En la Iglesia del Carmen de San Fernando, a 6 de Octubre de 2001
Nos llegó por el mar, por la mar, por ese latino caño de mar que a La Isla besa, la abraza y la corona.
Trescientos vecinos salen a recibirla. Toda La Isla.
Corre el año de 1680.
“Amaneció y hizo un día como de María Santísima”. Así empieza el P. Gerónimo de la Concepción su visión de aquella jornada memorable, el primer acontecimiento realmente histórico que vive la Real Isla de León, caserío disperso que por primera vez se congrega ante una llamada, y ha de ser en torno a la Madre que les llega por el mar, por la mar, como todo lo que en La Isla ha tenido importancia.
Y sigue relatando el cronista: “Soldados bien vestidos y jubilosos, personas de cuenta, seglares y religiosos, y todo el vencindario, vestido cada uno a lo muy decente y representando devotamente sus oficios. Banderas, tambores, pífanos, cohetería, lauretana letanía, cánticos religiosos…”
Es María Santísima del Carmen la que ha llegado por mar, la que viene a hombros de sus hijos, camino real adelante, desde el Puente Zuazo hasta su casa, hasta su primera casa en La Isla, precisamente a esta Isla que en ese momento puso a andar su corazón, a esta Isla que desde entonces tuvo alma.
Rvdo. P. Prior, Ilmo. Sr. Alcalde, Excmo. Sr. Almirante Jefe de la Zona Marítima del Estrecho. Comunidad de PP. Carmelitas. Venerable y Real Hermandad de Nuestra Señora del Carmen Coronada. Venerable Orden Tercera. Dignísimas representaciones religiosas, civiles y militares. Queridos todos en el regazo de Nuestra Madre.
Debo comenzar diciendo que me siento emocionado y confundido. Emocionado por estar hoy aquí; por comprobar que los sueños se cumplen; por sentir que la gratitud es un sentimiento que no aflora exclusivamente por las palabras ni por las actitudes, sino que termina saliendo por todos los poros, como si de pronto se volviera uno transparente, que es como se debiera ser siempre, que es como nos ve la Virgen aunque nos escondamos, aunque lo olvidemos.
Mi gratitud, en primer lugar, a esta Virgen por dejarme aquí cincuenta años después de verla coronar; por permitirme llegar a este día para poder contarlo; también por hacerle creer a la Junta de Gobierno de la Hermandad que podría hacerlo —no sé todavía si esa decisión fue una recomendación de Ella, un acto de fe de la Junta, un atrevimiento o las tres cosas—; y, por último, mi agradecimiento más profundo, por sus cariñosas palabras de presentación, a Salvador Fornell, amigo de siempre y vecino de enfrente, como él ha dicho, reflejo multiplicado hoy del niño bueno que siempre fue; Hermano Mayor al que se le nota, no sólo que ama a la Virgen, sino que vive y ha vivido siempre pared con pared con Ella, y esto es evidente que imprime carácter, hasta el punto de conseguir que a golpe de trabajo y de humildad, a base de saber contagiar la devoción que le tiene a nuestra Madre, le esté devolviendo a la Hermandad el empaque especial que siempre tuvo y en el que nos miramos con orgullo todos los isleños; empeño que secunda una Junta enamorada de Ella, sin más norte que Ella, y que tutela, cómo no, esta Comunidad heredera del espíritu de la santa de Ávila y del santo de Fontiveros. No hay nada como nacer con la mística más sublime en el corazón, que imprime eternidad a lo que se siente, y con la recta eficacia en el cerebro, que es la forma más realista de andar entre pucheros. A la vista está el esplendor que el convento y esta iglesia han recobrado.
Gracias por tanto a la Comunidad y a la Hermandad, gracias al P. Francisco y a Salvador, no sólo por lo que hacen, sino por el ejemplo que nos dejan.
Pero decía que estaba emocionado y confundido.
Mi emoción —que nace de mi agradecimiento—, he tratado de explicarla; pero hacer lo mismo con mi confusión se me antoja tarea más complicada, sobre todo porque mi compromiso es pronunciar el Pregón del Cincuentenario de la Coronación canónica de nuestra Virgen del Carmen y, a estas alturas, a pesar de que he pronunciado algunos, todavía no sé qué es un Pregón.
Se supone que es difundir, comunicar, propagar las excelencias de algo, o explicar por qué ese algo es excelente. El problema, como siempre, creo que radica en el lenguaje, que es lo único que puede magnificar lo sencillo y arruinar lo más sublime. Ese es el peligro. Ese es el riesgo. Ese es el reto.
Desde este mismo lugar que hoy ocupo, desde ese púlpito, que ya es reliquia, han hablado grandes oradores, los más revestidos de capa blanca y elocuencia, pero todos iluminados por la Santísima Virgen del Carmen, todos dispuestos a contagiar su amor por Ella. Sin embargo desde que la figura del seglar ocupa estas cátedras, se produce una ruptura entre lo que se consideraba magisterio, tan necesario siempre, y lo que, por ganar en horizontalidad participativa, pierde calado quizás porque sea fácil confundir, e interpretar, que el lenguaje consiste en la capacidad de adjetivar, como si un discurso, un pregón, fuera sinónimo y retahíla de calificativos arrebatadamente ponderativos encajados a martillazos.
Decía el P. Francisco, nuestro Prior, en su felicitación a la Virgen este último 16 de Julio, que no pocas veces, cuando se acercaba a esta capilla para rezarle, para pedirle, para agradecerle algo a la Señora, con solo mirarla se le olvidaba todo para repetirle mil veces lo único que pasaba por su corazón: “Guapa, bonita, te quiero”. Para qué más. ¡Qué pregón más simple, pero qué lleno de contenido!
Yo no sé si la Virgen detesta algo, supongo que no, pero como ser humano que vivió siempre en la verdad, creo que no es aventurado pensar que si algo rechaza es el fingimiento, la artificiosidad, lo rebuscado que, evidentemente, se aparta de ese “guapa, bonita, te quiero” que suena tan sencillo, tan natural, pero tan importante como un latido del corazón.
No sé por tanto qué es un pregón o, mejor, no sé si voy a poder llegar a la rotunda claridad de ese “guapa, bonita, te quiero” del P. Francisco, pero voy a intentarlo de la única manera que sé: poniendo mi corazón más allá de mi discutible elocuencia, con la voluntad de dejar un reguero de pistas para que todos podamos reencontrarnos con el diálogo sencillo que La Isla, hace cincuenta años, estableció con su Madre, ese diálogo íntimo qué movió a este pueblo a ser tan unánime como aquél que en 1680 sólo tenía trescientas almas.
Todo empezó en la Junta Nacional de Delegados del VII Centenario del Escapulario del Carmen. Fue el P. Leandro de San José el que propuso la idea de iniciar las gestiones para coronar a la Virgen del Carmen en los tres Departamentos Marítimos de España.
Cuando llegó a este convento la copia circular del acta de la reunión de Delegados, otro carmelita con la advocación de San José, el P. Vicente, Prior entonces de esta Comunidad, apoya, promueve y canaliza este deseo. Comunica la decisión de la Orden a la Venerable y Real Hermandad del Carmen isleño, que hace suyo este proyecto y, codo con codo, como una onda expansiva, empiezan la tarea de interesar, de contagiar al propio Clero secular, al Ayuntamiento, a la Armada, y a todas las entidades locales de mayor significación. De ahí a que la chispa prenda en el pueblo sólo hay un espacio tan breve de tiempo que aún hoy, que tanto hemos avanzado en rapidez de comunicación, asombra comprobar el tiempo escaso que media entre la primera reunión de la Comunidad con la Hermandad hasta la Coronación, teniendo que elevar preces a Su Santidad y coordinar tantas instituciones religiosas, civiles y militares. Pero todos asumen su cometido como si de cada uno de ellos dependiera llevar a buen puerto la idea. El eco es extraordinario. Los Departamentos Marítimos de El Ferrol y Cartagena no pueden coronar a sus vírgenes porque allí no están presentes los carmelitas. (Después volveré sobre esta circunstancia). El Ayuntamiento de La Isla abandera y respalda todas las iniciativas y, a pesar de la precariedad de sus medios, hace mil equilibrios para ayudar allí donde puede, allí donde debe. La Isla, pues, se convierte en el centro carmelitano de España y la Armada se vuelca ‘en esta imagen’ como en 1901 lo hiciera para hacerla su Patrona.
Hasta aquí, sucintos, los datos imprescindibles para fijar el punto de partida. Pero el trasfondo es otro. Quisiera poder describir cómo era La Isla aquella de 1951; cómo, sin pensárselo dos veces, reacciona igual que en aquella ocasión de 1680, con la misma unanimidad; pero también quisiera saber contestar al porqué La Isla corona a su Virgen, qué consigue coronándola.
La penuria siempre es triste. En 1951 La Isla es un pueblo triste. Es un pueblo que madruga mucho y se acuesta cansado. Es un pueblo que todavía no se ha desprendido del manto de la pobreza; donde los civiles viven de cortos jornales y de pagas escasas los militares, pese a sus uniformes y sus medallas. La Isla es un pueblo sin estridencias, dócil y escalafonado. Sus asuetos de verano están en los baños en los caños que la rodean, en los cines de verano y en las tertulias nocturnas en las casapuertas cuando no se presenta el levante. Los asuetos de todo tiempo, dependiendo de la clase social, se sustenta en la calle Real, paseo arriba, paseo abajo, saludándose ceremoniosamente los unos a los otros, tres, cinco, diez veces, cada vez que se cruzan. A veces, los domingos invernales de sol tibio, la Marina regala un concierto de Banda en el templete de la Alameda. A veces, al Teatro de las Cortes llegan compañías de teatro, de zarzuela, de revista, para satisfacer a todos los públicos. Las fiestas nacionales se celebran con desfiles y misas de campaña. La Semana Santa no deja de ser la expresión de unas devociones necesarias porque Cristo es el último recurso.
La Isla es un pueblo triste, pero la Iglesia también. En La Isla está entronizada la rutina, y en la Iglesia también. El hombre, para la Iglesia, todavía es un saco de pecados en vez de un fragmento de lo divino, portador de vida eterna. A la Iglesia le falta alegría y cuando perdona, parece que lo hace a regañadientes, y eso se nota en la severidad, en la frialdad de su talante. Aún quedan más de diez años para el Vaticano II, tan necesario y tan vital para que la Iglesia fuera algo más que ritos, para que se persuadiera de que este valle no tiene por qué andarse sólo con lágrimas, sino con la alegría que proporciona la fe y la esperanza.
La Isla, casi diez años antes de que esto se produzca, tiene ocasión de comprobarlo, de vivirlo, gracias a la Coronación de su Virgen del Carmen.
Un buen día se empieza a correr la voz de que hay que coronar a la Virgen, de que los carmelitas, los señores de la Junta de la Hermandad, el Ayuntamiento y la Marina están trabajando para que la Virgen sea coronada. Y La Isla no quiere quedarse atrás, no quiere ser sólo espectadora de un acontecimiento que le corresponde por entero; se trata de su Virgen y quiere estar presente, ser protagonista activa en todo lo que de forma tan directa le concierne a su Madre.
Nunca se ha ponderado suficientemente, pero la Hermandad, que lo guarda todo, que todo lo anota, tiene una relación minuciosa de los donativos que se reciben para costear la Corona. Unos, los oficiales generalmente, son en dinero, que de forma espontánea, como un banderín de enganche, se abre en todas las oficinas civiles, en todas las dependencias, en todas las ayudantías, comandancias y buques de nuestra Armada. Los particulares por libre dan a medida de sus posibilidades: dinero, los que pueden, y alhajas, los que tienen. Conmueve leer hoy, cincuenta años después, nombres de personas conocidas, de reconocida pobreza —no hay que olvidar que en la Isla de entonces nos conocíamos todos—, cantidades tan importantes como diez, veinticinco, cincuenta pesetas; un albañil —¡de los de entonces!—, y su esposa, cien pesetas, detrás de cada una de las cuales se entrevé un enorme sacrificio, un amor infinito. Igual ocurre con las alhajas: una viuda, sus alianzas de boda; un donante anónimo, una medallita, recuerdo familiar, historia cierta; dos señoritas con nombres y apellidos, solteras sin redención, un alfiler de corbata, unos pasadores, unas monedas de oro, memoria del padre ausente que las mira complacido desde el retrato del saloncito…
Enternece leer estas relaciones. Es conmovedor leer en ellas unas emociones, un estilo de vida, una época. Por eso hay que ser de piedra o demasiado joven para no ver en la corona de la Virgen todo ese amor fundido hasta conseguir una joya única, no porque sea de oro y brillantes, sino porque en sus filigranas están impresas la generosidad de este pueblo, el corazón más puro de este pueblo, que de esa forma quiso ser protagonista.
Sorprende también el gesto de la Cofradía de Armadores y Pescadores de la Provincia de Cádiz; la iniciativa, seguida con unanimidad, de enrolar a la Virgen durante un mes en todos los barcos de pesca, de altura y de bajura, con jornal y parte, como un marinero más para conseguir que Ella sola, por ese gesto, aportara la mayor cantidad en metálico que se consiguió en un solo donativo: 72.241 pesetas.
Pero, justo es decirlo, fue toda España la que se une a esta marea de entusiasmo, no en balde de trata de la Virgen del Carmen, no en balde se trata de esta Virgen de universal devoción. Desde Isla Cristina a Andraix, de San Vicente de la Barquera a Tarifa, de Las Palmas a Lequeitio, de Corcubión a San Pedro del Pinatar se establecen rutas de generosidad, caminos carmelitanos que terminan en el Carmen isleño. La Virgen está tejiendo, con los hilos de su amor, una urdimbre nueva en toda España, como si Ella quisiera envolverla en su capa blanca, como si su voluntad fuera convertir su capa blanca en pañuelo de bienvenida al puerto más seguro.
Pero, además de todo esto, ¿qué está ocurriendo en La Isla?
En La Isla, gracias a la Virgen, se están arrinconando las tristezas. Ya no se habla de la escasez, ni de la guerra, tan presentes siempre, ahora se habla de que a expensas del Ayuntamiento, se está arreglando esta iglesia; del certamen literario que se ha convocado; de cómo la prensa y la radio se están haciendo eco del acontecimiento; de que atracará en Cádiz la escuadra del Mediterráneo; de que, por una vez, La Isla va a dejar de ser isla para convertirse en puente carmelitano que la una al mundo.
Y para proclamarlo con distintas voces y un mismo espíritu llegan los misioneros.
La Orden ha decidido que una Misión Carmelitana venga a La Isla para convertirla en crisol y yunque de una Iglesia alegre y esperanzada invocando el bendito nombre del Carmelo.
Fueron diez carmelitas venidos de toda España, los mejores oradores de que disponía la Orden, revolucionarios de conciencias, contagiosos agitadores del espíritu carmelitano que a tanto obliga, maestros en una nueva forma de hacer apostolado, de hacer ver que la vida es más llevadera con la sonrisa en los labios, con la Virgen del Carmen en el corazón. ¡Menuda la armaron!
Se repartieron por todas las parroquias, allí establecieron sus cuarteles generales, y al toque de la primera campana a las seis y media de la mañana, salían a la conquista de las calles, de las casas, una por una, para repetir el cuento de Hamelin, solo que sin emplear flautas mágicas, sino la magia de la palabra para encantar, el corazón para convencer, el amor para deslumbrar, la alegría para contagiar, para arrancar de sus portales a las gentes que los esperan para seguirlos, para dejar volar sus corazones cada vez que gritan ¡Viva la Virgen del Carmen!, hasta la vuelta de todos a la iglesia, a la misa que a las nueve se celebra, que ya no es la misma de siempre, sino otra distinta, más próxima, más entrañable, sólo porque aquellos magos de la capa blanca están consiguiendo acortar las distancias para que a la iglesia, tan fría siempre, la sienta cada uno como algo propio, como su propia casa, como la casa de la Madre.
Hoy, creo, se llamarían algo así como animadores de grupos o dinamizadores religiosos-culturales, por nombres no iba a quedar, pero recordar, además, la labor que estos misioneros consiguieron al unísono con los niños de La Isla… Porque para nosotros, los que éramos niños entonces, también se derramó el espíritu renovado de la Iglesia alegre. No recuerdo bien cómo lo hacíamos, pero creo que salíamos a media mañana de nuestros colegios con un misionero carmelita al frente. Y jugábamos. Y cantábamos. Y rezábamos. Y escuchábamos. Y convivíamos. Y aprendíamos. Unas veces avanzábamos jugando a la conga; otras, brazo con brazo, en guerrilla; otras, hacíamos el látigo; de trecho en trecho nos sentábamos en las losas de la calle, formando corros, en una catequesis que convertía en cuna carmelitana cada corazón; entonces escuchábamos historias maravillosas que nos hacía mejores.
Por las calles que pasábamos, —¡ay de aquella Isla horizontal que perdimos!—, los vecinos se asomaban a las casapuertas para vernos, para contagiarse ellos también de nuestra alegría, para darnos un vaso de agua, si lo pedíamos, para ser partícipes, ellos también, de la revolución que en La Isla se estaba viviendo gracias a estos misioneros, gracias a la Virgen.
A todo esto se acercaba la fecha. No hace falta mucha imaginación para suponer la presión de todas las comisiones creadas, de todos los equipos de trabajo. No podemos olvidar que estamos en la España del año 51, la de la pertinaz sequía, en donde poner una conferencia con Madrid ya era una odisea, donde las máquinas de tren perdían presión cada dos por tres y los coches… bueno, los coches todavía eran unos cacharros extraños que pasaban de cuando en cuando por la Calle Real y hacían sonar su bocina para avisar a los niños que, en medio, jugaban a la pelota mientras no pasaba el tranvía. Quiero decir que la precariedad no solo agudizaba el ingenio, sino que obligaba a esfuerzos mayores por parte de todos. Pero cabe suponer que la capa blanca de la Virgen también ayudaba a sortear los obstáculos, a hacer que todo fuera como la seda, como así se demostró al final.
Pero es La Isla el centro de nuestra atención, el bullebulle de La Isla en esos días previos a la Coronación de su Virgen. ¿Qué hace, qué piensa La Isla? La Isla madruga y trabaja como siempre, pero cuando cansada se acuesta le nace un sueño nuevo. La Isla trabaja y sueña. En las casas, por las tardes, se cose con prisas e ilusión. Hay que hacerse vestidos nuevos, ‘vestirse a lo muy decente’, y como no existe el pret a porter, sino el retal, la aguja y las manos diestras, hay que hacer primores para lucirlos con orgullo, sin olvidar la rebequita de punto, que en octubre, ya se sabe, a lo mejor ese día refresca. Ella y su Niño van a estrenar coronas y no va a haber ni mujer, ni niña, ni niño de La Isla que no estrene algo. Y los hombres también, que si no se puede a la medida, tampoco quedará tan mal darle la vuelta al traje que se tiene, y si no, ¡qué más da!, en mangas de camisa, que estando limpia como las conciencias y las sonrisas que van aflorando…
La Isla no solo hierve más alegre en los sueños y en los pucheros de los fogones, también en los saludos, en las idas y venidas; familias que llegan de fuera para ver la Coronación, para estar en la Coronación, para vivir la Coronación. En La Isla se improvisan camas para los recién llegados porque la economía no está para hoteles, caso de que los hubiere, que tampoco los hay, pero para eso están las familias. ¡Cuántos reencuentros propicia la Virgen!
Crece el ritmo de los latidos a medida que se acerca el día señalado. Los marinos —jefes, oficiales, suboficiales y marinería— forman filas para venir hasta aquí y ganar el Jubileo; es un acto voluntario donde pueden contarse a quinientos, seiscientos hombres postrados ante su Madre y Capitana, para decirle “Salve, Estrella de los Mares”, que vienen para recibir el Santo Escapulario.
A la Iglesia Mayor llegan desde las distintas parroquias que han sido centro de Misión, los fieles que han participado en ellas. Acuden para el Vía Crucis que partirá del primer templo isleño para recorrer las calles en medio de un silencio impresionante, solo roto por los rezos, los cánticos y la palabra encendida de los misioneros carmelitas que, al paso, desde los balcones de las casas, ayudan a que la noche sea inolvidable, a que el fervor se materialice en cada rezo, en cada pensamiento, en cada suspiro.
La noche de 6 al 7, también en la Iglesia Mayor, se celebra un hecho insólito y singular, a la una de la madrugada: la Misa de comunión de los hombres. Posiblemente nunca se haya visto, ni antes ni después, una comunión tan masiva. Parece como si La Isla fuera a desaparecer al día siguiente y quisiera salvarse en bloque. Hasta en esto quiso ser unánime. Hasta ese centro de cada conciencia penetró la Virgen.
Parece que ya no caben más testimonios de fervor hacia la Patrona, pero aún queda el Triduo previo. Aquí, con la iglesia vestida como se vestía esta iglesia cuando se vestía de gala: cal reciente en las paredes, cortinas de damasco rojo, luz nueva en las bóvedas, arañas relucientes, alfombras, guirnaldas de flores, voces polifónicas, gran orquesta… y los fieles —nunca mejor empleada esta palabra—, trayendo de sus casas las sillas para sentarse porque aquí no se cabe, porque aquí no cabe un alfiler. Y Ella ahí, en su paso, coronada de rosas blancas, estrenando saya y manto, al menos las telas donde se han pasado los antiguos bordados. Y Ella ahí, quizá asombrada del oleaje humano que provoca, quizá emocionada por inspirar tanta devoción, quizá asustada por tener que canalizar tanta súplica, seguro que confiada porque sabe que todos encontrarán consuelo.
Y llega la noche de la víspera. Falta aún el último trémolo: la Procesión de las antorchas. Se inicia en la entrada de La Isla, frente a la ya desaparecida Escuela del Trabajo. Bandas de cornetas y tambores, bandas de música, hombres de mar y de tierra, madres, esposas, hermanas, novias de los isleños que se dirigen hasta aquí como en una postrera serenata de amor antes del sueño, antes del último sobresalto.
Porque aquella noche llovió. Llovió mansamente, pero lo suficiente como para poner a cada isleño un nudo en la garganta. Así amaneció, con el celaje hosco y la lluvia incesante. ¡Cuánto se pidió a la Virgen para que luciera el sol!. Y lució, ¡vaya si lució! Se quedó la mañana como de María Santísima. A las nueve ya el cielo estaba con ese azul que sólo La Isla tiene cuando dice de tener azules. Ni una nube. La lluvia sirvió para lavar las calles y las casas, para purificar aún más a esta Isla, para poner a prueba la confianza de esta Isla en su Madre y Patrona.
Había que ver cómo estaban los alrededores del Carmen desde el primer sol sin interferencias, sin cortina de nubes. Había que ver el ir y venir de las gentes, nerviosas, ansiosas, presumiendo de trajes, de sueños y de despertares recién estrenados. Había que ver desde cuándo estaban ocupadas las cuatro mil sillas de la Plaza del Rey, ¡qué gentío en los alrededores! Había que ver cómo se habían engalanado con banderas y colgaduras los cierros y los balcones de La Isla. Había que ver cómo estaba esa calle Real por donde desfilaría la Señora.
Quisiera detenerme un instante para dejar un testimonio especial, dejar entrever apenas cómo estaba este convento en esos días previos, cómo estaban los carmelitas de esta casa y cómo estaban los venidos de fuera; este pregonero, que andaba por aquí enredando, cree que puede contarlo.
Nunca había visto a tantos frailes juntos, ni siquiera cuando en este convento estaban los novicios, los “colegiales”, como cariñosamente se les llamaba. Llegaron de toda España. No sé si en Andalucía quedó alguno en su convento. Creo que aquí se congregaron todos. ¡Y la alegría que transmitían! Viéndolos me convencí de lo que todavía no había aflorado del todo pero que corría por las venas de La Isla: Coronar a la Virgen no era sólo un acto de devoción hacia una imagen, por muy Madre que fuera; coronar a la Virgen era tanto como sentirnos coronados uno a uno. Esto, naturalmente, no supe traducirlo entonces, por mucho que viera que algo realmente extraordinario y profundo estaba ocurriendo más allá del acontecimiento. Esto es lo que irradiaban aquellos carmelitas; aquella era la causa de la alegría que transmitían.
Creo que fueron los de Córdoba los que trajeron consigo un aparato increíble, portentoso: ¡nada menos que un magnetofón!, seguramente cosa de magia, al menos eso le pareció a este pregonero al ver aquel artilugio por primera vez en su vida. ¡Oh tiempos de inocencia!; pero también oh tiempos de ilusiones, de fe primeriza y sin fisuras, de entusiasmo contagiado por aquellos frailes venidos como palomas, a los que les dedico este emocionado recuerdo de cariño y de gratitud.
Como quisiera resaltar ahora una circunstancia especial: hoy, venturosamente, nos acompaña una persona que tuvo un papel importantísimo, un protagonismo indiscutible y un honor intransferible en aquel acontecimiento; él, mejor que este pregonero, podría relatarles aquellas jornadas históricas: el entonces jovencísimo, pero ya carismático fraile dentro y fuera de la Orden: Rvdo. P. Ismael Bengoechea, integrante nada menos que de aquel equipo fabuloso de misioneros revolucionarios y, sobre todo, Pregonero de la Coronación. Él está hoy aquí como estará para siempre en las dos historias paralelas que se escriben sobre lo memorable: la que queda impresa con letras de molde para la estadística y la que se escribe con letras de eterno reconocimiento en el corazón. Al P. Ismael nuestro respeto y gratitud.
Cuando me refería a que ni El Ferrol ni Cartagena, siendo también Departamentos Marítimos, pudieron coronar a sus Vírgenes del Carmen, dije de pasada que “porque allí no estaban los carmelitas”. Nada más cierto. En los muros de este convento figura una lápida que conmemora y recuerda un hecho importante, cuando el Ayuntamiento en Pleno, haciéndose eco del unánime deseo del pueblo, en 1997 le concedió a esta comunidad la Medalla de Oro de la Ciudad. “Por su labor cristiana, pedagógica y social durante sus trescientos años de estar entre nosotros”, se proclamó de forma general, y así reza. Sin embargo, a la obra ingente de estos frailes a lo largo de tantos años de auxilio espiritual y de convivencia, La Isla no debiera olvidar nunca que gracias a ellos, no sólo coronamos a nuestra Virgen del Carmen, sino que gracias a ellos, cuando más lo necesitábamos, por ellos nos entró un caudal de Iglesia nueva, de Iglesia fresca, de Iglesia antídoto contra la tristeza, renovadora de la resignación cansina, portadora de la esperanza viva del hombre nuevo. Hoy, que de tanta libertad gozamos, es difícil valorar lo que aquello significó; tanto como concederle a cada uno su credencial de persona; tanto como que cada uno empezara a sentir que la libertad casi nunca es exclusiva consecuencia de una conquista social, sino algo insobornable, poderoso, que nace en nuestro espíritu cuando nos convencemos de que somos algo importante, muy importante, nada menos que semilla de Dios e hijos de esta Madre. Cuando San Juan de la Cruz escribe: “Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo”, está elevando a lo más alto la dignidad del ser humano, a esa cota donde la libertad es posible, a esa verdad que nos transmitieron los carmelitas con su confianza.
¿Medalla de Oro, dice usted? Sí, naturalmente, la que todos llevamos como un relicario de gratitud hacia estos carmelitas, a esta Orden que nos vio nacer y crecer a la sombra de estos muros, a la sombra de esta Madre.
Si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, no hay más que recurrir a las fotografías de Quijano para saber cómo fue la Coronación; en ningún sitio encontraremos mejor testimonio, salvo en aquel brevísimo reportaje que filmó Nodo, o en ese libro esencial del P. Ismael, por desgracia agotado, donde, aparte de un texto minucioso, se recoge todo lo que aconteció: Obispo de Cádiz, Alcalde de la Ciudad, Ministro de Marina —los tres coronantes—, obispos de otras Diócesis, Prefecto Apostólico, almirantes, jefes, oficiales, marinería, Provincial de la Orden, Carmelitas Descalzos y Calzados, Gobierno Civil, Diputación Provincial, Ayuntamiento bajo mazas, concejales, clero secular, Hermandad del Carmen, Comandantes de buques, Comisiones de Jefes y Oficiales de la Armada, Cofradía de Pescadores, Hermanos Mayores y cofradías de la ciudad, Orden Tercera, Escolanía de Jerez, niñas y niños de los colegios de La Isla encabezados por el Liceo, que hacía su primera salida con la Virgen estrenando unas bandas rojas, con borla, los pequeños, y el escapulario los mayores, del que presumían insoportablemente… Y Ella, rodeada de marineros y de fieles para formar el cortejo más impresionante que se ha visto nunca, carrera cubierta por la Infantería de Marina, por la marinería de las dotaciones de los buques, rebosante las aceras de un gentío que no cesa de aclamarla.
Desde que la Virgen asoma al cancel de la iglesia, todo transcurre como si La Isla se elevara sobre una nubecilla, como si sobre La Isla descendiera una burbuja para poder vivirlo todo con la nitidez de los sueños más realistas, con la magia de los sueños más fantásticos. Hasta la solemnidad parece que se estrena ese día, no porque el espectáculo que se contempla sea solemne, es decir, extraordinario, que lo es, sino porque la solemnidad nace en los centros de cada uno, en el corazón de cada uno, que es donde se guardan las emociones, la satisfacción de comprobar que cada uno, individual y colectivamente, ha participado, ha contribuido a ese esplendor, a esa alegría tan intransferible, tan indescriptible, tan irrepetible como es el devolverle a nuestra Madre apenas una pizca de lo mucho que Ella nos da.
Por eso la explosión de vivas y de aplausos cuando la Virgen es por fin coronada no ha tenido ni tendrá parangón. Este pregonero, situado estratégicamente en el altar del atrio del Ayuntamiento, detrás mismo de la mesa donde han descansado las coronas, puede observar con detalle tanto la ceremonia litúrgica, como el fervor del gentío que llena la Plaza del Rey. Este pregonero, al recordarlo ahora, está convencido de que la burbuja existió; que una campana de vacío, sin aire y sin tiempo, se adueñó de La Isla para que pudiéramos asistir a un milagro, al milagro de la sonrisa nueva, de la esperanza cierta, de que vivir nunca es una rutina cuando se echa el corazón a pelear por la vida y no las ambiciones.
En una ocasión dije que las imágenes no las tallan las gubias de los escultores, sino las devociones de muchas generaciones; también me atreví a decir que las imágenes que heredamos de la fe de nuestros padres, de nuestros antepasados, nunca son hieráticamente idénticas; las imágenes que de verdad nos cautivan cambian de semblante en cuanto cambiamos nuestra forma de mirarlas, y será triste con nuestras penas y alegre con nuestras alegrías. Cuando dije esto pensaba, naturalmente en nuestra Virgen del Carmen, porque unas veces la vemos amiga; otras, confidente; otras, consejera; siempre, Madre.
Así volvió Ella aquel 12 de Octubre después de los clamores. Tenía un semblante distinto, más sereno, infinitamente más radiante; créanme lo que les digo: como la Madre que se siente orgullosa de sus hijos.
Esa misma tarde, mientras D. Juan Quijano hacía la que se conoce como la foto de estudio o la foto oficial de la Coronación, la Comunidad, la Junta de Gobierno y los pocos que aquí estábamos, pudimos comprobarlo: a la Virgen le había nacido una sonrisa nueva y a nosotros una seguridad distinta que iba más allá de nuestra confianza en Ella, aquella seguridad nacía en que Ella confiaba en nosotros, en este pueblo que tuvo alma desde el momento que el mar, la mar, nos la trajo.
Han pasado cincuenta años desde que le regalamos su Corona. Durante este tiempo, que para muchos es una eternidad, la Virgen del Carmen ha sido el rompeolas de todos nuestros problemas, la estrella que nos ha prestado su luz para que no perdiéramos el rumbo, la Madre que nos ha consolado incluso cuando no nos hemos acordado de Ella. Ahora, cincuenta años después, se presenta otra excepcional ocasión para testimoniarle nuestra gratitud haciéndole un regalo que hable de nuestra generosidad como habló la de nuestros paisanos, hace cincuenta años. Si entonces fue la Corona, ahora le debemos un trono. Si entonces nuestros paisanos, siendo pobres, se acercaron para darle cuanto tenían, ahora se nos presenta la oportunidad de demostrar que seguimos amándola con la misma intensidad, que seguimos siendo igualmente generosos. No sé cómo se conseguirá pero se conseguirá, conseguiremos perpetuar esta fecha con el regalo de un nuevo paso para nuestra Madre. Ya ha empezado el goteo de donativos, pero hace falta el contagio de esta idea para que en esta ofrenda podamos participar todos. Hoy hay tantas asociaciones, tantos grupos en La Isla que cada uno podrá convertirse en un banderín de enganche y contribuir a esta bellísima causa. A pesar de que el tiempo parece que ha atomizado las devociones, ahora se nos presenta la oportunidad de volver a nuestra raíz primera, a la devoción primera, al seno materno del que nacimos. El Carmen, la Virgen llama a rebato y ahí, estoy seguro, estaremos todos como hace cincuenta años, como hace trescientos, como estarán, dentro de otros cincuenta los que conmemoren el primer centenario. Ella seguirá ahí a pesar de que la mayoría de los que aquí estamos nos la llevemos cuando sólo seamos alma y cenizas, pero los isleños seguirán pidiéndole que vuelva hacia ellos “esos sus ojos misericordiosos”, que les siga “mostrando a Jesús, fruto bendito de su vientre”; los isleños seguirán sintiendo cómo se renueva la esperanza cada vez que le digan “Reina y Madre de misericordia”, cada vez que le canten “Salve, Estrella de los mares”, cada vez que encuentren en Ella el mismo consuelo que todos encontramos desde que el mar, la mar nos la trajo.
Seguro que entonces, cuando pasen esos cincuenta años, un niño o una niña de los que hoy estrenan su fe, estará pregonando desde este mismo lugar para decirle “guapa, bonita, te quiero”, para dejar un testimonio de amor, para preguntarse con mi mismo asombro si han pasado todos esos años.
Porque, ¿de verdad ha pasado todo ese tiempo? ¿De verdad han transcurrido estos cincuenta años desde que la coronamos? A veces creo que no. Aquí debe pasar algo raro, algún misterio que ustedes habrán experimentado cuando postrados ante sus plantas nos mira con su semblante sereno, cuando nos adivina lo que nos pasa, cuando nos hace mejores con sólo mirarla. ¿Verdad que algo se nos enciende dentro? Yo creo que es la fe primeriza, la inocencia perdida que vuelve como un río oculto, un río eterno por donde navegan nuestras oraciones y la de nuestros mayores, las que sirvieron para tallarla a nuestra medida, para hacerla como es; cuando no tenemos más que soñarla para recuperar la memoria de nuestra vida, nuestros recuerdos de su Coronación, lo que significó para La Isla, lo que significó para todos. Esas vivencias con las que he intentado darle un significado a mis palabras por encima del acontecimiento histórico. Esas vivencias que, ya lo advertí, con el corazón por delante, hoy he intentado recrear aunque siga sin saber en qué consiste un pregón, porque, ahora caigo, quizás hubiera acertado mejor si, postrado a sus Pies, en vez de azuzar los recuerdos y los sentimientos, me hubiera limitado a decir sencillamente como el P. Francisco, como seguirán diciéndole cuando transcurran otros cincuenta años: ¡GUAPA, BONITA, TE QUIERO¡






