde no solo figuran en ella los maestros indiscutidos, sino los aficionados llenos de buena voluntad y encendido verbo para bordar al realce el más puro sentimiento barroco, en consonancia con una visión muy concreta de la Pasión de Cristo, de la Semana Santa.

Juan Pablo II, en una de sus luminosas respuestas a Vittorio Messori, se refiere a la Pasión de Cristo con estas palabras: “El evento del Gólgota es un hecho histórico; sin embargo no está limitado ni en el tiempo ni en el espacio, alcanza el pasado hasta el principio y se abre al futuro hasta el término mismo de la historia”.

Que esta respuesta aclarara una pregunta que, como cristiano inconformista e imperfecto, me vengo haciendo desde hace muchos años, no es —a mi juicio— sino que el inconformismo es una forma de búsqueda de la verdad, y que la imperfección, aparte de cualidad común, también puede ser tenida como señal inequívoca de vida, de conocimiento de las propias limitaciones, o el tácito reconocimiento de que, en materia de fe, ésta no puede ser nunca una medida, o una ración que se nos concede y con la que debemos sentirnos satisfechos, sino una semilla que estamos obligados a cuidar, a abonar, a hacerla crecer cada día; de ahí que, al menos para mí, nada, salvo el arte, se deba enmarcar para conservarse en museos, que todo, como el arte, deba estar en constante evolución aunque siempre dentro de las reglas universales.

Según este esquema, y atendiendo fundamentalmente a la respuesta aludida de Su Santidad, la Pasión del Señor cobra, por así decirlo, una dimensión, una actualización, que con toda seguridad siempre tuvo, pero que mi propia torpeza, mi ignorancia, y el contagio inevitable de —¿puedo decir “tradiciones”, así entrecomillado?—, bueno, pues el contagio de las tradiciones, me la dejaban reducida a un mosaico, o un puzzle, que se armaba cada año por unas fechas para, una vez pasadas, guardarlo en un cajón.

Entre la tolerancia de los sacerdotes del Templo de Jerusalén y la mecánica religiosidad, calendario y cronómetro en mano, que hoy se advierte, no encuentro demasiadas diferencias, quizá porque, en el fondo, sigamos siendo los mismos aunque hayamos variado las formas.

 

 

…………………..

 

 

Conmemorar, dice el diccionario, es hacer solemnemente memoria o servir para hacer memoria de una persona o un acontecimiento. Consecuentemente, conmemoración podría equivaler a “oportunidad para”, esto es: ocasión que se nos brinda para estimular la memoria, para actualizar un hecho histórico, para revivir un recuerdo.

La Iglesia, tan sabia siempre, nos distribuye sus celebraciones a lo largo del año para que las conmemoremos; o lo que es lo mismo, para avivar nuestra memoria; para espolear nuestro compromiso de cristianos; pero también y, fundamentalmente, para ofrecernos la oportunidad de revivir, de volver a vivir todos sus hitos más trascendentes. Así, la Navidad es la oportunidad de reencontrar el Amor, al igual que la Cuaresma es la de la penitencia, el tiempo interior para la búsqueda de la humildad necesaria para comprender el sacrificio del que con su Pasión y Muerte, nos resucita y nos salva, y que ese milagro, como el del Amor, o está en nuestro corazón o no está en ninguna parte. La Iglesia, pues, con sus celebraciones, nos tiende puentes que nos conducen al Padre, que nos devuelven al Padre, si alguna vez nos alejamos de Él, y nos da infinitas oportunidades para el reenganche, para la rectificación, para empezar de nuevo si preciso fuera, y si no: ahí están los sacramentos, ahí están las conmemoraciones.

El peligro está en que la noria, el cangilón de los días, propicia que todo lo convirtamos en magia ritual, que todo sea ceremonia, que la oportunidad la convirtamos en rutina; que reduzcamos a historia pasada lo que debe ser historia renovada cada día; que el Niño que nació en Belén deje de ser Niño cuando pasa la Navidad, y el Hombre que murió en la Cruz hace dos mil años no esté muriendo todos los días; que la Redención sea un acontecimiento lejano que ocurrió una vez, y para siempre, y no un hecho diario; y lo prodigioso, con serlo, no es que ocurriera, sino que sigue ocurriendo cada vez que perdonamos, que amamos, que cumplimos con el mandamiento nuevo, sin el cual todos los demás son imposibles.

Todos nosotros, alguna vez, hemos mostrado admiración por los hombres que supieron aprovechar sus oportunidades, esas que a todos se nos presentan a lo largo de la vida. Por contra, hemos censurado a aquellos que, teniéndolas inmejorables, las dejaron pasar inútilmente. La consciencia de esta realidad es, creo, el motor que a unos mueve a la responsabilidad constante, por la misma razón que a otros su ignorancia les conduce a una relajación que desemboca en la tibieza o en el adocenamiento. 

Cuando llega la Cuaresma, y se acerca la Semana Santa, pienso cuánto hay de lo primero y cuánto de lo segundo; esto es, cuántos aprovechan la oportunidad para resucitar, y cuántos se duermen entre tambores y trompetas, satisfechos con su ración de fe y, limitándose a la representación histórica con la Cruz como final; cuántos, en fin, se resignan al dolor inevitable de la Pasión y cuántos se abrazan a la Cruz como principio.

La Cruz como principio, como punto de encuentro, como referencia cierta, como oportunidad aprovechada, como consumación del dolor de Cristo, de su tormento, de esa Pasión que muchos la prefieren convertida en espectáculo so pretextos de tradiciones, y donde el dolor físico parece ser el único protagonista.

Cuando llega la Semana Santa, tan barroca, tan estética, como una expresión de la piedad que el sufrimiento de Cristo nos inspira, albergo el temor de no estar aprovechando en su totalidad la oportunidad de reflexión, de rectificación que la Iglesia nos brinda. La representación de la Pasión, vivida como hecho histórico inamovible, puede sonar entonces a espectáculo que, evidentemente, nos conmueve, pero que como tiene en la Resurrección un final feliz, queda en nuestro ánimo de espectadores, como si de una película se tratara, una película vieja de la que sabemos cada secuencia y en la que no podemos intervenir porque “ya está hecha”, “porque así fue”, porque “es historia”, porque “es pasado”. La Pasión de Jesús, contemplada de esta forma, puede que no tenga ningún sentido.

En la Pasión del Señor, admitida así, solo hay dolor y muerte, y nuestra responsabilidad es la que compartimos con el resto de la humanidad, pero, como advierte Su Santidad: sin claro sentido de la culpabilidad.

Cristo así resucita, porque históricamente lo hizo, pero difícilmente resucitará en el corazón de cada uno, porque para que pueda producirse, la culpabilidad de cada uno no es como una herencia que se recibe gratuita o resignadamente, la culpabilidad de cada uno debe conducir al convencimiento del pecado, del pecado personal, individualizado, que es la única forma de crear las condiciones para la salvación. Cristo no resucita indiscriminadamente, sino en el corazón de todos los que le crean las condiciones favorables.

Llegado a este punto, permítanme el atrevimiento de una reflexión. Quisiera que fuéramos capaces de separar, en la Pasión de Cristo, dos sufrimientos diferentes. Uno, el físico, que, como sabemos y admitimos, gravita y gravitará sobre toda la Humanidad hasta el final de los tiempos y del que solo cabe arrepentirnos, pero que ya no podemos evitar; en él están reflejados los golpes, las heridas, la sangre, las espinas, la tortura que se gesta en el cerebro donde está la cuna de la crueldad; en el otro sufrimiento, en el moral, están la traición del discípulo, la venta inicua, las repetidas negaciones, la soledad, el beso espurio, el abandono. Mi pregunta es si se habría producido el sufrimiento físico si no hubiera existido, en primer lugar, el sufrimiento moral; es decir, si éste sufrimiento no es el que desencadena aquél. El primer gran dolor de Cristo no lo produce un golpe. El primer gran dolor de Cristo lo produce un beso. La primera sangre que Él vierte es la que se mezcla con el sudor en el Huerto de los Olivos; hematohidrosis, o hematidrosis, sabemos que se llama este fenómeno, como sabemos que no lo produce ningún dolor físico, sino la angustia en sus grados más externos. Esa primera sangre se la produce el dolor moral, el que se gesta y se incuba en el corazón, el que se renueva con cada negación, con cada olvido, con cada desprecio, con cada beso falso, con cada desamor. Aquí ya no hay coartada como puede haberla, por extensión, sobre muestra culpabilidad en el sufrimiento físico de Cristo; aquí no hay linchamiento físico ni hecho material de un pasado que no ha vuelto a repetirse; ahí está, dentro de cada uno de nosotros, viva, perennemente viva, la causa primera de la Pasión de Jesús, la razón por la cual esa Pasión no es exclusivamente un hecho histórico, sino la palpable demostración de que si con el desamor lo crucificamos materialmente, con desamor lo seguimos crucificando a diario, cada vez que no sepamos verlo en el corazón del hermano al que traicionamos, al que gratuitamente vendemos. “Lo que hicisteis con uno de mis hermanos lo hicisteis conmigo”, dice el Señor.

 

 

……………

 

 

El Evangelio dice que Jesús fue vendido por treinta dineros o treinta piezas de plata, treinta siclos, según otras traducciones.

En ninguna, sin embargo, se precisa con exactitud de qué tipo de moneda se trata. Lo que sí es cierto es que si de los varios siclos que se acuñaron, tomamos el de más valor, esto es, el asmoneo, no pesaba sino 14 gramos; es decir, que las treinta monedas, al valor actual de la plata, rozaría las doce mil pesetas, una cantidad insignificante no para compararla con el valor de un hombre, del Hombre, sino ridícula incluso si la ajustamos al valor adquisitivo que pudo tener, y lo traducimos a este nuestro actual: en el mejor de los casos, entre doscientas y doscientas cincuenta mil pesetas que nada suponen. Podrá argumentarse que por cantidades menores hoy también se mata, pero no nos cabe pensar que el autor de tan depravada acción pudiera convivir con Jesús, pudiera ser acogido entre los doce y aun hacerlo, como precisamente lo hicieron, depositario de la bolsa común.

Todos los estudiosos de este tema coinciden en reconocer el misterio que encierra este episodio, tanto es así que es unánime la creencia de que sea el único misterio humano que encierra el Evangelio: la actitud de Judas. Y es cierto. Que Herodes se comportara de forma demoníaca, tiene un porqué. Lo mismo ocurre con la cólera vengativa de Anás, el rencor de los fariseos o la cobarde condescendencia de Pilatos. Todos, de alguna manera, no es que tengan justificación, pero sus comportamientos corresponden a procesos lógicos, a comportamientos que encajan dentro de unos perfiles que podemos entender. Pero el comportamiento de Judas, no. Después del suceso de Betania, en casa de Simón “el Leproso”, cuando María Magdalena vierte sobre la cabeza de Jesús el caro perfume, es Judas el único que lo censura diciendo que más válido hubiera sido venderlo y darle el importe a los pobres. Es el propio Juan el que dice que no pronunció aquellas palabras pensando en los pobres, sino porque era ladrón y se dejaba llevar por la avaricia. Nadie puede creer que en la boca de Juan hablaba el despecho, sino alguna certeza para acusarlo tan abiertamente.

Pero el misterio subsiste y muchas son las versiones que se han dado a este suceso a lo largo de los tiempos. Desde la que aventura que Judas asume, como mártir, el papel de traidor que figura en las profecías; a la que la asigna un papel de iluminado que estaba tan persuadido de que Jesús era verdaderamente el Cristo que, entregándolo al tribunal, no hizo sino precipitar su legítimo Mesianismo.

Sin embargo, cabe otra hipótesis habida cuenta la cantidad de signos que encierran los evangelios, la cantidad de símbolos o claves en las que seguimos encontrando, dos siglos después, nuestra propia cotidianidad. Cabría preguntarse por qué la Pasión del Señor, en su totalidad, sigue siendo un hecho vivo, y no iba a serlo una de sus partes, precisamente uno de sus factores desencadenantes, en este caso si Judas, aparte de paradigma de la traición, no esconde otro misterio. Cabría preguntarse, incluso si la naturaleza de ladrón que le imputa Juan —”Como tenía la bolsa, sacaba lo que podía de ella”— no es sino un contrasentido, puesto que si estaba dominado por la avaricia y era ladrón, mal negocio había hecho uniéndose a grupo tan miserable. A no ser que, como tantos, creyera que Jesús fuera el libertador que los redimiría del sometimiento y la pobreza y que, junto a sus compañeros, formaría parte del desquite y de la restauración de Israel. El misterio subsiste incluso suponiendo que Judas, desde el fondo de su alma, odiara a Jesús ya que no hay traición sin odio, pero, si así hubiera sido, ¿tiene sentido su arrepentimiento casi inmediato que lo hace volver al templo para arrojar la bolsa de las monedas? ¿Sería, pues, descabellado que la miserable cantidad que cobra no fuera sino un símbolo de otra cantidad interminable? ¿Que los treinta dineros fueran una unidad de partida, el principio de una cuenta corriente en la que todos, de una u otra forma, nos encargamos de aumentar?

Mi pregunta es por qué si nuestro desamor mantiene perennemente viva la Pasión, si sólo con amor la resurrección es posible, por qué no va a estar permanentemente abierta la bolsa de las monedas amargas donde se recogen nuestros rencores, nuestras traiciones, nuestros pecados más inconfesables, por qué la bolsa de los treinta dineros no va a ser la cuenta corriente de nuestros peores deseos; por qué, en fin le damos tanta importancia a la exigua cantidad en la que se tasa el precio del Hombre, si puede que sólo fuera un principio, si quizá estaba previsto que todos nosotros, generación tras generación, íbamos a contribuir a hacerla millonaria.

 

 

………..

 

 

Dentro de unas días las calles de La Isla volverán a ser escenarios de la Pasión de Cristo, del Dolor de Su Madre. Dentro de unos días volveremos a encontrarnos con las viejas imágenes veneradas, con las advocaciones que tan bien conocemos, con la sangre y las lágrimas que nos conmueven. Dentro de unos días volveremos a emocionarnos contemplando diferentes momentos de la lenta agonía de Jesús, de la saña con la que fue golpeado, y casi sin darnos cuenta, como contagiados por una coartada de siglos, volveremos a pensar lo crueles que fueron los judíos que lo golpearon, que lo crucificaron en un madero hasta morir. Dentro de muy pocos días volveremos a revivir la Pasión histórica de Jesús, la majestuosa representación artística de su Pasión. Con toda la honesta sinceridad de la que somos capaces, si la contemplamos con un hijo, con un nieto en los brazos con edad de comprender algo de drama, le diremos lo malos que fueron los judíos, o los romanos, según sea el concepto simplista que nos inculcaran a cada uno. Casi sin querer estaremos sembrando, una vez más, la coartada histórica: la culpa fue de otros, judíos o romanos, hace muchísimos años, y volveremos a argumentar que fue tan grande aquel pecado que, desde entonces y hasta el final de los tiempos, toda la humanidad también es responsable. Seremos tan fieles a nuestros propios sentimientos que contaremos la Pasión del Señor como episodio dramático pasado, pero con final feliz. Y esto es, no solo una falsedad, sino un enorme fraude, porque, si se elude la personal y directa culpabilidad que tenemos en la Cruz, no hay Resurrección posible, estaremos rechazando que Cristo no solo muere y resucita por nosotros, sino en nosotros; estaremos negando nuestra directa responsabilidad y que los treinta dineros es una vieja cuenta saldada.

Y acallaremos nuestra conciencia. Y dejaremos pasar en falso otra oportunidad de cerrar la bolsa. Y volveremos a sentirnos satisfechos con nuestra ración de fe.

Mientras suenan trompetas y tambores.

 

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Pregón conmemorativo del 250 Aniversario de la Fundación de la Venerable y Antigua Cofradía de María Santísima de la Soledad, de San Fernando.

        

        

 

Y allí estaba Ella.

Cuentan las viejas crónicas que una radiante mañana del mes de noviembre de l690, partiendo desde Cádiz por mar y desembarcando en el Puente Zuazo, llegó a La Isla una virgen procedente de Indias, regalo de una piadosa señora, para ser entronizada en la iglesia que unos frailes, con sus propias manos, habían erigido para albergarla.

Fray Gerónimo de la Concepción, que es el que da los detalles, cuenta cómo la virgen, al llegar a tierra, es conducida a la iglesia de Santa María del Castillo, y entregada a la Corregidora para que la vistiese, adornase y preparase en unas andas de la propia parroquia para llevarla en solemne procesión —posiblemente la primera de gloria y alabanza que se organiza en la Isla para atravesarla toda—, desde ese viejo Castillo al extremo opuesto, hasta la iglesia provisional que, en un tiempo increíble, casi milagrosamente, ha nacido junto a esa casa misteriosa a la que llaman “de los diablos”.

No hay en los anales fiesta mayor que la de ese día. Se ha puesto en marcha el reloj de la historia de La Isla. Oficialmente ha llegado a ella su primera ciudadana. Ha llegado a su casa la Virgen del Carmen.

Les invito a que reconstruyamos  en nuestra imaginación, a que recorramos aquella Isla casi prehistórica.

La Isla no tiene entonces más allá de ochocientos vecinos y un caserío agrupado en torno al Castillo; todo lo demás es un largo y polvoriento camino que llega hasta Cádiz; todo lo demás, antes de que comiencen los arenales de las playas, los juncos y las marismas, son tapiales de hermosas fincas que forman la calle, fincas enormes de casonas dispersas entre arboledas y jardines que, al decir de los cronistas, recuerdan un Aranjuez silvestre de cielos más azules. Son las haciendas de los ricos que en Cádiz trafican con las Indias, los ricos del comercio del cacao y la caña de azúcar, de las especias y de la plata, y de esas plantas a medio secar cuyas hojas, liadas y apretadas en forma de canuto, dejan arder para aspirar su humo. Cádiz es la puerta de las Indias, y La Isla de León el solar donde descansan sus ricos hombres de negocios.

La otra población la forman menestrales, artesanos de jubones de cuero y pantalones a media pierna. La otra población, esa que censada no llega a los ochocientos habitantes, se agrupan en torno a un Castillo y a un Carenero en la ribera de un caño salado que ciñe a La Isla de norte a sur y que la separa del resto de España.

Pero aquella luminosa mañana de noviembre de 1680, todos lucen sus mejores galas: jubones de paño verde, pardo o carmesí, basquiñas de encajes, floridas faldas de sarga. Desde antes del alba van y vienen inquietos mirando la bocana del caño que da a la Bahía, acompañando a los soldados de gran gala que andan y desandan el camino del Castillo a los baluartes y de los baluartes al caserío, haciendo sonar pífanos y tambores para, jubilosos, dar la alborada al tiempo que una escuadra de escopeteros, de trecho en trecho, lanza cerradas salvas de honores.

Pero cuando la procesión sale del Castillo, cuando esa primavera multicolor que acompaña a la Virgen del Carmen hasta su iglesia ya solo es un rumor lejano, Santa María del Castillo queda de nuevo en silencio.

Nadie se ha atrevido a describir sus muros y es vaga su actividad como parroquia aunque se supone que debió de ser considerable a tenor del inventario que nos ha llegado de sus enseres y lo que, todavía de ella se conserva: esta Virgen del Rosario, aquel San Miguel, este San Antonio, la Virgen Dolorosa de los Servitas… y, aunque de impreciso paradero también, consta la existencia de una Virgen de la Esperanza y un Cristo de la Caridad. La imaginería de las iglesias o, mejor, de las parroquias de entonces, gravitaban sobre una trilogía en la que la divinidad estaba representada por un Cristo, el pueblo terrenal por un San Juan, y la imagen mediadora por una virgen que en el caso de la Iglesia de Santa María del Castillo bien pudo ser esta Soledad nuestra.

Luego Ella pudo estar allí. Nuestra Santísima Madre de la Soledad pudo estar allí viendo cómo acicalaban a esa otra virgen indiana que por mar había llegado. Nuestra Madre de la Soledad pudo contemplarlo todo con sus ojos de pena y una cálida bienvenida en su corazón, igual que Ella ya pudo estar en el corazón de todos los que, sin saberlo, estaban ayudando al nacimiento de un pueblo; igual que Ella recogió, en su advocación, el miedo, los temores primerizos de aquellos primeros pobladores de La Isla: la eterna angustia del hombre a su propia soledad.

Indaguen, pregunten, comprueben, y verán cómo la Virgen de la Soledad está en la raíz de muchos pueblos, en el principio de muchas devociones, en el origen de muchos movimientos cofrades.

Indaguen, y comprobarán cómo Soledad es la fuente de donde han manado centenares de vírgenes necesarias; cómo Soledad es el punto cero, el arranque de un amor insustituible, la más sencilla expresión de ternura hacia la Madre que, vacía del cuerpo de su Hijo, no quiso, no pudo llamarse sino Soledad.

 

 

 

 

Señores…:

 

 

Con el profundo respeto que merece la historia; con la serena alegría del que puede pregonar su amor de hijo; con el recuerdo puesto en los que, desde hace doscientos cincuenta años, han ido dejando un reguero de fe; con la sincera gratitud para los que quisieron que les prestara mi voz, que nunca será extraña si es la voz del corazón de todos; con la emoción propia de este momento solemne y consciente de que, una vez más, Dios me sale al encuentro para pedirme un adelanto a cuenta de los talentos que me dio; con esa mezcla indefinida de sentimientos, la certeza de la ayuda de Ella, y la fuerza alentadora de los corazones de todos los que en la soledad de Ella encuentran refugio y consuelo, sean mis palabras más oración que canto, más reflexión que discurso, ocasión propicia para mirarnos hacia adentro y descubrir el centro de nuestros gritos, la necesidad de Madre, el miedo a nuestra pavorosa soledad.

Quisiera agradecer, naturalmente, a Antonio Moreno sus palabras de  presentación. Si ahí, sentado en ese sillón, preside como Alcalde, aquí, apoyado en este mismo atril, ha hablado como amigo, y al amigo se le perdona hasta las exageraciones, incluso cuando como él ha hecho ahora, haya recurrido a su corazón de amigo para dejarlo hablar, lo cual no es extraño porque casi siempre habla su corazón antes que su cerebro, y no vale que se le advierta porque él está convencido que solo el corazón es el único que no traiciona, que dice siempre su verdad. Aunque esa verdad conlleve un riesgo añadido que él siempre asume con generosidad. Gracias, Antonio; como amigo estoy a la recíproca.

 

Doscientos cincuenta años.

 

Han transcurrido, al menos, doscientos cincuenta años.

Las cofradías, que tan celosas son de todo cuanto les concierne, tienen, en no pocos casos, unos imprecisos orígenes que si bien a unas les sirve para fabricarse sus historias a medida de sus deseos, a otras les sirve para dejar abierta la puerta al mito y al misterio, para dejar en el aire una vaga estela sobrenatural, como si no fuera suficiente su cuerpo articulado en las devociones de sus hermanos, de los fieles en general, y necesitara de un alma, esa huella divina que se acuña en leyenda y con la que se fabrican tradiciones de fáciles arraigos.

Por esta razón, a falta del marchamo grabado a fuego, se ha conjeturado que la Santísima Virgen de la Soledad, esta Virgen de la Soledad, pudo haber asistido a la génesis de La Isla, que contemplara el júbilo de la llegada y la gloria de otra virgen llamada para reinar en el corazón de todos los isleños.

Lo que no es una suposición, sino una certeza, es que doscientos cincuenta años sí son años más que suficientes como para intentar mirarnos a través del tiempo, para intentar adentrarnos en el misterio de que, siendo como somos, algo tan sutil como una concreta devoción nos haya durado tanto, nos dure tanto.

No está en mi ánimo hacer de historiador de urgencia, pero muchas veces la necesidad de comprensión de un fenómeno insólito nos obliga a analizar las circunstancias que lo rodearon, y si el tiempo ha sido, en no pocas ocasiones, el ariete que ha derribado lo intrascendente, también el tiempo ha sido el encargado de afianzar lo auténtico, sobre todo en la Isla que tantas veces se confunde el ser con el estar, hasta el punto de que ser o no ser depende del estar, del tiempo que se está.

Un dato a tener en cuenta es cuando, fuera de aquí, decimos que somos isleños, de La Isla. Nuestro interlocutor, o tiene un cierto nivel, o sabe que no estamos definiendo nuestro territorio geográficamente, tan leve es el puente Zuazo y tan material es nuestra unión con Cádiz. Cuando nos decimos isleños estamos, quizá, marcando una actitud, un carácter, algo que no se puede afirmar cuando decimos, simplemente, que somos de San Fernando, porque en la meseta al menos, San Fernando sólo hay uno: el de Henares, y nuestro interlocutor o se queda con semblante perplejo o es que, de uniforme, ha conocido la calle Real, el levante, Camposoto y las carreras de última hora por el Paseo de Lobo con la mano en el lepanto y el arresto en el pensamiento.

Lo que pretendo decir es que, precisamente por ese carácter que aludo, por esa vocación de isleños, por ese aire cierto de independencia de celo común para defender lo que entendemos como nuestro, puede estar una de las razones por las que lo que consideramos auténtico, esta hermandad está celebrando sus primeros doscientos cincuenta años de vida fecunda.

También debemos tener en cuenta, como ya se ha señalado, que Soledad es, en muchísimos lugares, una advocación primeriza, y si en este caso concreto pudo coincidir con el nacimiento de la Isla como pueblo, la propia historia de la hermandad es nuestra propia historia; es decir la de nuestras devociones, la de nuestra propia fe, la expresión más genuina de nuestros miedos, porque Soledad como cofradía, ya lo hemos dicho, no fue solo un impulso de amor hacia una imagen dolorosa, sino vehículo para el tránsito santificado hacia la otra vida.

Ése parece ser el arranque: agruparse en torno a esta imagen, rendirle culto y costear el entierro de los hermanos cuando éstos fallecieran. Desde 1713 que figura la donación de una diadema para Nuestra Señora, y aún antes, en un inventario de la capilla de Santa María del Castillo en el que figuran enseres catalogados como propios, la virgen de la Soledad está en la devoción de los isleños. Que se tome como fecha oficial de partida el año 1747 se debe a que es la que figura en el primer libro de cuentas de la Hermandad, y que ésta no es partidaria de orígenes imprecisos ni necesita de leyendas sobrenaturales.

Recorrer, por tanto, paso a paso, la historia de la Hermandad es recorrer la primera historia de La Isla que fue verdaderamente trepidante.

En muy pocos años, desde 1750 a 1769 La Isla pasa de los ochocientos vecinos a casi los veinticuatro mil. ¿Qué ha pasado? Que La Isla de León se convierte en el exponente más claro de la filosofía que alumbra el Siglo de las Luces: el arte y la industria para remediar las carencias de la naturaleza.

 

Pero hace falta conocer de dónde partimos.

Sobre La Isla, desde Felipe IV, en 1651, pesaba una prohibición expresa de que en su solar no se hiciese poblado, “con pena de perdimiento de casas a sus dueños y de galeras a los alarifes que las fabricasen”; prohibición que después mantuvo Carlos II, en 1695, y que el propio Felipe V confirma en 1731 y el mismo Consejo de Castilla, en 1743, decretando las mismas penas. La Isla de León vive bajo el peso indudable de Cádiz y su influencia en la Corte. Las razones hay que buscarlas en el temor de la capital a que en sus mismas puertas se instale un núcleo importante de población, ya que al ser éste el único paso por tierra, no sólo por el derecho natural de alimentarse primero, sino porque los traficantes se excusarían del coste y tiempo de seis leguas de viaje, tres de ida y tres de vuelta, Cádiz no podía ver con buenos ojos ni que en La Isla se asentase un contingente importante de población, ni que se confirmase el proyecto de trasladar aquí el Cuerpo de Marina, por la pérdida de sueldos que ello significaría, por la devaluación de su catastro y porque irremediablemente decaería su comercio, lo cual ocasionaría —aducen astutamente— un grave perjuicio a las fundaciones de obras pías. Visto desde la perspectiva de hoy, aparte de esas razones que parecen bien fundamentadas, la íntima raíz de todo puede que estuviera en que ya La Isla no seguiría siendo solar exclusivo para retiro y recreo de los hacendados de Cádiz, esto es, de los que decidían, que se verían privados de este desahogo para reparar sus fatigados ánimos, alterados por los afanes de sus ocupaciones y tratos mercantiles.

Traer aquí estas singularidades no tiene por objeto añadir ninguna nota erudita sino subrayar unas circunstancias que, como decía, nos ayudan a poder definirnos.

Tantos inconvenientes nos pusieron para nacer como pueblo, que cuando lo conseguimos ya fuimos un poco ariscos, celosos de lo nuestro, defensores de lo que conseguíamos y orgullosos de todo cuanto íbamos consiguiendo. Es cierto el papel que la Armada desempeña en nuestro nacimiento y desarrollo, pero también somos conscientes que como pueblo de nuevo cuño, penetran más rápidamente las nuevas corrientes industriales, la nueva forma de pensar, la nueva concepción de la vida que es capaz de concebir proyectos y realizaciones tan importantes como el Arsenal de La Carraca, primero en su género en España, o el Observatorio de Marina, único también y cuyo prestigio aún perdura.

Exponente claro de esta nueva Era es la concepción y ejecución del propio Ayuntamiento, así como las señoriales casas que, sustituyendo las viejas haciendas, van configurando el nuevo perfil de una ciudad moderna cuyo ejemplo más significativo es el Proyecto de la Ciudad de San Carlos.

Pero al mismo tiempo nace un pueblo que tiene en su fe, en su religiosidad, en la percepción de lo divino, unos motores de extraordinaria importancia. El Carmen, San Francisco, la Compañía de María, esta misma iglesia, la Pastora, el Cristo, e infinidad de capillas diseminadas por todo nuestro suelo desde Camposoto hasta la Casería, del Zaporito a Caño Herrera, salpican La Isla de altares para darle culto a nuestro Señor; eso sin contar las ricas haciendas que tenían capilla propia.

No es casual, pues, que en muy poco tiempo florecieran hermandades como la del Carmen, o la VOT de San Francisco de Asís, o la de San Antonio, Esperanza, Servitas, Santísimo Cristo de la Caridad, Soledad…

 

Soledad.

Desde que la Junta de Gobierno de esta Hermandad me hiciera el encargo de este pregón he venido muchas mañanas y me he sentado ahí, delante de la Virgen, para pedirle ayuda, para mirarla, para rezarle, para reencontrarme con Ella y preguntarle por su Soledad, para preguntarle por las soledades.

Que confiese que he estado ahí muchas mañanas no es para presumir de religiosidad, ¡qué más quisiera que poder hacerlo con verdad y fundamento! Decir que me he pasado horas a los pies de la Virgen es la forma más piadosa que encuentro para expresar mi miedo, mis miedos, podría decir. Uno, el que me invade días antes de estar en trance semejante a éste, cuando asumido el compromiso de estar aquí, debo hilvanar las ideas consciente de que no pueden ser sólo palabras, tópicos o lugares comunes, y que no bastan ni la poca o mucha experiencia, ni poner en el empeño los cinco sentidos, sino todos los sentimientos que puede guardar un pobre corazón de un pobre cristiano. El otro miedo es el que siempre he sentido por la soledad de los demás, por mi propia soledad.

Por eso me he quedado ahí, para encontrar un consuelo y una respuesta.

Lo he dicho al principio y lo subrayé en mi pregón de la Semana Santa de La Isla del año 94 que, inevitablemente, al mirar a esta imagen acudían a mi mente todo mi miedo ante la soledad propia y ante la soledad de mis semejantes.

Las imágenes que se fijan desde la niñez perviven a pesar de los años y las vivencias, y para mí, cada vez que el concepto de la soledad me roza, la imagen que pervive es aquella en la que esta Virgen volvía, sola, desde el Carmen, después de haber dejado allí el cuerpo de su Hijo muerto. Luego me han contado que aquella ceremonia no llegó a considerarse ni siquiera como una tradición, pero esta premisa no le resta fuerza para que hasta ahora ha sido para mí la perfecta representación plástica de la Soledad.

No cabe duda que la Semana Santa habla directamente a los sentidos y que, en su lenguaje, se conjugan desde el aire limpio de una primavera recién nacida, hasta un trasfondo de trompetas; desde los vagos olores de las flores sin olor que adornan los pasos, hasta el dulce olor del incienso y del clavo que nos despiertan los recuerdos del tiempo aquél que nos sirvió para amasar estos sentimientos.

Quizás por esas razones, cuando en aquella procesión de mi recuerdo, cuando la Virgen seguía los pasos del Hijo y formaba parte del cortejo oficial, —piquetes de soldados con los fusiles a la funerala, representaciones militares de gran gala, bandas de música, desfile de las fuerzas ante el Cristo Yacente—, y todo ese aparato, como una ola, moría en el Carmen, cuando el Santo Entierro entraba en su templo…; la vuelta de la Virgen —ya sin acompañamiento oficial obligado, sin los rutilantes uniformes y sin el empaque que prestaba la etiqueta—, la vuelta de la Virgen, digo, resultaba más patética, y su soledad se alzaba hasta atenazarnos de emoción, hasta poner lágrimas en los ojos y un nudo en las gargantas.

Pero si aquellas imágenes sirvieron para acuñar un concepto, después, en otros momentos, con la Virgen en la calle, nevado de flores su Paso, siguiendo a su Hijo al que llevan en un sudario blanco, su cara de nácar y su pena desbordada, también han seguido siendo no ya el paradigma de la soledad, sino de la impotencia, que es la más patética de las soledades.

Pese a todo, cambia mucho la perspectiva de ver a una imagen en su camarín a verla en la calle. En la calle hay ese arrebato colectivo, esa mezcla de sensaciones y sensibilidades, ese sentimiento estético como siempre que existen la conjunción intangible de la fe, el arte, los aromas, el peso de las tradiciones y la alegría de poder compartirlo con todos, aunque sea la solidaridad en el dolor.

Se diría, viendo las imágenes en la calle seguida por multitudes, que nunca van a estar solas, que esa explosión de amor, que los piropos y el entusiasmo van a durar siempre. Pero cuando pasa esa ola y vuelve la calma, cuando aquí, lejanos ya los timbres de las trompetas, rodeado de sonidos familiares, de la mirada de reojo de los fieles que rezan a otras imágenes, la realidad es otra distinta; si en la calle el rezo, cuando existe, se vuelve saeta, se vuelve música, se vuelve arrebato, aquí se vuelve susurro, se vuelve suspiro, se vuelve diálogo sin palabras, que es el lenguaje del entendimiento, la clave para empezar a comprender lo incomprensible, la llave para abrir el torrente de las preguntas.

No es extraño, pues, que me haya venido hasta aquí para mirarla, para preguntarle por su soledad, para reencontrarme con el frío de aquella soledad vivida de niño. No es extraño, pues, que si todos esos sentimientos los he ido amasando en mi corazón tanto tiempo, el enfrentarme cara a cara con la Virgen los reavivara, y que María Santísima de la Soledad volviera a ser el compendio definitivo de todo el sufrimiento, la evidencia de que ni el dolor de Madre es antídoto suficiente para paliar el dolor del Hijo. La soledad humana es la suma y el resultado de nuestros pequeños o grandes egoísmos, el mayor de los castigos, la muerte interior que la ausencia de amor produce, el vacío total que deja nuestra vida sin norte y sin sentido, esta soledad, esta Virgen de la Soledad, no puede ser exclusivamente suma de dolores, ni paradigma del abandono, ni derrota final del espíritu frente a la carne.

He tenido que mirarla mucho, que acompañarla mucho, que rezarle mucho para que desde Ella, precisamente desde Ella, se me abriera también una puerta a la esperanza.

 

Soledad.

María ha traspasado todos los límites del sufrimiento, como su Hijo que acaba de expirar en la Cruz. María ya es la suma de todo el dolor y todas las lágrimas de Madre; ahora solo le queda soledad.

Pero María, en su soledad, no puede ser igual a nosotros cuando nos abate la desgracia, cuando sólo nos queda el grito desesperado, cuando nos falta la esperanza y hasta dudamos de Dios. Si así fuera, ¡de qué poco nos serviría Su soledad! Porque es indudable que Su soledad debe servirnos para algo, como nos sirven todas las advocaciones de todas nuestras vírgenes.

Cuando repasamos los nombres con los que las hemos ido bautizando en sus misterios dolorosos es fácil observar que se abren en dos caminos distintos. En uno buscamos madre para nuestras angustias, nuestro desamparo, para refugio de nuestra piedad, de nuestro amor o de nuestra esperanza; en otro parece como si hubiéramos querido fijar el itinerario de su propio vía crucis. Así, desde sus primeras lágrimas hasta su Mayor Dolor ante la muerte brutal del Hijo, Penas, Dolores, Amargura, no meros nombres puestos al azar sino la búsqueda de consuelo para todos los matices de nuestros sufrimientos, reconocimiento de nuestra propia indefensión. Pero Soledad… ¿realmente Soledad solo es la suma de todos los sufrimientos, el paradigma de la desolación sin esperanza?

Esta es la pregunta que día tras día le he hecho a la Virgen, o mejor, para evitar susceptibilidades, esta es la pregunta que me he hecho, día a día, en presencia de la Virgen.

También me he preguntado por ese poso de soledad que todos llevamos en el fondo de nuestros pensamientos, semilla incipiente de temores más agudos a medida que pasan los años.

Muchas veces no hay ni que esforzar la imaginación, está ya tan a la vista que basta detenerse, al paso, en cualquier pueblo desconocido, en una de las plazas de cualquier ciudad trepidante, sin ir más lejos, ahí mismo, en la Plaza del Rey o en cualquier rincón de sol donde acudan personas mayores, hombres y mujeres, que ya libraron su personal batalla con la vida, que la han derramado en años y años de trabajo y sacrificios, que la hipotecaron por la carrera del hijo, por el bienestar de los suyos para los que ya no son tan necesarios, o quizá sí, mientras mantengan las pensiones que tanto alivian. No pretendo generalizar, pero sí quiero hacer hincapié en la soledad que se siente desvinculado de todo lo que animó la vida pasada, en ese momento en el que, como una punzada repentina, se recibe el parón de la lucha diaria, la consciencia de que se ha prescindido de los saberes que se acumularon, que no es necesario el concurso profesional, y que hasta las ideas que fueron norte y norma ya quedaron anticuadas. Duro momento que se vive en la más estricta intimidad, temor a la perspectiva de ver pasar el tiempo, las largas horas de madrugadas sin sueño, el frío que van dejando la muerte de los amigos y ese vacío que hace dolorosos hasta los recuerdos, que hacen preferir el olvido. Me estoy refiriendo a esa soledad, real incluso cuando no falta el calor del entorno familiar más próximo; terrible, realmente terrible, cuando la edad se cuenta no por los años que se tiene, sino por los que ya no se tienen.

Pienso en las cárceles, porque quiero entender que todo delito parte de una insostenible soledad. Pienso en los hospitales, donde la vida, aún dependiendo de Dios, tiene la frialdad de la profesionalidad y las máquinas como intermediarios, y cualquiera puede quedar a solas con sus temores, acorralado por diagnósticos irreversibles. Pienso en la comunitaria soledad de los jóvenes, no exclusivamente de los que están en el desamparo de la droga, sino de los sanos e impotentes jóvenes a los que la sociedad abandona a su suerte y cuya impotencia es, ¡cómo no!, una soledad sin paliativos.

No existe una sola soledad, existen tantas soledades como seres humanos. Y la pregunta sigue en pie: ¿Soledad sólo es la suma de todas las angustias, el final de toda esperanza? ¿Necesitamos Madre para esto?.

Es difícil imaginar los sentimientos de la Virgen. Incluso cuando decimos que imaginamos su gran dolor por la muerte del Hijo, no podemos hacernos idea exacta de su magnitud. Ni siquiera las madres que hayan perdido a uno de sus hijos podrían aproximarnos al dolor de la Virgen, y miren si ellas sabrán de dolor y de soledad que no hay ninguna otra que pueda compararse a ésta, que las deja vacías o, al menos, con un vacío que nada ni nadie puede volver a llenar, ni siquiera la presencia de otros hijos. Pueden parecer dos dolores semejantes, pero no lo son. Para las madres que sufren esa desgracia, a base de fe, de mucha fe, difícilmente encuentran más justificación que la voluntad de Dios, y la aceptan sin que logren comprenderla del todo, porque difícil es comprender la muerte de un ser joven, porque siempre, a nuestros ojos, nos parecerá estéril. Hace falta mucha fuerza y mucha ayuda para dejarse invadir por el consuelo de que el hijo vive en otra dimensión feliz y eternamente. Pero no es fácil llegar a esa creencia consoladora, a ese amor por encima de la presencia, de la caricia, del beso de cada día.

Pero he querido negarme a las comparaciones, y no aceptar que la Virgen de la Soledad sea la suma de todos los sufrimientos, el final de toda esperanza.

He intentado aliviarle el dolor pensando que si aquél fue hasta el límite, inmediato fue su consuelo, tanto como su certeza de que la muerte del Hijo jamás podía ser estéril, porque su muerte, precisamente su muerte, era el principio de la vida.

Créanme si les digo que cuando miré de nuevo a la Virgen me pareció distinta, que su soledad no era la dolorosa visión del irremediable final que siempre había visto, sino la imagen esperanzada de un amanecer indescriptiblemente hermoso.

Porque no era lógico, no es lógico —si es que la lógica puede esgrimirse en este caso—, que Cristo muera para darnos la vida eterna, que sea necesaria su muerte para nacer a la vida, y su Santísima Madre de la Soledad sea final y no principio, que sea Ella, precisamente Ella, la que se quede sola y perdida en su tristeza y nos olvidemos de su misión corredentora. Cristo no puede salir victorioso si María no participa de su victoria.

Ahí la tienen.

Mírenla con los ojos positivos de la fe y verán que en el instante mismo de su mayor soledad le nace, como nos debe nacer a nosotros, la alegría de la vida nueva.

Mírenla con los ojos positivos de la esperanza y verán cómo su pasión, su agonía y su soledad es, como en su Hijo, la única verdad que nos salva.

Mírenla por tanto con los ojos positivos de la caridad y verán cómo no hay sufrimiento estéril porque la salvación está siempre regada con lágrimas de Madre.

Soledad y soledades. Virgen que nos viene de lejos y realidad que palpamos día a día. Cortejos procesionales al aire de tambores y trompetas, y encuentro íntimo con la Señora para comprender su soledad. Lenguaje en los sentidos para amar a la Virgen con piropos, y trémula plegaria para que su soledad no sea estéril.

Santísima Madre de la Soledad: He llegado hasta Ti creyendo que eras sólo la imagen del desesperado final sin esperanza, el último pañuelo para el último llanto desconsolado, como si sólo fueras anticipo y patética imagen de la muerte, como si tu sombra no fuera una cruz y un sudario, como si la Cruz vacía y el sudario al viento no fueran la señal inequívoca de la resurrección, como si todos tuviéramos derecho a ella menos Tú, condenada a ser siempre Soledad.

Déjame darte las gracias en nombre de toda esta Isla que te adora, doscientos cincuenta años después de tu llegada.

Déjame que, al final, por primera vez te hable en nombre de esta Isla que te da las gracias por haberte tenido a los pies de la cuna en su nacimiento y en su corazón doscientos cincuenta años después, para alabarte y bendecir tu nombre, que, aunque siga siendo el de Soledad desde ahora sabemos que también significa principio y ventana que se abre a la vida, y punto final de la tristeza, porque en Ti o renace la esperanza, o Cristo no resucita.

Pide a tu Hijo por nosotros, para que cuando hayan transcurrido otros doscientos cincuenta años, la Isla siga llevándote su corazón.

Y que nadie sienta miedo a su soledad, que la tuya sea no el velo que oculta la tristeza y la pena, sino las alas que necesitamos para alcanzar la salvación eterna.

Que así sea.

 

En la Iglesia Mayor de San Fernando, 15 de Marzo de 1997

 

 

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Pronunciada por el autor en la Iglesia del Santo Cristo de San Fernando el sábado 21 de septiembre de 1996

 

 

Que nada cambie.

Que suene, una vez más, la hora de la palabra.

Que nadie altere la magia de la costumbre.

Cumplamos, un año más, con el rito.

Compongamos el gesto de las solemnidades y asintamos, magnánimos, incluso a lo que no creemos, pero sin descomponer la figura. Midamos cada ademán por el rasero de nuestros prejuicios y dejemos volar nuestras conciencias a favor de sus querencias para que nada las inquiete. Que todos volvamos a reconocernos, iguales, a la sombra de esta Cruz que nos convoca, para que la palabra y los gestos vuelvan a tener el valor de siempre.

 

 

Señores….

 

Es norma de obligado cumplimiento comenzar dando las gracias a las personas que se propusieron que, hoy, estuviera aquí, ante ustedes, para proclamar la Exaltación de la Santa Cruz en este año de mil novecientos noventa y seis.

Es norma de obligado cumplimiento, pero permítanme que, más que dar las gracias a ellos, recurra a la benevolencia de todos ustedes para que los disculpen por su ocurrencia, al tiempo que les pido perdón por mi osadía al aceptar semejante cometido. También, ¡cómo no!, quisiera advertirles que las palabras de mi presentador son de su exclusiva responsabilidad, y aunque todos coincidamos en su reconocida honestidad, en este caso puede haber alguna distorsión interesada dada la amistad que, sin arrebatos ni apreturas, mantenemos desde hace muchos años.

Comprendo que ésta no es la forma usual de comenzar ningún parlamento, pero me dan un poco de repelús los barroquismos de los actos por muy solemnes que éstos merezcan ser; entiendo que solemnidad y sencillez no deben estar reñidas y que, puestos a elegir entre la solemnidad como marco y el contenido como fondoes más racional quedarse aunque sea con el intento de este último, porque siempre será preferible la comunicación a los resplandores, el entendimiento a los fuegos de artificio.

Tampoco es usual que para hablar de la Santa Cruz —de ahí que solicitara la benevolencia de ustedes para con los responsables— ocupe este lugar una persona que no es ni sacerdote, ni teólogo, ni historiador, ni erudito, ni poeta, ni siquiera cofrade al uso, sino un cristiano de a pie, muy corriente y muy moliente, lleno de dudas y de preguntas, algunas de las cuales saldrán hoy a relucir, pero que si las silenciara entraría en la mecánica de la representación —o en la representación mecánica—, que es, a la postre, toda impostación de los sentimientos, ese disfraz que sirve para camuflar credos y pensamientos y que tan adecuado resulta para nadar a favor de corriente. Mi única disculpa habrá que encontrarla en que no es censurable —al menos, no demasiado censurable— que un cristiano del montón también tenga la oportunidad de expresar en voz alta el sentir, y el pensar, de la mayoría que no es ni sacerdote, ni teólogo, ni poeta, sino rebaño que vive entre la angustia y la esperanza, entre el temor y la duda, entre arrebatados arrepentimientos y deseos inconfesables.

Por estas razones, ustedes comprenderán enseguida que hablar de la Cruz sea un reto que atraiga y sobrecoja; que al existir tantos y tan válidos argumentos uno se vea perdido entre los muchos caminos que conducen a Ella; que, en definitiva, sea necesario bucear en nuestro interior para comprobar cuánta Cruz hemos asimilado.

Quisiera que si mis palabras llegaran a servir para algo más que para cumplir con el rito de la costumbre, lo fueran no para que se interpreten como un resumen de lo que he podido revisar en estos días sobre el tema, lo que he podido asimilar del mismo a lo largo de toda mi vida, sino que ellas sirvieran, como a mí me han servido, de vehículo para viajar al propio interior de cada uno. Para que, juntos, podamos tener un encuentro en la propia intimidad que ayude a vernos como realmente somos, sin los conservantes, ni los colorantes, ni los edulcorantes que dan los hábitos, las rutinas, las piedades señaladas en el almanaque como si fueran fechas de vacunación, o días de representación con incienso incluido. Vernos tal cual sabemos que somos aunque nos empeñemos en disimularlo. Por eso digo que no es demasiado censurable que un cristiano del montón tenga la oportunidad de expresarse en voz alta; creo que si ustedes estuvieran en mi lugar aprovecharían la ocasión para, ante el profundo respeto que la Santa Cruz nos merece, poder meditar dónde está la nuestra, que es, creo, la invitación permanente que Cristo nos manda desde la suya.

Pero empecemos por el principio.

Dependiendo de la edad y de las circunstancias particulares de cada uno, el principio no fue, en la práctica, una línea de salida idéntica para todos. Para los que doblamos el rubicón de los cincuenta, no emplearon la misma didáctica que con los de generaciones posteriores en el intento de que asimiláramos el mensaje de la Iglesia; es más, aun sabiendo lo permanente de este mensaje, la metodología fue y ha ido siendo tan distinta que, a veces, ha podido parecer que se han perseguido distintos objetivos.

De lo que no cabe duda es que, por unos u otros motivos, existe un tiempo en el que los fieles somos, casi exclusivamente, meros espectadores de una gran representación, de un magnífico espectáculo de rituales ceremonias, música polifónica, cortejos, como si los gestos fueran suficientes y pudieran sustituir a la palabra que, por otra parte, ni entendíamos porque, dichas en latín, tenían más de conjuros que de intentos de comunicación. Sin embargo, las que se pronunciaban en nuestro idioma provenían, generalmente, de voces tronantes, como si todos estuviéramos condenados de antemano, como si solo tuviéramos la alternativa de una dificilísima, casi imposible, santidad, o la condenación eterna. O héroes o miserables. A la Iglesia, quizás a una parte de su clero, le sobró celo paternalista y le faltó calor humano, le sobró dramatismo y le faltó caridad.

Así que no es extraño que para una mayoría, Iglesia fuera sinónimo de una jerarquización de cargos, cada uno con su boato y su pompa, o de unos recintos donde la fe de los hombres y el arte de sus cinceles y de sus gubias consagraron a Dios para adorarlo entre fastuosos reflejos, o bajo las desnudas bóvedas inspiradas en la ascética piedad. Para decirlo con las mismas palabras que emplea Juan Pablo II:

“Durante mucho tiempo, en la Iglesia se vio más bien la dimensión institucional, jerárquica, y se había olvidado la fundamental dimensión de la gracia, carismática, propia del pueblo de Dios”.

Tiene que llegar el tiempo nuevo, el aire renovador del Vaticano II para que la Iglesia recobre su genuina acepción sustituyendo el dramatismo didáctico de la disciplina religiosa para reconocer que ella, la Iglesia, ” …no fue confiada solo al clero, sino a todo bautizado, aunque cada uno según su nivel y según su obligación”, como también recuerda Su Santidad.

Dicho con otras palabras: la gran lección del Vaticano II es, entre otras, que nos redime de ser espectadores de ceremonias cuando, al proclamar la libertad del hombre, nos devuelve nuestra responsabilidad como miembros vivos de un cuerpo vivo, porque en esa responsabilidad radica nuestra grandeza como criaturas de Dios. En este sentido ahonda el Papa: “El Redentor confirma los derechos del hombre para llevarlo a la plenitud de la dignidad recibida cuando Dios lo creó a su imagen y semejanza” .

Señalar que la Iglesia quizás haya sido demasiado celosa, como esas madres que no dejan andar a sus hijos por temor a que se caigan, no es una impresión que se recuerde ahora ni con resentimiento ni con ánimo de crítica, sino para poner de manifiesto, poder decir abiertamente, que ya no nos caben coartadas por desconocimiento y que cuando, como cristianos católicos, asumimos la responsabilidad que nos corresponde, ya no cabe argumentar ignorancia.

San León Magno ya recordaba en uno de sus célebres sermones: “Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la Naturaleza Divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro”. (Les recuerdo que San León Magno fue Papa entre los años 440 y 461)

De cualquier forma, y según se advierte en determinadas actitudes, el aire nuevo del Vaticano II no ha logrado todavía ahuyentar del todo un resabio de siglos, una doctrina de papagayo, una piedad de retablillo y sacristía, una fe sin valentía, una maraña de miedo y misterio, una visión del Dios implacable, una presencia excesiva del dolor y de la sangre, aunque todo ello en franco retrocesoNo obstante, todavía sigue siendo más fuerte la imagen de Cristo crucificado que la imagen de Cristo resucitado, ignorando, tal vez por estética o por la fuerza de la costumbre, que en Cristo no hay Cruz sin Redención, que en los textos conciliares Cruz y Redención aparecen al unísono, como unidad indivisible. Lo que no quita que para muchos católicos, el significado del Vaticano II les siga pareciendo una “ocurrencia” y que, como a aquella beata del cuento, persistan en pedirle a Dios por la salvación de Juan XXIII y de Pablo VI, por ser los culpables. A otros, sin embargo, les ocurre como a los que tienen “El Quijote” perfectamente alineado en la estantería pero sin quitarle el celofán, y permitiéndose el lujo de pontificar sobre él o tomando prestados opiniones ajenas sin digerir, que pretenden imponer como si fueran tradiciones y justificarse aunque sea quitándole el polvo a los santos de los altares, que es una postura, como otra cualquiera, para escurrir el bulto y seguir figurando.

“Ama y haz lo que quieras”, decía San Agustín, que viene a ser lo mismo que “vive pero asume tu responsabilidad”, como definitivamente se desprende del Vaticano II. No obstante, es digno de tenerse en cuenta por qué la muerte sigue siendo más poderosa que la vida, por qué Cristo termina siempre por vencer a Jesús, por qué se sigue viendo la Cruz como potro de tortura y no como medio de salvación. Esta impresión, que puede que sea subjetivismo por mi parte, me ha hecho pensar y buscar la respuesta. Quizás sea ésta: A diferencia de la Iglesia Oriental, cuya liturgia se centra fundamentalmente en la Resurrección, la Iglesia Occidental, aun manteniendo la primacía de la Resurrección, ha ido más lejos en dirección a la Pasión. El culto a la Cruz de Cristo ha modelado, por así decirlo, la historia de la piedad cristiana; otra cosa será cómo deberá ser a partir de la responsabilidad, del testimonio que hoy se nos exige.

Desde o a partir del Vaticano II la inflexibilidad da paso a la comprensión y al diálogo, como si se prefiriera cambiar a los míticos héroes en santidad, por una mayor cantidad de santos cotidianos.

A este respecto me gustaría compartir con ustedes un sentimiento íntimo: tal vez por el misterio que encierra, tal vez por su misma sencillez, siempre he sentido una especial atracción por la vida oculta de Jesús. Los que me conocen bien saben qué verdad encerraba mi respuesta cuando —recién regresado de Madrid— me preguntaban que cómo me volvía a La Isla después de veintitantos años de ausencia. Mi respuesta, en la que nunca hubo la más mínima dosis de literatura, siempre fue la misma: “Porque creo que no hay nada comparable a sentarse todas las tardes en la puerta de tu casa y saludar a las mismas gentes”. Este deseo, por muchos y diferentes motivos, no ha podido cumplirse, pero sí indica claramente mi apetencia de la vida sosegada, del trabajar en silencio aunque tantas veces esté forzado a todo lo contrario.

De ahí, de esa inclinación, posiblemente nace mi curiosidad por la vida oculta de Jesús, la atracción por la cotidianidad de su vida doméstica, su día a día en el contacto directo con su Madre, ¡ahí es nada! Mi imaginación siempre lo ha visto como un chaval alegre, simplemente porque la alegría siempre la he creído como una gracia de Dios y ¡quién mejor que su Hijo para tenerla!; también lo he imaginado constante en el trabajo, perfeccionista, conocedor de que si estaba llamado a mover montañas, esto sólo se consigue ejercitándose día a día, piedra a piedra. Tener esa vida que creo, y asumir la responsabilidad que le aguarda como Hijo de Dios siendo inocente, a sabiendas de cual va a ser el camino, las vejaciones, el martirio fue, tuvo que ser, una Cruz tan pesada como esa otra material donde lo clavaron hasta morir. Sin embargo, también en mi imaginación he compuesto una figura de Jesús en la que no cabía el temor, al menos no el temor del que se sabe condenado a muerte, sino la alegre serenidad del padre que está dispuesto a dar hasta la última gota de sangre por sus hijos.

Según este esquema de pensamiento, o este exceso de imaginación, no es extraño que no sea fatalista, y que por creer en la esperanza me afloren preguntas que están, lo sé, en la mente de todos y que, como anunciaba, saldrían hoy a relucir: cuánta Cruz hemos sido capaces de asimilar; dónde radica nuestra Cruz; o, más difícil todavía: nuestra Cruz, ¿es inevitable?

Hace unos años, hablando con aquel agustino sabio que fue el P. Félix García —último confesor que tuvo D. Miguel de Unamuno—, me decía la importancia de la formación y el peligro de la rigidez didáctica, sobre todo cuando existe una imposición sin alternativas y aun admitiendo que la formación, como base de la educación, conlleva un cierto pero sutil cambio de conductas. Es evidente, porque dependiendo de cómo se nos iniciara en la disciplina de la Iglesia, hemos podido estar —podemos seguir estando—con el cuerpo”, pero no con el corazón.

También aquí, una vivencia personal podría ilustrarnos mejor, aunque muchos de ustedes podrían aportar otras parecidas: Durante mucho tiempo la expresión “ejercicios espirituales” llegó a producirme un desasosiego cierto. Indefectiblemente hacía que me remontara a los primeros que me obligaron a hacer, con diez años: durísimos. Los que le siguieron hasta que pude liberarme no fueron distintos, pero aquella primera vez se me quedó grabada de forma muy especial. Casi todo el día de rodillas en la iglesia, sin poder hablar con los compañeros, ni siquiera en el rato de asueto que nos dejaban a media mañana, mientras desayunábamos, a las tres horas de estar en planta —las vigilias, recordarán ustedes, se hacían desde las doce de la noche anterior—, digo, desayunar un bocadillo triste y en silencio. Tres días interminables oyendo las truculentas narraciones del infierno, las contorsiones de las almas impuras como las nuestras… —como las nuestras, ¡con diez años!— mientras se consumían en el fuego eterno, en el fuego eterno por siempre y para siempre, mientras en el exterior un sol tibio de recién estrenada primavera, invitaba a la vida. Oír, por tanto, ejercicios espirituales y revivir la película de aquellas pesadillas era inevitable, máxime cuando al confesar me daba cuenta, por repetir siempre los mismos pecados, que en mí no había propósito de enmienda, que esa burla constante que le hacía a Dios sería el motivo de mi condenación eterna, como machacaban constantemente.

Tuvo que pasar mucho tiempo, digo, ya adulto, cuando la vida me dio la oportunidad de dialogar, en el silencio de los patios de mi colegio madrileño, con aquel P. Félix que fue, posiblemente, el primero que me enseñó el camino de una fe sin tremendismo, el primero que enlazó con mis imágenes de la vida sencilla y comprometida de Jesúsel primero que me hizo ver la importancia de conocer y profundizar en la Palabra, el libre compromiso que adquiríamos cuando la pronunciábamos, la diferencia didáctica y estratégica que significaba anteponer Jesús a Cristo, sin que en ningún momento se tuviera que prescindir de ninguno. También me hizo ver que los hombres, cada ser humano, a lo largo de su vida, venía a cometer, cometíamos, los mismos pecados, lo cual no solo era síntoma de nuestra debilidad sino de la infinita capacidad de perdón de Dios nuestro Señor. El P. Félix, castellano él, creía que nosotros, los andaluces, encima, poníamos un especial acento en la Pasión de Cristo, que nuestra particular idiosincrasia nos hacía proclives a admitir más fácilmente al Cristo ensangrentado, al Cristo héroe vencedor del dolor, que al Cristo vivo vencedor por el Amor. Ni que decir tiene que bebí en el P. Félix todo el agua que me faltaba, toda la frescura que mi fe necesitaba.

En aquellas charlas, donde hablábamos de lo divino y de lo humano, de lo divino que poseíamos los humanos, salía a relucir, cómo no, la muerte, sobre todo la huella que quedaba en nosotros la certeza de la muerte violenta. En ese contexto encajaba nuestro sentimiento ante la de Cristo, de ahí su inicial capacidad de contagio, independientemente del refuerzo que significaba nuestra liturgia.

Cuando se refería a nuestra muerte física, decía que cualquiera, a los ojos de los demás, podía tener una muerte heroica y ser admirado por ello. Ponía como ejemplo los que salvando vidas terminan por perder la suya. Saber que uno no muere inútilmente debe ser, decía, la más reconfortante de las muertes; darlo todo, incluso la vida, y someterse a la Voluntad del Padre. Como Cristo. El miedo, el escandaloso pavor debe sentirse cuando, mirando atrás, no hay sino el vacío de una vida estéril, entre convencionalismos, por mucho que se crea uno dentro de la Iglesia, por mucho que nos vean en ella, porque el culto y la piedad, por sí mismos, no nos redimirán de una muerte triste y sin esperanza. La vida, la vida fecunda se entiende, si no se compendia en una Cruz como final, no existe un principio de nada.

Por tanto, la Cruz no puede ser reducida a una pesadilla, ni a la expresión de una tortura histórica. La Cruz de Cristo, aun representando el drama de la Redención, aun polarizando todos los más elevados sentimientos de nuestra humana comprensión, aun admitiendo que ha modelado la historia de la piedad cristiana, si no remontáramos el vuelo sobre Ella, a partir de Ella, si no fuéramos capaces de ver en Ella la prueba inequívoca de la solidaridad de Dios con el hombre que sufre, si no viéramos en Ella más que muerte y sangre, estaríamos aún en la tesitura de los horrores, cuando la doctrina de la iglesia se nos daba entre miedos y amenazas, cuando no había llegado el aire nuevo, vivificador del Concilio Vaticano, para devolvernos la libertad y, por ende, la responsabilidad, la dignidad que, como decía, recibimos de Dios cuando fuimos creados por Él a su imagen y semejanza.

Pero aún hay más. Juan Pablo nos dice a propósito del significado de la Cruz: Si no hubiera existido la agonía sobre la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar.

Sin la agonía en la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar¡Qué descubrimiento! ¡Qué necesidad teníamos de esta nueva y hermosa perspectiva ¡Qué providencial ayuda para nuestra tosca fe de caídas y trompicones!: La verdad de que Dios es Amor estaría aún por demostrar…

¿Recuerdan cuando hace un momento dejaba en el aire esta pregunta: ¿Cuánta cruz hemos sido capaces de asimilar? También recordarán cuando establecía el binomio Cruz-muerte como la más inmediata y extendida imagen en la que condensamos el drama de la Pasión; como no pueden olvidar la paradoja fundamental contenida en el Evangelio: “Para encontrar la vida, hay que perder la vida; para nacer hay que morir; para salvarse hay que cargar con la Cruz”Pero, ¿sólo con la Cruz del dolor? ¿No será absolutamente necesario, además, contraer la responsabilidad de cargar con la Cruz como símbolo del Amor? ¿Y no es el Amor el único paliativo del dolor? ¿No podremos, con Amor, borrar ese Divino dolor y todo el humano dolor que Él redime con su Amor?

San Juan de la Cruz dice: “A la tarde de la vida seremos examinados en el amor”; ni siquiera apunta que seremos examinados en el sufrimiento. Pero permítanme apurar aún más este pensamiento. ¿No estaremos, también en esto, confundidos, y no sepamos siquiera dónde está la raíz de nuestro sufrimiento, o lo que es lo mismo, dónde radica nuestra verdadera cruz?

Por decirlo en un lenguaje más coloquial: todos estamos seguros que el sufrimiento es algo consustancial con el hombre, algo que Dios nos manda para probarnos, para purificarnos, y dependiendo del grado de nuestra fe y del acatamiento que hacemos de los mandatos de Dios, logramos superar ese difícil camino que es nuestra vida, según decimos con estereotipada resignaciónPero existe otra Cruz, que no es la del sufrimiento que resignadamente aceptamos porque, decimos desde el fondo de nuestra fe, nos la manda Dios; existe otra cruz que no es la del sufrimiento, sino la del Amor, la que simboliza y compendia todo el Amor que existe. No cargar con esa Cruz, pregunto: ¿no significará que carecemos del Amor necesario?

Pero, ¿qué Amor es el necesario?

Si admitimos que la forma de impartir la disciplina religiosa ha producido grandes héroes de la santidad, debe suponerse que, consecuentemente, también habrá originado grandes abandonos, por lo que hoy, sin extremismos, sino en la armónica comunión de la responsabilidad compartida, se están dando, anónimamente, gran cantidad de santos cotidianos, santos que todos conocemos perfectamente porque pueden vivir en nuestro mismo barrio, ser de nuestra propia familia.

Son gente rara, no crean: nunca hablan mal de nadie, son profesionales impecables, todo lo hacen con una admirable sencillez, tienen una extraña felicidad en los ojos, seguramente porque éstos siempre son el espejo del corazón que encierran, un corazón sin maldades ni dobleces, como Jesús en su vida oculta. Son generosos de sí mismos y se comportan como si vivir así fuera fácil, creyendo, además, que está al alcance de cualquiera. Su secreto es que han sido capaces de desmontar, una a una, las espoletas de todas las bombas que todos llevamos dentro —menos ellos— y que a los demás nos explotan a cada paso: la soberbia, la envidia, la ingratitud, la venganza, la avaricia, el desprecio, todas esas astillas con las que formamos nuestra humana cruz, la más pesada de todas, la que en uso de nuestra libertad nos fabricamos, la que estos santos cotidianos son capaces de invalidar con el Amor como único antídoto.

Decía al principio que según hubiera sido nuestra línea de salida, según hubiera sido la metodología que emplearan con cada uno, según hubiera sido la vida interior, el esfuerzo individual, así podíamos estar en la Iglesia, “con el cuerpo o con el corazón”. Saber el compromiso que adquirimos con Dios y con nosotros mismos cuando decimos “Creo en Dios Padre, creador del Cielo y de la Tierra. Creo en su único Hijo…” cuando, en definitiva, libremente, hacemos, y nos hacemos, una declaración de fe; saber que ese Padre nuestro que estás en los Cielos, esos deseos de que sea santificado su Nombre, de que venga a nosotros su Reino, de que se haga su voluntad… ; saber, digo, que no son sólo textos que están insertados en una rutina, en una tradición cultural, por muy noble que ésta sea, ni son, con serlo, una escuela de pensamiento, sino, vuelvo a repetirlo, el compromiso personal que desemboca en certeza de vida eterna; tenerlo todo presente en el corazóncuna de todo Amor, y saber también que por esa misma libertad con que hacemos acto de fe, con la que elegimos e imploramos a Dios como Padre nuestro, también hacemos nacer dentro de nosotros nuestras propias cruces, que, libremente también, estamos eligiendo aquellas que nos crucifican; saber todo esto es saber qué Amor es el necesarioel que adivinamos en los santos cotidianos que conocemos, el que nos da Jesús en su último mandamiento; ese difícil mandamiento de amar como Él nos ama. Como Él nos ama. Todo se reduce a esto: Amar a Dios en Sí mismo y en los hombres que Él crea; pero no amando a nuestra manera, sino a la Suya.

No sé si he podido ir contestando a las preguntas que aquí he planteado: cuánta Cruz hemos asimilado, dónde radica nuestra Cruz, qué Amor es el que necesitamos para que no se nos niegue la parte de Cristo a la que tenemos derecho, la parte de Dios que Dios nos concede por habernos creado a Su imagen y semejanza.

Quisiera terminar, a los pies de este Cristo que nos convoca, de este Cristo muerto que ya no sufre, ante esta Cruz que ya no es potro de tortura, sino el regazo de la agonía que justifica el Amor de Cristo, quisiera terminardigocon palabras de Su Santidad el Papa como última reflexión. “Para esperar ser salvado por Diosel hombre tiene que detenerse bajo la Cruz de CristoLuego, el domingo después del Sábado Santo, tiene que estar ante el sepulcro vacío y escuchar como las mujeres de Jerusalén: No está aquí. Ha resucitado “.

Y obrar en consecuencia.

Que así sea.

 

 

La Isla, sábado 21 de Septiembre de 1996 

20 de marzo de 1994, Teatro de la Compañía de María (San Fernando)

 

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Habían florecido las retamas, y en las riberas de los caminos que llevaban a la mar, a los pies de las chumberas bravías, de las lanzas centinelas de los pitacos verdigrises, habían brotado las flores amarillas del sufrimiento. 

La Isla de los primeros soles tibios, de las primeras tardes violetas, la Isla cuaresmal herida de silencios y campanas, sembrada de viejas devociones, de cultos religiosos vespertinos, de oradores sagrados, de motetes polifónicos, aquella Isla lejana y solemne de la discreta elegancia, de los militares uniformes y las mantillas de blonda, la Isla metódica y ritual que se preparaba para celebrar su Semana Santa la iniciaba con un Pregón que, un año más, dejaba abiertas de par en par las puertas del Teatro de las Cortes. 

El azar, ese duende misterioso que juega con los destinos, hizo que un niño de luto, uno de tantos niños de luto de aquella Isla, acertara a pasar por delante de las puertas del teatro, se sorprendiera de verlas abiertas, y movido por la curiosidad penetrara en el patio de butacas en penumbra, lleno de personas en el más absoluto silencio. 

Sobre el escenario, cortinas en pabellón, flores blancas y una Cruz alta sin imagen componían un sintético Calvario sin sangre. Detrás de un atril forrado de terciopelo negro, un orador de traje oscuro, iluminado por una luz cenital, hablaba de Cristo. 

Con la distancia que dan los años, sigo viendo a aquel niño intruso, a aquel niño asombrado de que un señor, sin vestir hábito ni sotana, hablara de la Pasión de Cristo; sigo viendo a aquel niño admirado de que un seglar estuviera hablando, no del Cristo de la Historia, del Cristo cierto, de carne hueso, sino de las imágenes familiares del Cristo hermano con domicilio conocido en la Iglesia Mayor, en San Francisco, en cualquiera de las iglesias de la Isla; Cristos con nombres y apellidos sabidos de memoria; Cristos de devociones antiguas y domésticas con estampas en el dormitorio o en la salita de cualquier casa isleña; Cristos próximos como Vera-Cruz, Expiración, Afligido, Columna o Nazareno; Cristos con la mirada de cristal, con el pecho de cristal como vasos para recoger las amarguras, las penas viejas, los temores de madre… 

Han pasado muchos años, pero sigo viendo a aquel niño, solo ya en el Teatro después del último aplauso, fija su mirada en el escenario vacío, en la Cruz desnuda, aturdido, acongojado porque un señor de paisano, al hablarle de sus cristos y de sus vírgenes, de su Isla y sus procesiones, le había rasgado la venda de su impunidad; porque para aquel niño, como para tantos isleños de entonces, la muerte de Cristo era un hecho remoto que aquí conmemorábamos con barroquismo y música de cornetas, con humo de incienso y cimbreo de varales por las calles mal empedradas, como si la Pasión de Cristo nos fuera ajena y sólo supiéramos pagarla con estética. 

Aquella Semana Santa fue distinta para aquel niño; llevaba, eso sí, la muerte reciente de su padre a cuestas; pero cuando llegó el Domingo de Ramos y se abrieron las puertas de la Iglesia Mayor, al ver a Jesús resignado atado a la Columna, ya no pensó que aquellos sayones, aquellos judíos, solo ellos, eran los únicos culpables del suplicio de Nuestro Señor, ya no pudo sentirse exclusivamente espectador de aquella tragedia; él sabía, él ya sabía, porque lo había dicho aquel señor en el Teatro, que en cada nudo de aquel flagelo, en cada aguja de aquel manojo de espinos, en cada pedazo de carne desgarrada había un pecado suyo, un pecado de cada uno de los que allí estaban viendo la procesión como una fiesta; que aquellos sayones eran, en fin, la humanidad que golpea, y Jesús la otra humanidad que sufre; que aquel desfile, aquel paso estremecido no era un espectáculo gratuito, sino el reconocimiento público, el acto penitencial del cristiano que está reconociendo sus culpas, esas por las que Cristo muere, esas por las que sin Él todos moriríamos de muerte miserable y pequeña, esas culpas que no tendrían redención posible sin su muerte y resurrección. 

Sería bonito, y literario, decir que aquel niño de luto salió del Teatro pensando que quizás algún día él podría hablar como aquel señor de paisano que tanto le había conmovido, que algún día podría pregonar la Semana Santa de La Isla y hablar con el corazón de sus Cristos y de sus Vírgenes; sí, sería bonito y literario; pero aquel niño, con su impunidad en carne viva, no supo, ni siquiera, que había oído el primer pregón de su vida, aunque guardó, lo puedo asegurar, guardó, no como un seguro de vida sino como un seguro de alma, el temor de que si culpa tenía en el dolor de Cristo, más culpa tendría, si llegara a usarlo para emboscarse, o para ampliar el eco de sus golpes de pecho, o para jugar a esteta de ocasión so pretexto de populismos y tradiciones. Prefirió al Cristo resucitado antes que al Cristo muerto, aunque todavía hoy siga conmoviéndole el infinito dolor de un paso de misterio, el inmenso dolor de todas las Vírgenes que lloran, por mucho que queramos mitigar sus dolores con fulgores de oro y plata, por mucho que queramos disimular con flores nuestras culpas. 

 

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Reverendo Señor Arcipreste, Ilustrísimo Señor Alcalde, señor Presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías, dignísimas autoridades, señores Hennanos Mayores, juntas de gobierno, Reverenda Comunidad de Hijas de Santa Juana de Lestonac, cofrades, cargadores de La Isla, Señoras y Señores, isleños todos: 

 

 

A los pies del Cristo único del Evangelio, del Cristo que en el tiempo de Pasión brota de cada corazón con un nombre distinto porque no sabemos, porque no podemos amarlo todo a la vez; implorando la ayuda de su Santísima Madre María, a la que hemos ido bautizando con todos nuestros anhelos, con todos nuestros pesares, con todo nuestro ingenuo amor de hijos para dividirle sus dolores, sus penas, sus amarguras; e invocando el nombre de la del Carmelo, la que sin reservas ni divisiones vive en el corazón de cada isleño, y también el de la Divina Pastora que apacienta nuestras almas, quisiera abrazar a todos los que, de alguna manera, han contribuido a que este pregonero esté hoy aquí, emocionado y agradecido, en el uso de la palabra, que no es la suya sino el eco de todos los que desde esta tribuna le precedieron; la voz del Consejo de Hermandades; de los Hermanos Mayores de todas las Cofradías, en suma, en este Domingo de Pasión, la voz de La Isla, cofrade o no, que ha hecho posible con sus devociones esta Semana Santa nuestra, esta Semana Santa de dolor y esperanza. Quisiera también unir en este abrazo a mi presentador Joaquín Rodríguez Royo, aunque difícil me lo ha puesto si algún día, en mi conciencia, llego a aproximarme a ese hombre que él tan generosamente ha descrito: ojalá pueda conseguirlo. Permítanme, además, que mi recuerdo y mi agradecimiento vayan sobre todo —pueden comprenderlo— a quien me enseñó a creer en Dios, a quien me enseñó a rezar. 

¡Qué misterio que de nuevo vuelva la Semana Santa! ¡Qué misterio que de nuevo se encienda la primavera y que cada uno de nosotros volvamos a buscar a Jesús y a su Madre por las calles de la Isla! ¡Qué misterio que todo vuelva a ser igual en el fondo de nuestros corazones, que repitamos los mismos gestos, que cada candelabro encaje en su sitio justo, que cada cargador reconozca su lugar en la madera, que cada Cristo acepte Su Cruz procesional y cada Virgen su toca bordada, su palio de oros, su corona de reina! ¡Qué misterio que un domingo de pasión una banda haga música dolorida y un grupo de cristianos se reúna, a la hora del Ángelus, para oír la palabra de un pregonero, la palabra antigua que quiere articularse para que encontremos, juntos, el porqué de estos misterios, para que meditemos sobre este mosaico de redención que es la Pasión de Cristo, que es la Semana Santa Isleña 

Pero que meditemos como seres humanos de hoy, como cristianos de hoy, como católicos de hoy, sin grupúsculos de oficiantes, ni barroquismos para iniciados, sino con el sentido natural y directo del lenguaje actual, que difícil es asimilar el mensaje de Cristo para que encima lo disfracemos con artificios. 

Meditar sobre la Semana Santa Isleña. Isleña: con sus acentos inconfundibles, con sus singularidades, a ser posible con idéntica cadencia a la que andan nuestros pasos de misterio, con el mismo ritmo con que se mecen los palios de nuestras Vírgenes. Meditar juntos, para verificar hasta qué punto aflora en nuestra Semana Santa La Isla de hoy, el alma de La Isla de siempre. Porque, contra lo que pudiera parecer, igual que en su Semana Santa, nada en la historia de nuestra ciudad ha sido improvisado, sino producto de una constancia colectiva, quizás porque al no haber llorado nunca por ninguna cosecha perdida que cosecha siempre tiene algo de taumaturgia, de magia divina , la Isla ha sabido encontrar en el trabajo diario, callado, anónimo las más de las veces, su estilo particular lejos de todo histerismo. 

Su propia articulación escalafonada, gremial tantas veces criticada propicia, al decir de muchos, no solo un sistema social, sino el fermento, el fomento y desarrollo de las Hermandades y Cofradías; que puedan constituirse desde aquélla, humildísima, que en sus Reglas recogía la obligación de darle “luminaria y compaña” a los hermanos fallecidos, hasta aquella otra en la que figuraba la nobleza y que fuera reconvenida por su exceso de lujo bajo apercibimiento de multa y de cárcel para los infractores o sus directos responsables. Es curioso que esa, digamos aparente atonía isleña, esa su famosa apatía, tenga, precisamente en las Hermandades, este elemento diversificador que rompe su tradicional linealidad; y es que La Isla, lejos de ser monorrítmica, ofrece grandes contrastes como veremos más adelante. 

Cuando propios o extraños nos preguntamos el porqué —o los porqués— del esplendor actual de nuestra Semana Santa, no podemos aislar lo estrictamente religioso, que tiene un peso indudable, de lo que podríamos llamar clave de nuestra supervivencia como pueblo, y que hace un momento acabo de citar: La constancia colectiva, la perseverancia que obra milagros como sabemos y, mucho mejor que los demás, aquellos que desde dentro de las Hermandades y Cofradías, tienen en su fe y en el entusiasmo sin desmayo sus mejores —casi únicos— aliados para conseguir ese prodigio de superación constante, hasta llegar a esta Semana Santa Isleña, una de las más señeras de Andalucía, sin discusión posible, no sólo como fenómeno de manifestación artística, sino como vehículo de un pueblo que vive intensamente la Pasión de Cristo, con esa intensidad tan arrebatada en la que una forma de rezar es llamarle guapa a su Virgen, es hacerla guapa para compensarla de su pena con una excepcional hermosura, porque quererla niña y guapa es el sueño entre lo inmaculado y lo apasionado de nuestro amor por Ella; porque, como pueblo viejo que somos, necesitamos de esos contrastes para seguir creyendo, porque, por viejos, seguimos siendo niños que necesitamos a nuestra madre próxima, en nuestro propio barrio, en la cabecera de nuestra cama, siempre en nuestro corazón. 

¡Qué lujo de madres tiene la Isla! Desde la trigueña carmelitana y marinera a la Pastora de almas, hemos ido necesitando madres para nuestros dolores, para nuestras lágrimas, para el desamparo, la amargura y la soledad, madres para las penas, la piedad, y la caridad, madres para la salud y el amor, para que ayude al buen fin de nuestra vida, madre amable para que acoja nuestro mayor dolor de cristianos, trinidad para darle amor de madre a las tres personas divinas, estrella para guiarnos, para que podamos superar el rosario doloroso de los días, para alcanzar la paz que anhelamos y la gracia de los cielos. ¡Qué lujo de madres tiene la Isla! 

Amor y amargura, salud y desamparo, dolor y piedad contrastes de la vida, contrastes de esta Isla nuestra tan querida y tan difícil, de esta Isla que este pregonero quisiera centrar como protagonista, quisiera saber contarla para que, comprendiéndola, viéramos a su través su Semana Santa. 

Pero este pregonero no es poeta; este pregonero siente no tener el encendido verbo de los que saben soñar una Isla de encajes azules bordados con la sal de sus riberas; este pregonero, de la Isla sólo aspira a quererla sin alardes, a sentirla a través de la mirada limpia de sus gentes, a contarla para el corazón de sus gentes, porque solo en la mirada y en el corazón radican la íntima y profunda verdad de los pueblos, lo demás son o accidentes geográficos o gracia de Dios, que para cantarla sí que se necesitan poetas verdaderos. 

Pero no hace falta ser poeta para retener un recuerdo, para guardar una primera imagen, una primera consciencia de casi todas las vivencias, que luego, asimiladas, se convierten en las auténticas experiencias que van enriqueciendo nuestra vida. Así, si retrotraemos la memoria, podríamos situarnos en el momento de nuestra primera gran desilusión: la noticia cierta de los Reyes Magos, o ante el primer cigarrillo, o ante el primer amor; todos, sin necesidad de ser ni poetas ni prosistas, tenemos memoria para vemos, abiertos los ojos a los asombros, reviviendo nuestros días infantiles en aquella casa que vivimos, en aquella calle que jugamos, en aquella Isla en la que crecimos, que es esta misma, pero que era —a nuestros ojos— diferente. 

El primer recuerdo que guarda este pregonero de nuestra Semana Santa es una tarde sombría de Viernes Santo; debió ser allá por los años cuarenta y tantos: Corren por La Isla los tiempos de los escalofríos y los silencios, de las alpargatas, de las toses sospechosas, de las largas colas del hambre y las beneficencias, los años de las altanerías y las cicatrices, de las caridades y las sumisiones; sólo Dios y el sol amanecen para todos. 

La Semana Santa más que una tradición, más que una manifestación religiosa es, en aquellos años, una necesidad, un desafío, una oportunidad que se le da a Jesús y a su Madre para hacerse pueblo, para que el Hijo y la Madre vean las heridas del pueblo, la pobreza del pueblo que resiste viviendo con la grandilocuencia de las verdades oficiales. 

La Semana Santa de la Isla es tan pobre como ella misma; bajo los pasos no hay más que silencio, dolor y una limosna para aliviar el hambre. Los cargadores de la Isla no saben aún del “pasito holandés” ni del “picaíto a las bandas”, los cargadores de la Isla cuando arriman el hombro a la madera tienen aún las manos calientes de las parihuelas salineras, el paso tembloroso por cansancio de la peonada y el compás abierto de guardar el equilibrio en la plancha que va del muelle al candray y del candray al muelle, tantas veces cuantas se puedan soportar, que en la cantidad de idas y venidas está el jornal, y en el jornal: la comida caliente, el jersey del niño, la medicina de la niña… Los cargadores de la Isla no cargan los pasos de su Semana Santa ni por estética ni por su sentido religioso. La religión para ellos es cosa de ricos, que son los que van a misa de once y hablan con los curas en los atrios de las iglesias. La religión es… la religión es la Virgen del Carmen o este Nazareno Viejo que siempre está de guardia a los pies de la iglesia, al que se le dan los buenos días, casi sin querer, mientras se espera el tranvía renqueante, el coche de Meléndez, o antes de iniciar la caminata por la “Cuarta”, para la Bazán o La Carraca con la talega del costo. 

La Virgen del Carmen y el Nazareno son el principio y el final del trayecto, es la fe sin teología, es la fe en la única justicia en la que hay confianza: «Jesús no aprietes tanto, afloja». Y si al día siguiente vienen mejor dadas, es Él quien ha echado una mano. Es la fe que en Semana Santa se agita porque es bueno que la Virgen pase por tu puerta, que la veas en la calle con cirios encendidos y con flores; que no importa que sean de trapo, porque a la Virgen en la calle se le mira a la cara y sobra lo demás, hasta olvidarlo todo, incluso lo que se le va a pedir con el alma en los labios. 

Pero en aquella Isla de las verdades oficiales y la grandilocuencia existe una procesión oficial; es casi un espectáculo en el que el pueblo sólo es espectador. El cortejo desfila brillante y solemne como corresponde a un acto donde acuden secciones de penitentes de otras Hermandades, donde el clero, el Ayuntamiento bajo mazas y los militares de gran gala prestan birretes y manteos, cruces parroquiales y capas pluviales, terciopelos, oros viejos, zapatos con hebillas plateadas, bicornios, bandas, levitas, condecoraciones, sables … La urna del Cristo yacente es de cedro pero ellos no lo saben, la urna es de cedro, que alguna vez doraron con panes de oro fino y que alguna mano torpe, y piadosa, cubrió de purpurina para restañar las heridas del tiempo, para disimular la pobreza de los tiempos. La urna del Cristo yacente está adornada con esparraguera verde de la que nace en macetones en los patios de La Isla. La urna tiene los cristales limpísimos en los que se refleja —multiplicada— la divina imagen. La urna está rematada por una cruz que descansa en una filigrana barroca, en una tapa a la que le falta el cristal superior porque no es necesario. 

Todo el Viernes Santo ha estado plomizo; al Nazareno le llovió de madrugada; la Soledad aún no ha salido; lo hará, como siempre, cuando pase el Santo Entierro que ya está llegando a la Plaza de la Iglesia. No cabe un alfiler, toda La Isla se agolpa en las aceras para ver desfilar el cortejo fúnebre en la tarde triste de celaje hosco y viento del sudoeste que empareja las tormentas. 

Todos miramos al cielo por donde se entinta la noche ligera. Cuando el paso del Cristo llega a la altura de andamiaje del cine que se está construyendo, se abren los cielos. En un principio el desconcierto que produce la lluvia parece que se neutraliza con la apertura de paraguas y las primeras carreras. «Escampará», se piensa. Y a pesar de las gotas, gruesas, rotundas, ninguna de las personas que forman el cortejo se mueve de su sitio, y siguen guardando las filas; pero el agua arrecia con ese desconsuelo que tan bien conocemos los isleños. Y comienza la desbandada. Primero se despejan las aceras, y, tras unos instantes de duda, toda la pose ceremonial del cortejo se desvanece, el aguacero parece disolver los portes distinguidos, la solemnidad, la bizarría, pero es tanta la fuerza del agua, tan racheado el viento, que en unos minutos el paso del Señor queda solo, absolutamente solo; la calle, la plaza —abarrotadas momentos antes— quedan vacías por completo. Ni siquiera las casapuertas del entorno ofrecen cobijo seco porque el aire y la lluvia se han hecho dueños de la tarde —noche de pronto— y baten con furia todos los rincones. La urna de Cristo —dramáticamente olvidada— parece un extraño barco en medio de la tempestad. La urna de Cristo empieza a llenarse de agua sin que nadie haga nada por evitarlo, como si de La Isla solemne hubiera nacido de repente una Isla de indiferencia, como si La Isla fervorosa hubiera dejado a Jesús a su suerte, lo hubiera abandonado y condenado de nuevo, pero esta vez a morir ahogado. 

 

Esta es la primera imagen que este pregonero guarda de la Semana Santa de su tierra. Esta impresión sigue siendo tan fuerte, a pesar de los años transcurridos, siempre que llueve con ese desconsuelo, la imagen del Santo Entierro solo, anegado, se hace presente; lo mismo le ocurre cuando advierte insolidaridad; la indiferencia o el desprecio tienen la misma imagen desoladora, como si fueran un fantasma o una alarma que el miedo enciende, o el clisé maestro de la soledad y el abandono; en cualquier caso es el paradigma de La Isla que no debiera haber existido, que no debiera existir nunca. 

Desde ese primer recuerdo, desde esa primera imagen, el pregonero, el niño que fue, creció hasta que pudo salir en una procesión de monaguillo carmelitano precisamente en la misma cofradía de su fantasma. Naveta, cirial, cruz, incensario, fueron en años sucesivos, los atributos, el pretexto para pertenecer al cortejo, para estar cerca de Cristo que seguía en su urna de purpurina entre esparragueras verdes y lirios morados. Ser monaguillo pequeño daba una relativa libertad de movimientos; recorrer la procesión de cruz de guía a cola era poder ver, como en una película rápida, las actitudes del público, el sentir de La Isla, que iba desde la distraída curiosidad al pasar los primeros penitentes, al profundo respeto a medida que se acercaba el paso de Nuestro Señor, el paso del silencioso rodar, roto por el chasquido metálico de las sonoras pisadas de los gastadores de Infantería de Marina que le daban escolta. 

Más tarde, al andar de los años y cambiar la sotana carmelitana por la túnica nazarena, esa experiencia inédita de mirar sin ser reconocido que es la primera gran sorpresa de todo penitente, en el que condensamos más magia que contrición, más espíritu maratoniano que penitencial, por estrictas que sean la reglas y dura la disciplina cofrade. Borla de estandarte, bocina, cirio, pértiga, y con ella otra visión de la Hermandad, de las hermandades, la oportunidad de acompañar las salidas procesionales de otras representando la propia, y admirar en todas la capacidad de sacrificio, la calidad humana de sus gentes. 

Pero llega un día en el que el pregonero ha de dejar La Isla; se fue sin despedirse, como el que pretende no tardar en volver, pero tardó más de veinte años. No veinte años sin pisarla, no; veinte años sin vivir su Semana Mayor. «Si la vieras no la conoces» le decían los amigos. «Tu Caridad tiene un paso de plata». «Ha salido una hermandad nueva de La Pastora y otra de la Salle y otra de la Bazán, y otra de …». Y mil detalles nuevos que hablaban a las claras de la raíces cofrades de nuestra Isla, de esa imparable ascensión para situarla a la altura en la que se encuentra. 

Durante esos veinte años de ausencia, el pregonero anda y vive la Semana Santa de otros pueblos. Fueron muchos lugares, fueron muchas formas penitenciales para adorar al mismo Dios, ya desde la magnificencia del arte más sublime arrancado de los museos, ya desde la humildísima talla románica, única en el fervor del lugar, en la única iglesia, casi fortaleza, perdida en los mares de tierra de Castilla la Vieja, sembrada en medio de sus llanuras para amparar el desamparo de ruines casas de color de llaga. Procesiones espectrales de ascéticos Cristos con el solo sonar del tambor y el bisbiseo de los rezos. Vírgenes asustadas, de manto negro, sin más adornos que su pena, sin más consuelo que las devociones que inspira. Cielos sacramentales de Hostia alta y limpia, y en sus trasluces las antorchas de llamas fantasmales y humo acre que se alía con los fríos esteparios para disimular las lágrimas. 

La Isla, en cualquier caso, aparte de referencia obligada, quedaba al otro lado de aquellos silencios, de aquellas soledades, de aquellos sobrecogedores actos de penitencia colectiva en los que muchos han querido ver una cierta teatralidad tremendista y otros una descarnada y medieval manifestación de culpabilidad, lo mismo que en nosotros no alcanzan a ver más que sentimentalismo religioso. 

Pero ninguna experiencia foránea ni ningún complejo de antaño impide al pregonero que, a su vuelta a La Isla, empiece a sonarle la música familiar. Es inevitable, pero todos llevamos esa música en nuestra propia sangre. No es el acento de nuestros paisanos, ni el tono de su voces admitiendo que cada pueblo tiene el propio, son los ecos de las pisadas, es el aire … El aire es un prodigio para avivar los recuerdos, para reconocerse a uno mismo a través del tiempo. Para un isleño distinguir el poniente del levante es facilísimo, aunque los dos sean vientos que formen remolinos con los papeles y las hojas de los árboles; pero para nosotros es definitivo pasar, por ejemplo, por la calle que de siempre hemos llamado la “Cuestecilla de la Cárcel” para saber cuál de los dos está soplando; y esto, como oír según qué campanadas de los relojes, percibir determinados olores según a qué horas, van componiendo la sinfonía familiar, la música de estar en casa. 

Porque un buen día, el retomado isleño que fue cofrade, recupera el olor perdido de su Isla en Semana Santa, para lo cual no se necesita un olfato especial porque se nota enseguida; es más, cuando faltan aún semanas y se estiran las tardes en soles perezosos, solemos decir, como en un ramalazo de deseo: «Hoy hace día de Martes Santo» «Hoy huele a Jueves Santo»; porque los isleños, salvado los temores de la lluvia, podemos distinguir el Lunes Santo del Miércoles, el Domingo del Viernes, sólo con alertar nuestros sentidos, sólo con dejar hablar a nuestra sangre. 

Dejar hablar a nuestra sangre … Esta sangre antigua que supo humanizar el dolor de Cristo, no para ser exclusivamente espectador de su dolor, sino para poder compartirlo con Él. Es el arte barroco que se alza con toda su grandeza, con todo su realismo, con toda su verdad contagiosa, sensitiva, no para compadecer al Dios-Hombre que sufre, sino para que, humanizándolo, podamos elevamos sobre nosotros mismos y unir nuestro dolor al suyo. 

Quizás este sea el secreto mejor guardado de la Semana Santa Andaluza, de la Semana Santa de nuestra tierra Quizá para aprenderlo, este pregonero tuvo que saber de la añoranza de su Isla, quizás necesitó kilómetros de distancia, años de ausencia. 

Pero al volver, La Isla ya no es la misma. La Isla ya no abre su Semana Santa con un Inocente azotado por inicuos sayones. La Isla estalla ahora en un júbilo de palmas, en el triunfo del Cristo Rey, en el andar, menudo y alegre de los niños que aún no saben que Aquél al que aclaman viene para morir. Estalla en esa confianza sin retórica, en ese torrente de fe, en esa vibración estética, en esa generosidad iluminada que no quiere saber todavía —porque son niños— del dolor de Cristo. Quien lo sabe y lo siente en su corazón es su Madre, una Estrella, una estela del Hijo, un presagio de la Pasión del Hijo en la pena de su cara, que ni su hermosura puede disimular; quien lo sabe es esta Estrella, Virgen sin lágrimas, que nos ofrece el primer pañuelo para nuestro primer llanto. El mascarón de proa de la Semana Santa isleña o, mejor, el bauprés donde se alzan valientes sus foques, es ahora la Cofradía Lasaliana. 

 

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Es Domingo de Ramos. Lo que no ha variado en la Isla es que sigue siendo domingo de estrenos: la ropa de primavera, la rebeca de entretiempo, el zapato que aprieta, el sitio en la Plaza de la Iglesia a las siete de la tarde para ver salir a la Columna. Lo que no ha variado en La Isla es el momento del primer escalofrío. En la Isla, al filo de las siete de la tarde de todos los Domingos de Ramos, azotan a todos los inocentes del mundo, a todos a los que les han decidido la muerte, a todos a los que ajustician sin justicia, a todos a los que silencian por conveniencia, o por treinta dineros. El primer acto del drama no ha hecho sino empezar, sólo ha vibrado el primer bordón de la pena. 

Domingo amarillo de sol lento, lleno de recodos de silencios. Al Hijo del Hombre le han rasgado, despojado de su túnica, pero no lo han liberado de la cruz; está abatido, tristísimo, aguardando mansamente lo que le espera, la tortura previa a la muerte que le espera No tiene escapatoria, sólo el amor al Padre, su amor al Padre va a librarlo, pero es un prisionero de los hombres, esos hombres en los que ha sembrado amor para hacerlos libres. Pero Él, el ser más libre de la Creación, es prisionero de los hombres que no han querido librarlo de su cruz. Paciente y humilde, Cristo acepta su sacrificio. Humildad y Paciencia en ese tiempo de angustia superior incluso al sufrimiento. Humildad y Paciencia a que volvamos hacia Él nuestros ojos, a la espera esperanzada de que deseemos ser verdaderamente libres. 

En La Isla se aprende a ser libre mirando la libertad del mar, en la vida se aprende a ser libre amando sin reservas. Amor y libertad son las dos palabras, los dos sentimientos que más se repiten en el Evangelio. El amor a Dios que nos hace libres, que nos libera de lo mezquino, que nos preserva de las cadenas de los poderes terrenales; el amor a la libertad que, sin embargo, nos convierte en individuos peligrosos, como Jesús lo fue contra el orden establecido. Pilatos lo sabe. Pilatos es un político que no sabe nada de Cristo pero que sí sabe de libertades y sometimientos. Posiblemente no sepa de otra cosa, como tantos políticos, pero ahí lo tienen diciendo Ecce Homo, escudándose en el pueblo, apoyándose en la ignorancia del pueblo, amparándose en el fanatismo del pueblo para ocultar su cobardía, que no hay peor cobarde que el que elige el pueblo como parapeto: «Ecce Homo», dice, y se lava las manos. 

El paso de misterio del Ecce Horno de la Isla es perfecto para revivir ese momento; frente a la vibración estética que produce, pese a la belleza de su conjunto, quizás por ese oculto misterio que subyace en la obra de arte, quizás porque el arte es cauce para infinitas interpretaciones y contenidos, puede que no sea solo movimiento escénico lo que ocurre en este paso pastoreño: En primer término, aparatoso, llamativo, flameando su toga blanca, escandalosamente blanca, Pilatos, el político, parece el protagonista; Cristo es sólo un jirón de pueblo; por no tener no tiene ni crispación en su gesto, pese al escarnio, pese a su corona de espinas, pese a la sangre que ya brota de su cuerpo. El Ecce Homo de La Isla es pueblo humillado por mucho cetro y mucho manto de soberano con que quieran adornarlo: precisamente por eso. La pureza de la toga de Pilatos es un grito sarcástico de la historia que aún perdura, por eso la pasión de Cristo no es solo un hecho histórico, un drama lejano, sino el espejo donde se refleja el drama diario de la humanidad que sufre, que sigue desgranando su rosario doloroso. 

Doloroso Lunes Santo, el lunes que se estrena el principio de nuestro arrepentimiento. Sólo hay que verlo a Él, atadas las manos, sereno el semblante, tan humilde, tan manso, tan solo, que, con sólo mirarlo, se adivina la redención, se cree en la redención. Nuestro Padre Jesús de Medinaceli tiene perdida la mirada y su corazón derramado, y parece tan frágil que más que hijos suyos quisiéramos ser padres para protegerlo, para borrarle —con amor de padres— la profunda tristeza que refleja su semblante. Medinaceli de las bajamares de nuestras conciencias, porque no hace falta que nos mire para saber que nos ve hasta el último rincón de nuestro último fondo. 

Quien sí ve a su Madre y le tiende su brazo es el Nazareno de los niños de La Isla que empiezan a ser nazarenos; Nuestro Jesús de los Afligidos. El Nazareno que a pesar de su cruz consuela a Su Madre; la Virgen que en La Isla comparte la Cruz con Su Hijo. Amargura, ¡qué nombre más triste!, qué momento más triste el de esa Virgen en el último abrazo de Su Hijo antes de morir. Con qué profundo respeto ha visto siempre La Isla el pasar majestuoso de este paso, filigrana del barroco. Dolor de Madre, consuelo del Hijo, ¡cuántos isleños hemos soñado con ser receptores de ese abrazo! ¡Cuántos hemos creído que sí, que es verdad que Cristo nos está abrazando! El Lunes Santo en la Plaza del Cristo hay que estar en los contraluces de la tarde, en el menudo paso de los penitentes de la última hornada, hay que ser padre para vigilar el cansancio del hijo, para darle ánimos, para enseñarle desde fuera a ser cofrade. El Lunes Santo hay que ser Isla para ser semillero de devociones, para llenarla de Avemarías, para hacerse toda ella calle de la Amargura. Amargura: qué nombre más triste tiene esta virgen tan nuestra, esta virgen de la que nuestra alma amarga y atormentada está deseando recibir el consuelo de su abrazo. 

Como consuelo necesita quien suda sangre en el Huerto. La pesadilla de Getsemaní está en las calles de la Isla. Por tres veces sus discípulos más queridos se han quedado dormidos mientras Jesús ora y sufre. Antes les ha dicho: «Triste está mi alma hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo.» Pero se quedan dormidos; los hombres, sus amigos, lo han abandonado. Ni siquiera cuando lo estén azotando, cuando lo estén clavando en la Cruz, Cristo sentirá más dolor; ningún dolor físico es superior al dolor del alma, ningún abandono es tan cruel como el abandono del amigo. 

Es impresionante la expresión del Cristo en el Huerto; es la misma expresión que tenemos todos en nuestro interior cuando nos sentimos traicionados, cuando nos han vendido, cuando sabemos del vacío de la soledad. La calle Ancha, la bajada de la calle Ancha, tan tópica, tan entrañable, tan arrebatada, tiene también ángulos de sombras bajo los naranjos, en las sombras que los naranjos dejan en las paredes de cal. Allí, y en todos los resquicios de silencio de su recorrido, allí hay seres humanos con el mismo gesto desolado de Jesús, con el mismo miedo, con la misma angustia. Este pregonero ha visto esas mismas expresiones en los padres que aguardan el resultado de los análisis del hijo, de la operación del bulto que le salió en el cuello; en los pasillos de los juzgados, en La Isla que sufre pese a los inciensos y las trompetas del Estado del Bienestar; esa Isla que poco a poco está engrosando las filas en las penitencias de todos sus Cristos y de todas sus Vírgenes, cuando solo va quedando la fe en Dios como único recurso. 

Pero a Cristo ya lo han prendido. Después de la zozobra, de la angustia de la espera, el sudor de sangre es un sudor frío; Cristo ya vuelve a estar sereno; ya ha puesto serenidad al impulsivo Pedro; ya ha llegado el momento de enfrentarse al dolor físico; por eso está sereno, por eso y porque ha aceptado la voluntad del Padre. El rumor de pisadas, el tropel de gente armada ha penetrado en el Huerto para prenderlo como un peligro público, como una amenaza. Todo a ras de tierra, sin arrogancia y sin heroísmo, con la alevosía de la nocturnidad y la traición del hermano. La inquietud ha dado paso a la serenidad, esa impresionante serenidad de Jesús cuando penetra majestuoso en el Parque, en nuestro Parque; toda La Isla es Getsemaní, toda La Isla quisiera rescatarlo viéndolo entre la maraña de árboles y luna, entre las sombras y las flores recién nacidas, toda La Isla prendida en su magia en el andar, en su mirada perdida que busca sin esperar nada; La Isla entera empieza a comprender la sinrazón de las injusticias; La Isla se conmueve porque ni sabiendo que la muerte final es inevitable, que es su muerte la que nos salva, ni siquiera así, La Isla puede evitar el grito sin voz que lo proclama víctima inocente. 

Pero el Martes Santo hay otro grito dolorido, un grito que recorre nuestras calles estrellándose en las aristas de las almenas, cabalgando en los ecos que se pierden en la bahía. ¿Un grito, o quizás es el silencio que produce la incredulidad y la tragedia? Los únicos que quizá puedan decírnoslo sean los que han tenido un hijo muerto en sus brazos. Grito y silencio; las dos cosas. Grito, como un cuchillo que corta la confianza en Dios. Silencio porque en ese instante parece que Dios no existe. Así recorre la Virgen nuestras calles, con el Hijo irremediable, inexplicablemente muerto en su regazo. Podía haberse llamado Angustias pero le pusieron Caridad, dicen que por la ascendencia cartagenera de su primera Junta de Gobierno, y qué curioso que, al correr del tiempo, Caridad sea una de nuestras cofradías más isleñas. 

Comprenderán que para este pregonero, Caridad forme parte de su melodía familiar, que se vea a él mismo con dieciséis, diecisiete años … «¿Me compra una papeleta para la Virgen de la Caridad?» ¡Cuántas veces repetida esta cantinela! O esta otra: «Buenas tardes, venimos postulando para la Virgen de la Caridad.» Subir escaleras; entrar en los vericuetos de los patios de vecinos; irrumpir, llenos de vergüenza, en aquellos talleres de costura, donde las modistillas ponían todo su empeño en dejar azorado al más lanzado, ¡y vaya si lo conseguían! Llegar a las casas, ser recibidos, en algunas, con mucho misterio; en otras, con toda la confianza, como si nos conocieran de toda la vida … entrar hasta la cocina …, ¡ ayudar a pelar un pollo…! Música familiar en el tejido de cáñamo y seda de La Isla, donde a los postulantes hasta nos invitaban a café; y porque siempre llevábamos prisa, que si no hasta café con leche y migote, o una tacita de caldo del puchero. 

Cáñamo y seda, como sus gentes, su historia, sus calles… que la Isla tiene aún calles recoletas que ni los especuladores contumaces, ni los controvertidos planes urbanísticos han podido matar del todo; pasear por ellas, sobre todo a determinadas horas del día o según en qué épocas, nos transportan a esa otra Isla que este pregonero se empeña en ver latiendo bajo la enfática ciudad de San Fernando. Sin embargo, sí es cierto que existen rincones, vericuetos de calles donde el tiempo se ha quedado prisionero, como en los baúles de los recuerdos. 

Casi todo el itinerario de esa Virgen bellísima, esa dolorosa de soledad y silencio que es la Madre Amable de la Isla, discurre por esa urdimbre añeja de calles entrañables y sin profanar que sirven para que el encuentro de la Señora sencilla con las devociones sencillas se produzcan en la intimidad, como las oraciones que nacen del corazón, como las oraciones que no se rezan sino que se sienten al compás de los pulsos. 

Los siervos de María, la orden de los Servitas, desde el viejo corazón de La Isla, nos arrastra, nos remonta a La Isla eterna que no quiere morir porque vive en el espíritu joven de los cofrades, en la fe sin heraldos ni trompetas, en la humilde elocuencia de la plegaria y de la ascética humildad de la Madre Amable a la serena muerte, a la severa muerte del Cristo castellano que le da norte a toda la Isla que mira al norte, donde se cuajan de frío los aires salados de la bahía. 

El pregonero no puede olvidar que a las plantas de este Cristo, en su iglesia, recibió el sacramento de la confirmación, junto a cientos de niños, de diez, once años, todos atemorizados por la supuesta severidad del obispo, por su mitra blanca, por sus misteriosas gafas de cristales amarillos. Es lógico que ni el tiempo transcurrido haya borrado la imagen de aquellas extrañas gafas ni la expresión de aquel Cristo, su mechón de pelo quieto, la quietud de su muerte reciente. Tampoco es extraño que aquel amarillo obsesivo sea un puente con el amarillo abacá de la faja de los penitentes más severos de la Isla, y la severidad infundada de aquella ceremonia se asocie a la severidad cierta de esta cofradía, anhelo de tantos, espejo de todos. Porque al verla cada año, a los isleños que venimos de lejos se nos despierta la Isla dormida que llevamos dentro. 

Era costumbre común en muchos padres considerar ya hombre hecho y derecho al hijo en el instante mismo en el que, alargándole la petaca, compartían juntos el primer cigarrillo. La edad podía oscilar; para unos el momento justo era el abrazo apretado después de la Jura de Bandera; para otros, mucho antes de esa mayoría de edad oficial: la emoción del primer jornal tempranero del hijo, motivo sobrado para compartir el tabaco del padre. Pero aquí, a falta de uno u otro momento, el certificado válido para demostrar que ya se había llegado a hombre era poder salir de hermano de fila en la Vera Cruz; en La Isla era tanto como la prueba de fuego de la hombría: que se podía asumir la disciplina del silencio, del recogimiento, de la penitencia en suma. 

Este pregonero recuerda a un amigo en ese trance de ir por primera vez al almacén de la hermandad a recoger su túnica. Fuimos tres o cuatro íntimos a acompañarlo, todos más pequeños, envidiosos, envalentonados y con la seriedad de los que acompañan al que se va a examinar, o al novillero en su debut con picadores. Al llegar a la esquina del almacén, después de un momento de duda nuestro amigo, armándose de valor, dijo: «Dejadme solo». Cuando volvió con su . túnica bajo el brazo, ya era otro, él había demostrado que había llegado a hombre, y aquel año lo seguimos de lejos, como si fuera un héroe de leyenda. ¡Cristo de la Vera Cruz!, crisol de hombres de la Isla. 

Como esos otros hombres, enteros, curtidos por el trabajo pero alumbrados de la juventud de mil primaveras, que nos traen desde tan lejos a Jesús del Gran Poder y a su madre del Amor, la virgen que tiene palio transparente para que la besen los soles de la tarde. 

Dicen los sociólogos tratadistas de la Semana Santa que las cofradías, tradicionalmente, han servido como lanzaderas, como nexos de unión entre los barrios periféricos y el centro de las ciudades. En La Isla, los barrios los tuvimos siempre tan a mano que nunca llegamos a notar este fenómeno. Pero seguro que los tratadistas, al hablar de barrios se refieren a esos mazacotes de edificios, poblados por gentes de mil orígenes que vienen atraídas por los reflejos de las ciudades y que en ellas encuentran trabajo y acomodo, aunque añorando siempre la tierra de donde vinieron. También pueden referirse a esos otros, vecinos de circunstancias, que usan el barrio como solar de dormitorio hasta convertirlos en guetos insolidarios. La Barriada Bazán no se amasó de ninguna de esas formas. La Isla, un buen día, se cansó de vivir en accesorias, en patios de vecinos, en chabolas de latas encaladas, porque el sudor del trabajo honrado es incompatible con la miseria; así nació la Barriada, que no hace falta añadirle nada más para entendemos. Y ese trozo de Isla nueva, al pasar los años, nos regaló un cristo con nombre de ecos universales. Gran Poder no es un nazareno abatido por el peso de la cruz. Gran Poder es un cristo vertical que soporta todo peso con rictus de tristeza pero sin descomponer la figura, como cualquiera de sus vecinos de Barriada, como todos los que se sacrifican en silencio, como todos los que quieren vivir con dignidad, como todos los que defienden sus derechos, soportando el peso de la cruz por negarse a ser sobornados, por ser fieles a sus compromisos, leales con la conciencia propia, por estar amasados con la casta de los que no se rinden, de los que van derramando sus vidas en las vidas de los demás, para que los demás florezcan. Cristo del Gran Poder, cristo vertical del Gran Poder que da su vida por defender las verdades que no necesitan ni de intermediarios ni de pregoneros. 

La Isla siempre tuvo tres puertas que daban a la mar, tan cerca y tan lejos siempre. La primera a los pies mismos del Ayuntamiento, el Zaporito, abrigado de serrerías, de varaderos con carpinteros de ribera y candrais de saladas bodegas; la segunda, Gallineras, salpicada de casas humildes, como un rosario de miserias y una flota de faluchos para la bajura del palangre; la tercera, en un barrio hecho entre huertas y chumberas, entre la pólvora de Fadricas y la Fábrica del Taller de Torre que bordaba el trabajo artillero: La Casería, la puerta abierta al mar que siempre estuvo cerrado para la Isla, el mar de la bahía, más paisaje de fondo que realidad tangible. Pero La Casería, tan olvidada siempre, nos devuelve un Cristo que viene perdonando, un vía crucis salpicando su camino, reguero de piedad para ir y para volver, para que dos pedazos de Isla puedan abrazarse rezando. 

¡Qué bonito hubiera sido que le cuajara el nombre de Cristo de los Navegantes!, aunque Perdón sea la palabra más hermosa que, junto con amor, jamás se haya escrito. Nuestro Cristo del Perdón es un cristo de pecho abierto, no es un cuerpo exangüe clavado a un madero, es un cuerpo triunfante pese a la muerte próxima, triunfante porque muere perdonando. A pecho abierto, como se reciben los golpes de la mar embravecida, como afrontan los sacrificios los corazones generosos que saben perdonar. 

Y, sin darnos cuenta, qué callado, qué suave se nos vino el Jueves Santo con el Perdón como Cruz de guía, como presagio de la madrugada de las madrugadas. Qué serenidad de Jueves Santo estirando su crepúsculo en el bullicio de la Isla, en el horizonte de mantillas, en el runrún de la calle, presagio de los grandes acontecimientos. Qué reflejos de luces violeta en las almenas altas, en la espadaña de la iglesia pastoreña cuando, morado sobre oro, el Cristo de la Misericordia emboca la Plaza. Jesús de la Misericordia tiene la limosna de una ayuda forzada, que le dura poco; Simón “el Cirineo” viene del campo, de sus labores, de sus asuntos, y se encuentra con Él camino del Calvario. Simón es fuerte, y es requisado para aliviarle de su pesada carga, para que Jesús no muera por el camino. Nada dice el evangelio si, además de fuerza, Simón tuvo compasión de aquél inocente, o si sólo tuvo el compromiso obligado. No sería de extrañar porque suele ocurrir: Simón y todos los que ayudamos por compromiso, todos los que ayudamos por rutina, de cara a la galería … porque no es tan difícil acallar la conciencia, total … por una vez … ; pero esquivando el corazón, volviendo el rostro, aprovechando que no nos vea nadie. Pero la Santa Mujer Verónica ha impreso en su lienzo el rostro de Aquél que está sufriendo, un lienzo que es el espejo del sufrimiento; quizás si una Verónica implacable imprimiera el verdadero rostro de cada uno de nosotros … quizás huyéramos despavoridos, quizás no tuviéramos otro refugio que la Piedad de la Madre, o perdemos por las calles de La Isla llenas de Cristos en esa noche santa, en esa noche mágica que será pequeña para contener los suspiros, para llenarla de plegarias, para esconder todas nuestras mentiras, para cerrar los oídos y negar el grito de Jesús que está expirando. 

Silencio. Las calles se ponen propicias al paso del Cristo del Silencio. Sólo se oye el crujir de la cruz, el rozar de los pies, el jadeo de los cargadores y esa música que es lamento, o vuelo bajo de tristeza, o viento frío que hiela el alma. Silencio. Sólo se oyen nuestras conciencias dormidas, los propósitos fallidos, los recuerdos olvidados que reviven al paso de este cristo de nuestra infancia, el primero que nació en la Isla, al que llegamos a rezarle con la fe sin dudas, hermosa y primeriza; al que engañamos con aquellas promesas que nunca fuimos capaces de cumplir, porque nos perdimos en otros saberes más complejos, porque bebimos en otras fuentes más profanas, porque perdimos el pulso de nuestra vida o, ¡quién sabe!, si nuestra propia vida so pretexto de intelectuales sofismas. 

No. No todo es candelería de plata y cimbreo de varales en nuestra Semana Santa; estamos obligados a proclamarlo, a gritarlo si preciso fuera para que no nos confundan, para que no nos ofendan cuando quieren reducimos a “sentimentaloides” religiosos, a maquilladores de imágenes, a masoquistas del dolor y de la sangre. 

Tenemos que gritar sin voces cómo nos consuela acompañar a una virgen triste, que llora por el Hijo que aún no lleva delante y que a pesar de todo nos sonríe, nos anima porque nos sabe, ¡tan desamparados … !, que nos da su manto protector, su regazo de madre para descansar en ella este cansancio de días iguales, esta angustia pequeña que nos roe, este egoísmo que nos rinde. Desamparados, sí, si no hubiera Dios ni cielo que nos redimiera; Desamparados, nunca, si hay Madre que nos consuele. 

Pero aún hay tiempo. A las dos sonarán las campanadas y un rayo de luz herirá una cruz en el dintel de la iglesia. La Isla será ayer, La Isla se hará eterna. Cuando Jesús predicaba en Galilea, las gentes lo seguían, allá por donde Él iba, tras sus palabras de amor y esperanza; familias enteras, con los niños dormidos en los brazos, abandonaban sus casas para estar cerca, para poder tocarlo. ¿Qué ha variado desde entonces en esta madrugada isleña? Desde el fondo de las Callejuelas, desde las Gallineras de fango y de salitre, desde las huertas de la Marquina y el Pedroso, desde la Ardila hasta la Casería, familias enteras, abrazadas a sus niños dormidos, querrán abrazarlo a Él, un año más; algunos llegarán renqueantes porque los años no perdonan, pero no pueden fallar, por si es el último, porque están convencidos que Jesús pasa lista, porque están seguros que su Nazareno sabe el nombre y el apellido de cada uno. Los escépticos dirán que es fanatismo, pero, ¿qué ocurre cuando no hay más esperanza que Dios? ¿Qué se puede hacer cuando Dios es el último recurso? Este pregonero quisiera poder describir a esa Isla extasiada, sonámbula, fervorosa que sigue a Jesús Nazareno, que espera a Jesús Nazareno, que parece que no mira, pero que siente cada mirada, que oye cada ruego, que lleva en su Cruz el dolor de La Isla. Al Nazareno se le sigue o se le espera a pie firme, perdido entre las gentes y la obscuridad, para verlo avanzar despacio con su paso estremecido, para rezarle sin palabras, para pedirle con el alma; como aquel hombre recio, inolvidable, que sin darse cuenta de que hablaba en voz alta empezó a decir: «Padre nuestro Nazareno que estás en los cielos, santificado sea Tu Nombre … Santificado sea Tu Nombre … Padre mío que estás en los cielos… Padre mío, Nazareno, ¡ayúdame!, que se me ha olvidado el Padrenuestro, pero ayúdame que no puedo más … ¡Que no puedo más! … 

¿Y esto es fanatismo? ¿Existiría la desesperación si fuéramos solidarios? ¿Qué grado de soledad tendría aquel hombre que lloraba sin saberlo? ¿Es que el abandono, la soledad, el dolor de aquel hombre no compendiaban toda la Pasión de Cristo? ¿O es que la Pasión de Cristo sólo queremos verla desde los folletos turísticos, desde los carteles de colorines, desde las tribunas confortables, desde el fenómeno económico que provoca? 

Madrugada de las madrugadas. Calles de La Isla, Viernes Santo de Cristo Nazareno, siguiendo al Cristo Nazareno, roto por los quejidos de las saetas, saetas que no son concesiones de los cantaores meritorios que buscan los aplausos, sino auténtico llanto quebrado, música seca del corazón del pueblo que llora cantando. Madrugada de las madrugadas en los primeros escalofríos de la aurora, cuando el Nazareno remonta la cuesta de Capitanía y la música calienta el sudor de los cargadores, y se disipa el cansancio de la noche, y una pleamar de almas se agita cuando Jesús llega a la plaza Ya es de día, el primer sol le sirvió de aureola mientras subía y, ahora, en ese fondo frente a su iglesia, le borra las sombras y el frío de la noche. Durante la madrugada lo han llenado de rezos, lo han traspasado de miradas que fueron plegarias, que fueron besos. La luz de la mañana deja ver un amasijo de pena y confianza, toda la calle es un reguero de esperanza renacida, porque ahora, ahora sí podemos creer, creemos firmemente que Jesús atenderá nuestros ruegos, nos hará mejores, resucitará glorioso, en cada uno de nosotros. ¡Nazareno de la Isla, amor de la Isla nazarena! 

Cuando se cierran por fin las puertas, la Plaza de la Iglesia se queda sola; la Isla, que veló la madrugada, está llena de imágenes imborrables que se guardarán en los recodos de la memoria para rescatarlas cuando sean necesarias: cuando cunda la desesperanza y flaqueen las fuerzas. La Isla, con el sol puesto, busca en el silencio el descanso de toda la noche a cuestas. 

Y llega la tarde. Cristo ha muerto. Lo llevan en un lienzo blanco; lo sabe la Virgen de nácar que lo sigue en la distancia, que lo lleva en el corazón, como cada isleño lleva a esta Soledad, compendio de todos los dolores, de todas la amarguras, de todos los desamparos de todas las vírgenes de La Isla. Hubo un tiempo en el que esta Soledad, tras la urna del Hijo, llegaba hasta el Carmen, y cuando el Hijo entraba en su iglesia, a Ella, al intentarlo también, le cerraban la puerta. Y llamaba. Por tres veces llamaba y por otras tantas se entreabrían las pesadas hojas claveteadas, para volver a cerrárselas con brusquedad en el momento en el que a la Señora parecía que por fin iban a dejarla entrar. La última de las llamadas, el eco de los golpes, se perdía en la noche, como las lágrimas de los que vivíamos aquellos momentos, como la Virgen, más Soledad que nunca, que volvía sobre sus pasos, no a hombros de sus cargadores, sino sobre los corazones entristecidos de los que la acompañábamos hasta su templo. Virgen de la Soledad: esencia de la ternura y el señorío de La Isla 

Han pasado muchos años desde aquella tarde desolada del abandono del Cristo yacente entre la tormenta y el fuerte aguacero. Pasaron, también, aquellos en los que este pregonero fue un granito en el reloj de arena de esta hermandad, como pasó el tiempo de la ausencia, como vive ahora el de los encuentros con las viejas devociones, con las viejas emociones que son más hondas cuanto más familiar es la música que las acompaña Por eso sigue a su Santo Entierro desde lejos, por eso lo ve pasar en los ángulos muertos de las sombras, porque en la intimidad de sus recuerdos está la lágrima indiscreta, la oración sin palabras, el orgullo de haber ayudado, siquiera un poco, a vencer los tiempos difíciles que otros han sabido multiplicar en esplendor, austeridad y recogimiento. Es el misterio que guardan las imágenes que nos enseñaron a querer desde pequeños, es esa otra dimensión, más allá de sus límites físicos, que las convierten en espejos de lo que fuimos, porque esas queridas imágenes, no están talladas con gubias de acero, sino con nuestras propias plegarias, con las de nuestros padres, y basta mirarlas para reconocer bajo el estuco, grabado a fuego, el avemaría, la salve de nuestra madre, aquella vez ¿recuerdas? , aquella vez que tuvimos tanta fiebre… cuando su oración era la sobredosis de fe, de confianza en lo divino, que las madres siempre añaden al tratamiento del médico. 

Es bueno, y necesario, que nuestro Señor del Santo Entierro siga teniendo una urna de cristal. Es bueno y necesario que nuestro Señor del Santo Entierro siga teniendo una urna de cristal para poder contemplar su muerte dulce, para consolamos con la dulzura de Su Imagen. Es bueno y necesario que nuestro Señor del Santo Entierro tenga una urna de cristal para que siga reflejando, multiplicada, esperanzadoramente, su muerte imposible. 

Y llega el último acto del drama. Casi veinticuatro horas después de aquellas dos campanadas tumultuarias, sonará, en los linderos del Parque, la campana de la pena, la última campana del silencio, y una Virgen, patéticamente sola, buscará a su hijo por las calles de La Isla, dejando a su paso un reguero de rezos, una angustia desolada, un frío de distinta madrugada, un dolor sin gemido, seco y desesperado. 

Sobre su paso breve, desprovisto de filigranas de plata, de cincelada candelaria, sin terciopelos bordados, sin repujados jarrones de flores exóticas, la Virgen buscará una respuesta imposible a su pregunta angustiada, mientras la acompañarán todas nuestras preguntas sin respuesta: El porqué seguimos crucificando a inocentes, el porqué de los desamores, el porqué de las guerras, el porqué de la droga, el porqué de las injusticias, el porqué de las traiciones, el porqué de las venganzas, el porque de los odios … el porqué, Dios mío, ¡por qué mueren los niños! 

No, no está sola la Virgen del Rosario Doloroso, sobre Ella, como la cruz del Hijo, lleva todas nuestras preguntas sin respuesta y también la respuesta que nosotros sabemos y Ella todavía no: que el sufrimiento está llegando a su final, que ya sabemos, que su Hijo resucitará, que nos dará a todos vida eterna. Pero Ella no nació sólo para alumbrar a Cristo, no nació sólo para amamos, sino para ofrecemos también la última lección con su dolor hasta el límite: a pesar de ser Ella tendrá que beber hasta la última gota amarga de su cáliz, como cada uno de nosotros tendremos que apurar el nuestro. 

Desde el Domingo de Ramos, cada hermandad ha sido una manifestación de piedad, un asombro, una punzada en cada conciencia que la fe, la sensibilidad y el arte se han unido para socavar altanerías, para abatir orgullos, para desterrar egoísmos, para elevar nuestro dolor al dolor de Cristo; desde el Domingo de Ramos, cada hermandad ha ido sembrando la Isla de momentos sublimes para que nos encontremos con las verdades sencillas que nos son tan necesarias, para llegar, bautizados de nuevo, a ese otro domingo triunfal que se aproxima donde cantarán alegres los gallos de todos los arrepentimientos; desde el Domingo de Ramos todas las hermandades han unido su fuerza para canalizar un único torrente que nos lava y purifica, que nos prepara para la redención prometida. 

Pero como el apóstol incrédulo, tendremos que ver a Cristo resucitado, para afirmar que ha renacido la primavera, que la paz es posible, que la libertad no es un sueño, porque todo eso, es decir Cristo vivo, o renace dentro de nosotros y lo reconocemos en nuestros semejantes, o no lo tendremos en ninguna parte. Tendremos que meter nuestros dedos, no en el costado de Jesús, sino en nuestro propio costado para que mane la sangre mala que nos sobra, la mala sangre que nos pudre, que nos impide el perdón sin condiciones, el olvido de la ofensa que nos impide el abrazo fraterno. 

Aún estamos a tiempo. Desde este Domingo de Pasión, pórtico de la Semana Santa, se nos abren dos caminos para salir al encuentro del Dios que quisimos humanizar con la fuerza del realismo, con la dramática imaginería del barroco para hacerlo más próximo, más comprensible. El primer camino se queda en el plano de la estética y corremos el riesgo de convertirnos en sibaritas de los sentidos, espectadores de la armonía, degustadores de la belleza, jueces de lo superfluo, usuarios exclusivos y excluyentes de las tradiciones auténticas o inventadas. 

El segundo camino es mucho más sencillo, para el que no se necesitan ni erudición específica, ni estar en los secretos de cánones estéticos, ni siquiera se precisan especiales conocimientos teológicos; bastará con que asumamos que somos, a un tiempo, látigo que golpea y carne dolorida, verdugos y víctimas, Cruz de Cristo y lágrima de Virgen. Bastará con que las trompetas no las empleemos para mecernos complacidos, sino para despertar muestras conciencias. Bastará que las llamas de los cirios no sean recurso efectista, sino hogueras del testimonio de nuestra fe. Bastará que las ascuas y el incienso no sean exclusivamente difusores de olores exóticos, sino fuego cauterizador y esencia de nuestras almas purificadas. Bastará que la Semana Santa no sea solo un rótulo de purpurina en un cartel, sino huella cristiana de nuestra existencia. 

El niño de luto del principio, aquel que sin pretenderlo, hace, ¡cuántos años!, oyó su primer pregón, a buen seguro que está hoy, aquí, tan asustado como entonces, tan encogido como entonces, tan asombrado como entonces. A lo mejor está escondido en uno de esos recodos de nuestros disimulos, a lo mejor acusándonos de nuestras tibiezas, a lo mejor dolorido entre los recuerdos del ayer imposible, a lo mejor decepcionado porque este pregón no le ha inquietado como aquél que le rasgó el velo de su impunidad, a lo mejor porque este pregonero no ha sabido cantar con versos consonantes a los cristos y a las vírgenes de su tierra, porque ha pretendido y preferido mostrar otra cara de La Isla: La Isla del sufrimiento y del sentimiento, la Isla de los temores y las soledades, La Isla de las devociones y los silencios, la que sólo encuentra consuelo en sus cristos y sus vírgenes, la que ve en el dolor de sus Cristos su propio dolor, y en las lágrimas de su Vírgenes sus propias lágrimas, la que ve en su Semana Santa una oportunidad para su arrepentimiento y para encontrarse con su Dios olvidado, con su Dios necesario. 

Y quizás se repita la historia. Para unos llegará el Domingo de Ramos para adoptar las mismas posturas, para aceptar las mismas frivolidades, para repetir los mismos gestos vacíos mientras se ahoga al niño de nuestro interior que aún tiene capacidad de asombro, capacidad de dolor; para otros, será el momento de aferrarnos a él como único recurso, como única credencial de inocencia para presentarnos ante el Cristo que resucita, ante el Cristo que nos redime, ante el Cristo que nos salva. 

Si así fuera, florecerá la sonrisa del alma de La Isla y voltearán jubilosas todas sus campanas.

 

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