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Conferencia organizada por la Real Academia de San Romualdo el día 6 de noviembre de 2007, pronunciada por el autor en la casa de la Cultura.

 

Puede que sea cierto que hablar de Política siga siendo un riesgo, sobre todo cuando no es obligado seguir al pie de la letra las verdades oficiales ni haya por qué emplear un lenguaje políticamente correcto. Sin embargo, a pesar de ese posible riesgo, más importante debe ser el derecho a expresar libremente nuestras opiniones, ya sea desde esta o desde similares tribunas, ya desde los artículos de prensa u otros medios de comunicación, haciendo uso de nuestra libertad de expresión, en tanto en cuanto las verdades oficiales no terminen de convencernos o el lenguaje políticamente correcto suene a falso, y sobre todo, si vienen en nuestra ayuda pensamientos como aquel de Russell Kira, que no por ser considerado como el padre del concepto conservador moderno, deja de ser un principio sin el cual la política no tiene razón de ser. Russell dijo: “Los problemas políticos son siempre, y en primer lugar problemas morales”. Dicho de otro modo: la política merece ser analizada en sentido inverso al que hoy recorre porque, antes que a nada, afecta a la conciencia de todos, aunque parezca que sólo lo material es lo único que importa; en los seres humanos no sólo son los pesebres lo que preocupa, que también; si se olvida lo moral de poco respeto nos hacemos acreedores, como se ve reiteradamente. Mas, por encima de todo esto, el riesgo inevitable que se corre es la celeridad de los cambios que se producen, y que lo escrito hace una semana hoy quede anticuado, porque el relativismo que nos invade hace que ni en política ni en afirmaciones haya principios que permanezcan inamovibles. Y así nos va.

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Conferencia inaugural del curso académico de la Real de San Romualdo, pronunciada por el autor el 26 de octubre de 2004

 

 

De un tiempo a esta parte una gran mayoría de isleños nos preguntamos qué nos está pasando que retrocedemos a pasos agigantados. Si en algún momento llegamos a ser una ciudad —no me atrevo a decir del todo próspera, pero sí alegre y confiada—, hoy cunde el desánimo ante la evidencia de que poco a poco vamos perdiendo el rumbo o, con otras palabras, nuestras señas de identidad.

Quisiera dejar claro desde el principio que el contenido de esta conferencia no tiene ningún carácter político, ninguna intención partidista, sino el interés que pudiera despertar el análisis de cómo somos y, mejor, por qué somos como somos. 

Naturalmente sólo pretendo esbozar una aproximación basada en un recorrido panorámico de nuestra propia historia, que es lo que corresponde hacer a los pueblos viejos de cuando en cuando para comprobar si lo que nos ocurre es absolutamente nuevo e inesperado, o se trata simplemente de un accidente fortuito, o de que es cierto que el que no aprende de la historia está condenado a repetirla. Desde luego no me mueve ningún afán didáctico, ni pretendo sentar ninguna tesis a partir de la cual se corrija nuestro rumbo; allá cada cual. Sí en cambio quisiera que, siquiera por una vez, fuéramos capaces de meditar juntos para que, antes de buscar culpables para descargar en ellos el peso de lo que nos sucede, pudiéramos analizar cuánta culpa nos corresponde a cada uno de nosotros, individual y colectivamente, sin que necesariamente, la política o los políticos tengan que cargar con toda la responsabilidad, aunque no puedan ser eximidos de ella, pero dejando también aclarado que los políticos en general y los más próximos a nosotros en particular, no son de otra galaxia, sino el producto y resultado de los mismos defectos y de las mismas virtudes que nos acuñaron; ni más listos ni más torpes: idénticos a la gran mayoría, por no decir a todos nosotros.

 

“La historia ha hecho a los hombres y los hombres han hecho la historia”.

Así empieza Sánchez-Albornoz su monumental ensayo “España, un enigma histórico”, y aun a riesgo de pecar de atrevido por tomar prestado a Laín Entralgo el título de esta conferencia de su célebre trabajo, “España como problema”, creo que ambas premisas son necesarias como punto de partida para que “La Isla como problema” no se confunda, como acabo de esbozar, ni siquiera de entrada, con “los problemas de La Isla” a pesar de que estos tengan su raíz en la conformación de aquella. Repasando a estos dos maestros del pensamiento no hay más remedio que coincidir con ellos cuando aseguran —y demuestran— que las trayectorias de los pueblos, de todos los pueblos, atraviesan, como en una gráfica, por unos puntos de inflexión que alteran sus rumbos. Puntos de inflexión a veces ajenos a ellos mismos; como si en el juego de azares que es la historia, alguien —quizá el ser de cada uno, o la historia misma, siempre azarosa—, alterara inconscientemente los dados, y estos, en vez de seis caras presentaran algunas más, imposibles de concebir a priori, totalmente imprevisibles; de ahí que esa gráfica pueda tener subidas bruscas y caídas vertiginosas.

Somos, al decir de Ferrater Mora refiriéndose a los españoles, el resultado de la fatal simbiosis de cristianos, moros y judíos. Habría que averiguar si el adjetivo fatal aparece según la acepción de inevitable, de desgraciado, o si corresponde al hado, que son las acepciones válidas según el diccionario.

Desde luego si queremos aproximarnos a La Isla para saber cómo la hemos ido haciendo, no deberíamos aislarla del contexto general al que pertenece y, puestos a sintetizarla de alguna manera, acaso pudiéramos fijarla en una de esas líneas que aparecen en los resúmenes de los resultados de las empresas; una línea verde por ejemplo, y detrás de ella otra roja, por la que discurre el pulso de España. Entonces veríamos que muchas veces por su paralelismo, parecen sombras una de otra o bien que la nuestra se altera al unísono de la que representa a España. En la de La Isla, si la animáramos, además veríamos cómo arranca con dificultad, cuesta arriba, muy despacio, fulgurantemente después, y que lo mismo alcanza mesetas de sosiego y bonanza en la cumbre, que simas profundas y valles de desesperanza desde donde parece que es imposible remontar de nuevo. Igual que la de España. Américo Castro asegura que »España parece estar siempre a la espera de lo que alguien decida hacer con ella». No creo que  esta observación no forme parte consustancial con nosotros.

Pero hablábamos de grafismos, es decir, de síntesis; para explicar la que nos corresponde, bastaría asomarnos a uno de los balcones que el Caño de Sancti Petri nos ofrece. (Ya ven que ni siquiera podemos presumir de río, sólo caño, aunque otrora con fuerza suficiente como para que con viento de levante o de poniente hubiera que amarrar por largo y por corto a los bajeles que se construían en el Carenero), como lo asevera Fray Jerónimo de la Concepción entre otros historiadores. Pues bien, asomados a ese Caño, que no río, y mirando hacia su desembocadura a la mar abierta por el Castillo, podemos soñar con la leyenda fenicia de Merkart; cómo comercian con nuestros paisanos los tartesios, y entrar en la vorágine de cartagineses que ayudan a los fenicios contra los tartesios; a romanos victoriosos que aquí son recibidos rendidamente. Podemos creer que, efectivamente, César lloró emocionado cuando vio la entronizada esfinge de Alejandro joven con una historia de conquistas grandiosas a sus espaldas, que él, César, ya maduro, no había conseguido todavía. Fuimos Gades, provincia de Roma, acuñadora de monedas. Fuimos por tanto hispano romanos. Estamos en Al-Ándalus, en tierra de vándalos al decir de los árabes, de los árabo-bereberes con quienes se funden los hispano-godos, fusión sin traumas, con la naturalidad que sólo el tiempo y la cotidianeidad a veces procuran y que fecundan una casta nueva, los mozárabes, hispano romanos  e  hispano visigodos  que  vivieron  bajo  la  dominación  árabe  conservando —conversando— entre ellos la lengua propia, el latín romance, y el árabe con los musulmanes. Es cierto que ni los almorávides ni los almohades nos dejaron Mezquitas ni Giraldas deslumbrantes, pero sí huellas indelebles que fueron amasando nuestra forma de ser acomodaticia; tanto, que lo mismo pudimos ser ciudadanos de Roma que muladíes, adoradores de dioses y conversos al Islam cuando nos convino. Fuimos conquistados, no conquistadores. Sin embargo no fuimos miméticos de las corrientes culturales; las asimilamos, sí, pero para devolverlas con nuestro sello, con nuestras señas de identidad en los reversos de las costumbres y las creencias, según podemos ver en Sánchez-Albornoz.

Pero sigamos recorriendo, las orillas de este caño, que no río. Si miramos hacia donde ese brazo de mar se encuentra con la Bahía, en ese mismo punto todavía en uso, están las primitivas instalaciones navales hijas de la ilustración, resultado de la modernidad, de la más grande inflexión y progreso de los que fuimos protagonistas; es decir, en escasos seis kilómetros podemos decir que tenemos condensada la historia de la humanidad.

Si de verdad nos convencemos de que desde tiempos inmemoriales nos acomodamos al ritmo de la historia, con esta somera observación podríamos empezar a preguntarnos cómo somos, y si nos amasaron con materiales a lo largo de los siglos; pero también podríamos preguntarnos cuál de los componentes predominó sobre los demás, si es que hubo alguno en concreto, porque lo que sí está claro es que nunca fuimos endogámicos, sino que nos mezclamos con todas las razas con el resultado imprevisible de esas complicadas aleaciones, a veces químicamente favorables, a veces dramáticamente antagónicas, en todo momento sacudidos por corrientes exteriores que, al tiempo que nos despejaba de mente y nos abría a otras formas de hacer y de ser, —que nosotros adaptábamos—, para conformarnos como pueblo dispuesto a admitir el paso de culturas y costumbres; y, como apuntaba antes, capaces de asimilarlas para devolverlas renacidas, aunque condenados a estar sometidos a cambios que nunca dependieron de nosotros mismos, de nuestras propias iniciativas: siempre a remolque. Esta constante se ha mantenido a lo largo de los siglos, como veremos más adelante.

Quisiera atajar un posible desvío que pudiera derivarse de lo que acabo de decir. Si durante muchos años, nos hicieron ver que siempre hubo un enemigo exterior causante de todos nuestros males. posiblemente esta no sea una constante exclusiva nuestra, sino la de todos los pueblos de todas las latitudes. Pero aquí, porque era cómodo aceptarlo o quizá porque el entorno nos hizo agudizar el oído, entonamos este estribillo con una reiteración demasiado escandalosa para, primero, ser cierta en su totalidad y, segundo para tener una excusa donde justificar nuestra natural indolencia. Tampoco creo que aquel eslogan “España es diferente”, utilizado como coartada por la dictadura, fuera algo de lo que debiéramos sentirnos orgullosos, ni como españoles, ni como andaluces, ni como isleños; posiblemente si no hubiéramos sido durante tanto tiempo diferentes, quizá habría sido otra nuestra fuerza y otra nuestra perspectiva. Digo esto porque a los isleños nos achacan y hemos presumido de aparecer diferentes, como hijos de otras madres, y no es así, y ya sea por españoles primero, ya como andaluces después, nos da de lleno aquellos terribles versos de Luis Cernuda:

 

la hiel sempiterna del español terrible

que acecha lo cimero

con su piedra en la mano.

 

Pero hablaba de puntos de inflexión en la historia. Este territorio no permanece ajeno a ellos, desde los fenicios a la expulsión de los judíos y moriscos, pasando por un larguísimo recorrido que puede empezar —por darle un comienzo y por  fijar hitos a lo largo del tiempo— en las guerras civiles de Sertorio, ocho siglos de dominación árabe, la Reconquista, la Inquisición, el descubrimiento de América, la Reforma, la cristianización de Europa, la Revolución Francesa, la Ilustración, ¡Trafalgar!, el nefasto reinado de sucesivos monarcas, la pérdida de las colonias ultramarinas, dos repúblicas, dos dictaduras… ¿sería extraño preguntarse si un pueblo tan zarandeado como este nuestro, tan sujeto a destinos nacionales, tan a remolque de tan diversos aconteceres dentro y fuera de nuestros límites territoriales,  podía mantenerse impávido, inflexible, o no tenía más remedio que ir acomodándose a cada circunstancia?

Sin embargo no es esto lo que nos preocupa, no es lo que nos pasó el principal argumento que nos ocupa hoy, sino cómo terminamos siendo después de tantas vicisitudes, a dónde hemos llegado después de que nos pasaran tantas cosas, tanta historia vivida en primerísima fila.

Recuerdo que siendo un niño iba de la mano de mi madrina a visitar a su familia, profusa de marinos, y oír cómo revivían la pérdida del “Reina Regente” que a tantos isleños les segara la vida. Lo curioso es que la recordaban como algo inmediato, como acabado de suceder, y ya habían pasado años. De igual modo, con el mismo pesar se hablaba de Cuba o de Filipinas, donde muchos miembros de esa familia vivieron y murieron; y si para el niño todo aquel rito, entre pastas y mermeladas caseras, era un cuento de buenos y malos, de tragedias navales y de mambís traidores, ellos hablaban de su propia sangre derramada, con la misma intensidad y dolor que años más tarde sintieron la sublevación de La Carraca, la explosión de Cádiz o la pérdida del “Guadalete”. Quiero decir que la historia, más de cerca que de lejos, siempre nos ha rozado o la hemos padecido de lleno; pero fundamental y principalmente la Historia de España, más nuestra que de otros municipios de alrededor que nunca estuvieron vinculados directamente con sus destinos. ¿Que esto nos hizo más arrogantes?, es posible, pero no nos dejaron ser pacíficos agricultores más pendientes del clima que de los vaivenes de la historia. Al nacer lo hicimos con un destino preconcebido, y de una tierra de baldío, salvo escasas excepciones, empezamos a contar, nada menos que en los destinos de España. 

Así vemos como en corto espacio de tiempo, la vieja dehesa de los toros de Gerión se convierte en un centro neurálgico y estratégico, justo desde el 21 de Mayo de 1729 que se incorpora a la corona con Felipe V, y, sucesiva e ininterrumpidamente, cuando el 11 de Enero de 1766, reinando Carlos III, se forma el primer ayuntamiento, o cuando tres años después, en 1769 se trasladan a nuestro suelo las dependencias de la Armada, después de que en 1917 ó 1724, 1749 y 1782, sucesivamente, se fijan la Real Orden, el comienzo de las obras y la terminación del Arsenal de La Carraca. Sufrimos Trafalgar no sólo por nuestra sangre derramada, sino porque nos dejaba huérfanos de pan y de futuro. Tres años después abanderamos la España libre durante la guerra de la Independencia, que tan profundamente marcaría nuestro destino. Posiblemente uno de los puntos de inflexión más sobresalientes de nuestro existir y quizá  el primer encuentro real con nuestra propia conciencia y nuestra importancia histórica. Pero a  pesar de que todas las fechas citadas hayan influido tanto en nosotros, repasándolas minuciosamente para alardear de ellas, cometeríamos, una vez más, un abuso que a estas alturas debiéramos dosificar, incluso erradicar: la narcisista tendencia a satisfacernos mirándonos el ombligo. Para saber cómo somos debemos levantar la mirada y observar cómo eran los demás, habida cuenta de que es prácticamente imposible vivir sin comparar.

Más por curiosidad que por afán erudito he buscado síntesis de pensadores que pudieran definirnos, no a los isleños de forma excluyente, sino a la unidad a la que pertenecemos desde siempre: a España, para tratar de si, conociendo a nuestros compatriotas, somos capaces de vernos en el mismo espejo. Antes me refería a la conclusión a la que llegó Américo Castro.…   »¡¡Siempre España a la espera de lo que alguien decida hacer con ella!!»  Pero a esto le contesta su opositor más radical, Sánchez-Albornoz:

»¿Pero cómo es posible que tras asomarse a nuestra historia haya nadie capaz de elucubrar tal pensamiento? ¿Habríamos luchado siete siglos contra los mahometanos, conquistado América mantenido a raya a turcos y franceses, combatido por la unidad católica de Europa hasta caer exhaustos, peleado larga y heroicamente contra Napoleón y mantenido tres guerras civiles —la cuarta y más dramática aún no se había producido cuando esto escribe el pensador— si los españoles nos hubiéramos hallado siempre a la espera de lo que otros hubieran querido hacer con nosotros?»

La tesis es impecable como bodegón realista, sin embargo, no es menos cierto que mientras que alguno de esos episodios ocurrían, el pueblo llano, permanecía ajeno a su destino. Que se lo pregunten a la Castilla miserable y sometida a Carlos V, que hizo tabla rasa con las Comunidades para ceder a flamencos los destinos de España, flamencos que, como el mismo emperador, no sólo no conocían las costumbres, las leyes castellanas, sino que desconocían el propio idioma. Castilla jamás tuvo recompensa con el oro americano del que tanto protagonismo tuvo y que antes que remediar sus males servía para sufragar guerras desconocidas. Lo mismo que los isleños no encontraron más recompensa a sus sacrificios que el orgullo —relativo en la mayoría— de servir a España aunque con el ay siempre en la boca.

Pero todo eso, con ser una epopeya grandiosa, es pasado, más aún cuando llegamos a descubrir que así ha sido siempre con todos los pueblos y, que a cambio, la historia le concede exclusivamente personalidad, y esto, a estas alturas, cuando nos acosa el futuro, poco debe importarnos si salimos bien o mal parados en el retrato de familia, sabiendo como sabemos que siempre estaremos a merced de los historiadores.

Ya ven lo que dijo Nietzsche de nosotros: “¡Los españoles! ¡He aquí hombres que han querido ser demasiado!”, nunca sabremos si el tono fue o no despectivo. Sin embargo, por si acaso, Claudio Sánchez-Albornoz lo corrige puntualizando: “¡Los españoles! ¡He aquí hombres que han querido demasiado”, a él le sobra un verbo que, en este caso tiene un enorme poder distorsionador. (Nunca aprenderemos suficiente sobre la importancia del lenguaje). Si cotejamos las dos aseveraciones, la del pensador español —querer demasiado—, está impregnada de la admiración que siente por la toda la epopeya hispana, y principalmente por la colonización española de América, precisamente cuando en su exilio puede compararla con la obra de otros países a los que no les interesó la colonización sino la conquista pura y dura.  Y llega a más, sobre todo cuando Ortega afirma: “los españoles hemos querido ser un estallido de voluntad, ciega, difusa, brutal…” Sánchez- Albornoz, modifica su inicial pensamiento y cambia con sutileza a este otro: “¡Los españoles! ¡He aquí hombres que han querido ser!” Pero tampoco se queda ahí porque le parece que el pensamiento resulta poco definitivo cuando está convencido de que no sólo quisimos ser, sino que lo conseguimos, aunque después no supiéramos conservarlo.

 

Volvamos los ojos a nuestra parcela. Otra vez estamos dentro de nuestro territorio, nuestro paisaje y nuestro paisanaje. Miren ahora al trasluz y comprueben si existen o no similitudes con lo que acabamos de repasar. ¿Henos querido demasiado? ¿Hemos querido ser demasiado? ¿O simplemente hemos querido ser?

Un día, lo que solo era jardín y lugar de recreo de los gaditanos ricos; donde, además, también éramos carpinteros de ribera, artistas de la azuela y de la brea, calafateadores y herreros al tiempo que colonos de huertas fértiles, un día, digo, nos encontramos con que un italiano, José Patiño, cree que existe en este rincón un lugar privilegiado para la construcción de navíos para esa escuadra que tiene en mente poner a flote y que España necesita. A La Isla, por este motivo, acuden artesanos de todo tipo y, no debemos decir, la repueblan, sino la pueblan. Volvemos a ser crisol de sangres y costumbres siglos después de haber sido ejemplo fecundo.

Con el Arsenal de La Carraca, el sueño de Patiño, se consolida la ciudad como núcleo urbano. Con el Arsenal de La Carraca la Real Isla de León despierta a la modernidad. El Real Carenero de La Puente no puede dar más de sí, la nación demanda barcos y no le son suficientes los que se botan en Guarnizo o en La Habana. Hay un convencimiento de que sólo con Armada España puede seguir poseyendo lo que posee. Esta es la idea. Pero como tantas ideas redentoras, es discutida, combatida, perseguida por los gobernantes visionarios o incapaces que tienen el privilegio de establecer políticas concretas, unas veces acuciados por la precariedad, otras, las más, por estar negados para actuar con proyección de futuro.

Con sólo recordar la historia de España durante el siglo siguiente a la terminación del “Hércules”, primer barco que sale de La Carraca aunque fuera botado en El Puntal, como nos descubre nuestro compañero de Academia, José Quintero, en su libro “El Arsenal de La Carraca 1717-1736)”, La Isla vive minuto a minuto el mismo palpitar de España, y de la euforia y el trabajo continuado, se pasa por esos valles de desesperanza que aludía al principio. 

En 1825 La Isla cuenta con 18.189 almas, sin incluir las de la tropa que, pudiendo acoger a unos 8.000, ese año tiene como guarnición sólo 1000 y 100 caballos de las fuerzas de ocupación (Ya saben: los hijos de San Luis); sin embargo no podemos quejarnos porque La Carraca, con curva sinuosa, sigue teniendo pulso y por ende, La Isla. Podemos presumir y contar con 5 abogados, 100 albañiles, ¡13 boticarios!, 51 caleseros, 72 carpinteros, —muchos más que hoy—, 11 cirujanos y médicos, 7 chocolateros, 110 panaderos, (¿existe hoy alguno?), 272 mozos encargados de tabernas y comestibles, 219 vendedores de efectos, es decir: comerciantes, 520 sirvientas, 99 eclesiásticos entre regulares, seculares y monjas. En el capítulo dedicado a la educación, aparte del internado de Madariaga, donde se enseñaba hasta esgrima, se llegaron a contabilizar hasta 19 academias, y según Adolfo de Castro, hasta un colegio francés para instrucción de jóvenes que se dedicasen a la Marina y donde hubo muy sabios profesores. Y si de seguir el hilo de ese tiempo y de señalar aptitudes se trata, repasemos un histórico artículo del isleño Cróquer, aparecido en el número extraordinario del Diario de San Fernando el 24 de Septiembre de 1910, y referido a La Isla durante el último tercio del siglo XVIII:

 

»A ella [a La Isla] concurrieron artistas, sabios, profesores de todas las ciencias, comerciantes de todas las regiones de España y muchos extranjeros, porque su nombradía, a pesar de su constante sombra, se extendió por todos los ámbitos de la Monarquía. Los hijos de ella, y los que se educaron en esta Villa fueron esforzados marinos, buenos militares, excelentes artistas, grandes matemáticos, consumados astrónomos, atrevidos pilotos e insignes geógrafos, con los cuales pudiera formarse una galería tan lucida en número y calidad que no tendría que envidiar nada a ninguna otra ciudad del Reino»

 

La sombra de La Carraca se proyecta en fábricas de albayalde, en fundiciones, en la elaboración de jabones, en curtidurías que llegan a producir hasta 30.000 libras de suelas, industrias de ladrillos, de yeso, de almidón, de fideos, de licores y naturalmente, salinas. 

Ojeados estos capítulos, en cada uno de ellos, el autor de los mismos, Eduardo Quintana, siempre apostilla algo que induce a pensar que hubo tiempos mejores en el desarrollo de estas y otras actividades; la coletilla es sugerente: »…sin embargo no es tan activa como en otros tiempos», es decir la pujanza de San Fernando, conoce, desde su nacimiento, altibajos más o menos dramáticos, hasta el punto de que siglo y medio después, ciento cuarenta y tres años después de la muerte del que la soñara, La Carraca está a punto de desaparecer.

Para dar una idea de lo que ocurre basta con que recurramos a la prensa de entonces. Leo textualmente:

 

“El penoso estado del Arsenal de La Carraca”, dice Diario de Cádiz, de donde procede la fuente: 

»El que fue en otro tiempo rico establecimiento de la industria marítima, el arsenal de La Carraca, está hoy en estado de abandono. La economía mal entendida y aplicada a la Marina de Guerra ha llevado a La Carraca a este lamentable estado. Sus talleres están desprovistos de operarios y sus gradas, donde se han construido excelentes buques, están vacías. Sólo vemos a la goleta “Castilla”, que hace diez años se le puso la quilla y que sigue con su costillaje al descubierto soportando lluvias y calores. 

Los Caños están deplorables. Dentro de muy poco llegará el día en que los buques no puedan cruzarlos. La fragata “Libertad” varó cinco veces, y la “Arapiles” tuvo que esperar un mes para que las mareas le permitan entrar en dique»

Corre el año de 1879.

Cinco días antes de lo que acabo de transcribir, puede leerse:

“Decadencia de la actividad en San Fernando”

»El Ayuntamiento de San Fernando ha dirigido al Ministro de Marina un razonado expuesto dando cuenta de la decadencia de la ciudad cuya vida siempre se vinculó a la Marina, a causa de las disposiciones perjudiciales para San Fernando que emanan con lamentable reiteración de ese Ministerio, como la supresión de la Escuela de Condestables…»

 

¿Les suena algo de esto? ¿Estamos en 1879 o en 2004?

 

Pero podemos seguir con otras notas. Entre éstas y las anteriores han transcurrido sólo seis años. Durante este tiempo La Isla no ha salido del marasmo, y se anuncia: 

 

»Parece que el Ministro de Marina había dispuesto hace días la supresión de 700 plazas de la maestranza de la armada, pero al final sólo han sido 100 los despedidos».

 

¡Bah, poca cosa: cien familias son poca cosa!

 

Vuelve una normalidad relativa. Se anima la construcción de buques aparte de dotar al arsenal de máquinas y herramientas que dejan a nuestro astillero —dice la prensa— entre los mejores de Europa. Ya saben ustedes que en esa época se cambiaba de Ministro como de calcetines y, a Ministro nuevo, los isleños a tentarse la ropa.

Sólo un año después vuelve a agitarse La Isla con el inminente despido de 900 ó 1000 jornaleros, pero hay suerte, sólo se despiden 981. Cuatro meses más tarde, al entrar los operarios en el Arsenal se encuentran con un piquete y dos cañones mientras, por mar, un remolcador armado impide el acceso a los trabajadores que llegan de Puerto Real. La situación del Arsenal es crítica. Otra crisis más que se salda, como siempre, en precario, porque 16 años después, en enero de 1903, »marcha a Madrid una comisión para gestionar cerca del gobierno a favor del mantenimiento de trabajos en La Carraca. También, con el mismo fin, parte al día siguiente otra comisión desde Cádiz, lamentando la ausencia del obispo que no puede hacerlo por cuestiones de salud. Cádiz y San Fernando despidieron a sus respectivas comisiones con entusiasmo delirante y con vivas a San Fernando, al Arsenal, y a la Maestranza».

 

Sin comentarios y conste que transcribo literalmente.

 

Se consigue en esta ocasión que no se despida a nadie, pero cinco meses más tarde, en mayo, se suspenden todos los trabajos. Sólo hay dinero hasta el 16 de junio para 800 trabajadores. Es necesario despedir a 600. Los trabajadores se ofrecen para trabajar menos días a la semana para compartir su trabajo con los que están despedidos, pero el gobierno, en principio, no acepta, aunque al final se llega al acuerdo de que la mitad de la maestranza trabaje los lunes, miércoles y viernes, y la otra mitad, los martes, jueves y sábados.

Sin embargo la tensión es tan grande que La Isla convoca una huelga general. ¿Les suena?

Pero hay más: el Capitán General se niega a cerrar La Carraca mientras el Congreso estudia la clausura del centro. Dimite el ayuntamiento en pleno, todos los concejales con su alcalde Manuel Lobo. El Capitán General, Ramos Izquierdo, hijo de La Isla, fue “disimuladamente” trasladado a otro destino. El alcalde fue llamado por el Gobernador Civil para comunicarle que incurría en un delito de abandono de responsabilidades. El Alcalde contestó que dimitía por las mismas razones que sus compañeros de corporación. La única solución que puede ofrecer es disponer de las 910 pesetas que hay en las arcas municipales para repartirlas entre los obreros despedidos.

 

¿Pero qué ocurre en España para que este desconcierto pueda producirse y en La Isla se viva con el alma en un hilo? Que España toda es un desconcierto, que a Silvela le sucede Villaverde en la Presidencia del Consejo, y a Sánchez de Toca le sigue Cobián en el Ministerio de Marina, y lo que uno abandona a su suerte porque se va, el otro puede prometer y promete porque viene. 

Eludo las razones que esgrimen unos políticos contra otros. Es inconcebible pero cierto que la causa de tanto desastre sea las cuentas poco claras que, parece ser, se desprende de la gestión en la propia Carraca. Y lo eludo porque no he podido encontrar documento alguno con la relación de los presuntos implicados y su encarcelamiento inmediato, luego debo suponer que se trata de una artimaña para disimular lo que a todas luces es una incapacidad manifiesta de los gobernantes. Sí en cambio quisiera reseñar cómo se salda temporalmente el conflicto laboral de ese año de 1903.

Dice el Diario en grandes titulares:

»El Gobierno concede créditos para La Carraca» 

No se crean que la cuantía es extraordinaria: 768.500 pesetas.

Imagínense pese a todo a alegría: el ministro, naturalmente viene a La Isla a recoger los aplausos; es recibido en olor de multitudes; el Ayuntamiento bajo mazas, bandas de música, cuatro mil enfervorizados paisanos y una espontánea poniendo el dedo en la llaga, como siempre hace que la gente salida del pueblo, se encare con el ministro y le dice “Señor Ministro, en San Fernando hay mucha hambre. Dé vuestra excelencia trabajo”. El Ministro, Cobián, yendo a lo suyo, dijo que “las gracias no había que dárselas a él, sino a su Majestad, que no ha dejado de interesarse por los obreros de La Carraca”. ¿Qué iba a decir?, ¿qué su  Majestad también era el culpable directo de las crisis? Pero no se preocupen: 8 meses más tarde se agotan los créditos y el despido amenaza de nuevo a 600 hombres y el astillero, una vez más, cae en una nueva crisis. La economía isleña no parece estar uncida a la construcción naval, sino a una noria con poco caudal movida por asnos cansinos.

 

Esta ha sido la música que siempre nos ha acompañado, y la letra tampoco ha variado demasiado: renacer para morir poco a poco, sin ruido, cuánto menos ruido, mejor. Seamos comedidos. No caigamos en el vicio de la queja, ni en el de la envidia, ya saben que la envidia es hija de la inferioridad y de la impotencia.

A esa impotencia debemos referirnos. ¿Cómo es posible que con estos antecedentes los isleños no hayamos sido capaces de emprender otros rumbos; que, sin olvidar lo que le debemos al pasado y lo que el pasado nos debe, no hayamos sido capaces de buscar otras economías alternativas? Parece, a la vista de la historia, que no hemos querido aceptar la responsabilidad de nuestro propio futuro; que lo mismo que nunca fuimos conquistadores, sino conquistados, hemos preferido ser fieles a un amo poderoso antes que alcanzar, cada uno por sí mismo y colectivamente, la independencia; en cierto sentido, no sabemos que pensarían los grandes hombres que en este suelo nacieron, qué pensarán las generaciones venideras, pero en muchos aspectos aún conservamos un esquema social que raya más en el medievalismo que en la contemporaneidad, como si no hubiéramos asimilado ninguna de las formas de ser y de hacer de tantos pueblos como nos hollaron, o tal vez, sí, y por eso nuestra filosofía desembocó en un conformismo pastueño, que, mientras las economías no salían de lo netamente doméstico, se podía ir tirando, sobreviviendo, pero cuando poco a poco estamos viendo que nuestros competidores no son los del pueblo de al lado, sino los de todos los pueblos de mundo, coreanos incluidos, entonces, como ahora otra vez, nos sentimos huérfanos y desamparados, y no tenemos recambios.

La Isla como problema. Los isleños como problema. Dije al principio que esta conferencia estaba fuera de cualquiera intencionalidad política. No hay políticas en una radiografía. Que queramos admitir o no que esta sea la nuestra, no dependerá de mi pobre capacidad dialéctica, sino del rigor de cada uno. Un solo ejemplo, ahora que estamos inmersos otra vez en una crisis naval profunda. Cualquiera puede preguntarse si esta crisis actual —que por lo que estamos viendo es la misma de siempre— ¿está provocada porque somos malos construyendo barcos, porque somos lentos, porque somos caros, o porque, queriéndolo abarcar todo no hemos sabido especializarnos en nada? Hace más de veinte años Finlandia se especializó en ferry’s, Dinamarca en porta contenedores, Italia en cruceros, Francia y Alemania en buques de altísima tecnología; ninguno de esos países tienen como competidores directos a los asiáticos. Nosotros, por lo visto, sí. Llegamos a ser una potencia mundial en construcción naval, pero a medida que otros mercados crecían, el nuestro bajaba los precios para mantenernos, contratando unidades hasta por la mitad de su costo real, que luego, naturalmente, quedaba reflejado en la cuenta de resultados. ¡Se han perdido diez mil millones! Y no era verdad, se había contratado a la baja gracias a una política comercial suicida, a unos gobiernos y a unas políticas que, temiendo lo social, se despreocupaba de lo económico cargando directamente a los contribuyentes sus errores y su falta de ideas para cerrar definitivamente, y no en falso como siempre, una crisis endémica de la que nunca se ha dicho toda la verdad. Hoy tampoco, como saben todos los trabajadores del sector, incluidos sus propios sindicatos. Pero esta es otra historia que deberá ser abordada por los especialistas sin son capaces de pensar sin estar coaccionados por ninguna ideología.

Era necesario hacer el recorrido que hemos hecho, no para encontrar soluciones que se escapan de nuestras competencias, sino para demostrar que nada de lo que nos ocurre es nuevo, vamos, que nos viene de lejos y que lo increíble es que nos haya vuelto a pillar de sorpresa, que no nos hayamos dado cuenta todavía que hay que buscar otras alternativas, que debemos dejar el hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo que decía San Pablo. Seguimos estando a meced de otros. Nos cambian los decorados del  mundo, ya el teatro es otro, y cerramos los ojos ignorando que los demás ya están instalados en vanguardia, en la iniciativa privada, en el teatro adecuado y con argumentos reales, no como nosotros los españoles en general y los isleños en particular, que seguimos empeñados en representar teatro adaptado de la Galería Lasaliana.      

Pero ni siquiera es este el fondo del problema, ya lo decía hace un instante, el problema es que no hemos caído en la cuenta de que existen otros caminos. Pensar en las antiguas fábricas de licores, de albayalde, de jabón, debiera conducirnos a algo más que a una espera incierta. Salir y comprobar cómo muchos pueblos próximos y no tan próximos, Montoro, Montilla, Almería. Huelva, por citar algunos tan solo, se han reconvertido y no dependen de un solo amo. Yecla, por ejemplo, tiene ochenta fábricas de muebles que se venden en Europa, ¡en toda Europa! Y esto debiera indicarnos que la iniciativa privada puede llegar más lejos que la industria subvencionada, y la iniciativa privada tampoco debe esperarse como un maná caído del cielo, personalizado en inversores generosos, dispuestos a dar dinero a manos llenas. De esos sí que hay que desconfiar tanto como de que llegará un gobierno salvador con indulgencias plenarias. La gloria es algo que se consigue individualmente, con el esfuerzo diario. Los milagros pertenecen otras latitudes, la economía se estudia en las escuelas especializadas.

Naturalmente esto no es motivo para nadie tenga que convertirse en guía de excursionistas, sobre todo porque no hay que seguir a un solo guía, sino a la concurrencia de todos. Lo decía nuestro Presidente en su discurso de toma de posesión hace unos días, él se refería a la cultura, y señalaba que era cosa de todos, de la voluntad, del convencimiento de que para pertenecer al mundo de hoy no se puede permanecer siendo espectador gratuito, en nuestro caso podría añadirse: ni pretender seguir dependiendo de la teta del Estado exclusivamente. El Estado que nos proporcione infraestructuras, no subvenciones, que de los proyectos y de los riesgos ya se encargarán los empresarios libres. 

Pero, por favor, que no se produzca la desbandada, que se defienda lo que aún tenemos mientras buscamos salidas alternativas, y, por qué no, exigiendo que la crisis no vuelva a cerrarse en falso como viene sucediendo desde que Patiño soñara La Carraca y como consecuencia naciera La Isla.

Si no nos empeñamos en variar, si queremos seguir viviendo con un sobresalto perenne, que nada cambie, que no se mueva una hoja, que nadie respire fuerte no vaya a apagarse la luz de la única vela que nos alumbra. Silencio. Silencio y oración. Y repitan conmigo: Señor, mira a La Isla según tu misericordia.

 

San Fernando, de Febrero de 1999 

 

Discurso de Ingreso en la Real Academia de San Romualdo

 

 

 

Tengo por cierto que el ser humano casi nunca es lo que quiere ser, sino el resultado de lo que puede digerir. 

Un proverbio árabe lo dice de otra forma: “Nadie puede saltar fuera de su propia sombra”. Y Jardiel Poncela, con su irónica crudeza, lo remataba afirmando que en la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen, que la gran mayoría se roncan. 

Con estas premisas podrán creer que este momento, el honor que en este momento recibo, no lo he soñado nunca, ni siquiera cuando siendo un chaval lleno de ilusiones, esto es, lleno de preguntas sin respuesta, me acerqué por primera vez a un acto público organizado por esta Academia. 

La Isla era otra, podrán comprenderlo. En aquella Isla de relumbrón, para ser alguien, había que usar sombrero, vestir de oscuro o de uniforme; preferentemente de uniforme con los galones como Dios manda: paralelos a la bocamanga; porque llevarlos al biés era otro cantar, como lo eran las distintas posiciones de las estrellas, de las que tanto sabían, como de galones, las isleñas casaderas. 

Entrar, por tanto, en la Biblioteca Lobo y ver a tanto señor de oscuro, a tanto uniforme con los galones bien puestos, e identificarlo con la Cultura Isleña con mayúscula, bendecida y consagrada, fue todo uno; y me dio un cierto repelús, no porque considerara inalcanzable aquel Parnaso circunstancia que ni siquiera me planteé, sino porque lo inimaginable para mí, como para cualquier chaval de mi edad, era verse de señor mayor, vestido de oscuro y dando sombrerazos. 

Ha pasado el tiempo, estoy desembocando en un paisaje similar al que tanto me inquietó entonces, y aun cuando ya lleve conmigo una dosis importante de escepticismo que me protege, sigo teniendo muchas preguntas sin respuesta; es decir, sigo teniendo curiosidad e ilusiones, por lo que no me considero señor mayor a la vieja usanza, sino paciente pescador de caña, consciente de que a mayor simplicidad en las preguntas, más difíciles son de encontrar las respuestas. En el fondo, quiero decir que sigo siendo el mismo chaval asustadizo de los ringorrangos y los protocolos, con la ventaja de haber vivido, de haber tratado, alternado, con gente variopinta, tanto más sencilla cuanto más importante, y esto, aparte de cauterizar viejas impresiones, me ha servido para ser condescendiente sin dejar de ser irónico, tolerante sin dejar de ser crítico, y empedernido observador del ser humano, que es, quizá, lo único que de verdad me importa, porque es el único paisaje verdaderamente sorprendente, aunque para contemplarlo haya que entornar los ojos y guardar una distancia prudencial; en definitiva, creo que puedo acreditar que he digerido aceptablemente las experiencias que me ha brindado la vida y que, por ello, mis sueños han estado huérfanos de los ronquidos a que aludía Jardiel. 

En fin, que todo este preámbulo no es sino un posicionamiento previo que a lo largo de mi intervención intentaré dejar aclarado, aunque también sea una forma de camuflar mi emoción y mi agradecimiento. Emoción por ingresar en una institución a la que respeto, y agradecimiento a mis, desde ahora, compañeros de la Academia, muchos de ellos amigos entrañables, admirador de todos, me votaran o no, como debe ser, como debe comprenderse si se piensa que en esta tierra, con un poco de suerte y mucha benevolencia, sólo se adquiere una cierta unanimidad cuando ya no hace falta. El Señor nos coja confesados. Gracias, pues, a todos. 

Una última aclaración preliminar: deben comprender que ante la responsabilidad de confeccionar este discurso de ingreso, pidiera su parecer a esos tres o cuatro amigos que uno tiene, incapaces de mentir ni siquiera por cariño, para que me orientaran sobre el tema que, en esta circunstancia, debiera abordar. Todos, cada uno por separado, coincidieron en que tratara de La Isla y sus gentes, aunque, me advirtieron, que no cayera en el error de los aficionados a historiadores, a sociólogos, a antropólogos o del chisme de patio de vecinos y arriate, que tanto abundan por estos pagos. Es decir, que aunque mis observaciones descansaran en esas materias las metabolizara literariamente, puesto que, en el oficio de escritor hay que pedir prestados los datos, y amasarlos para recrearlos después de haberlos dejado en reposo, en maceración, que diría cualquiera de mis admirados maestros de cocina. 

La Isla y los isleños. 

Bueno, en realidad, los isleños y La Isla ya los abordé en mi libro “Por los siglos de los siglos”; libro de retratos, como se subrayaba en él, en donde los lectores han ido poniendo a mis personajes de ficción, nombres y apellidos concretos a pesar de estar fundidos con las personalidades de muchos para poder conseguir los arquetipos, o precisamente por eso. Pero si di pistas identificativas y los lectores las reconocieron, debo suponer que no marré demasiado en aquella galería de retratos, y que el paisaje, como las peripecias, fueron honestos, alejados de la caricatura, que es, ustedes lo saben bien, el espíritu que ha animado a mucho escritor localista. 

La Isla y los isleños. 

Decía Faulkner que “el deber del escritor es reflejar su vida, aportar su experiencia, todo lo que ha soportado, toda su pequeña aventura humana, todo lo que Dios ha querido hacer de él”. 

Si esto lo hubieran hecho en La Isla al pie de la letra, con valentía y con talento, seguro que habrían saltado los esquemas. Decir que en el arranque de La Isla que viví estaba una sociedad pagada y satisfecha de sí misma, donde hasta la inteligencia tenía que ser hereditaria, como los apellidos o la casa en la calle Real; que en La Isla se confundía la razón con el ejercicio de la autoridad, la idea con la orden, el empleo con el destino, la persona con el cargo; y poder decirlo lisa y llanamente, sin resquemores, ni afanes de revancha sino con la perspectiva que da el tiempo, la cultura bien digerida y la asimilación de otros esquemas sociales más realistas, donde pocos se miran al ombligo, conscientes de que el futuro empieza cada mañana; convendrán conmigo que en La Isla no ha sido un ejercicio habitual; que ha faltado ese constante acto de contrición, necesario para no perder los papeles. Por el contrario, aquí se ha adulado demasiado, precisamente por la configuración escalafonada de la sociedad, por la forzada convivencia diaria y por ese carácter oficialista que ha presidido cualquier relación entre los isleños, cada uno en sus círculos cerrados, salvo en esas válvulas de escape que fueron para muchos las cofradías, escalafones paralelos para medrar algunos, o para seguir asintiendo, porque lo importante nunca fue el ser, sino el estar; un proceso que aquí se ha seguido de forma inversa a cualquiera otra parte, donde primero es necesario ser para poder estar; aquí se optó por afianzar el estar para poder ser. Ser y estar. Llegar a ser es muy complicado, y casi siempre es producto de muchas y variadas digestiones. Estar es mucho más fácil, basta la perseverancia, el enchufe, los trienios, o una simple orden ministerial. O todo al mismo tiempo, por ese orden. 

Los que me conocen saben que salí temprano de La Isla, de esos esquemas, apenas cumplidos los veinte años. Fuera de aquí, me empeñé en ver a mi pueblo al trasluz de otros pueblos, a medida que los iba conociendo, entendiendo que cada uno siempre tuvo una justificación para existir, buscando en cada uno la razón 

—o las razones— de su origen y posterior ocaso o desarrollo. Así me los fui encontrando a orillas de caminos reales, o de cañadas de la mesta, o a la sombra de castillos y conventos o, simplemente, porque a alguien se le ocurrió montar unos telares, unos hornos, una fábrica de embutidos, o explotar una cantera. 

Pueblos y aun capitales nacieron con levísimos pretextos y no todos lograron sobrevivir; así muchos, agotadas sus canteras o esquilmados sus bosques, más concretamente, siendo incapaces de transformar su materia prima, terminaron convertidos en fantasmas y que hoy, con esa visión mercantilista que nos domina, podemos decir que fueron víctimas de la falta de iniciativas. Los más, sin embargo, con unas formas de vida, si no aseguradas, sí con ideas y determinación para afianzarlas fueron superando el reto de los tiempos; es decir,vecinos llegaban al convencimiento de que, precisamente, en sus precariedades y en sus limitaciones descansaban sus únicos motores, sus mejores aliados para el desarrollo. De ahí, por ejemplo, el valor casi mágico que en muchos lugares se le sigue dando al terreno propio o comunal, o a las herramientas con las que se consigue el pan de cada día, o a la garantía de continuidad que se le otorga a las cosechas o, en el plano doméstico, a ese símbolo, a ese seguro anual que constituían las matanzas; dicho de otro modo: los pueblos, a pesar de la industrialización que tanto ayuda, viven, tienen pulso, cuando ni siquiera esa industrialización ha logrado matar del todo conceptos tan puros como pan, lumbre, tierra, porque son ellos los que ayudan a configurar unas formas de ser, imprescindible giroscópica si de encontrar el norte permanentemente se trata, de tener definido el camino para asegurar el futuro, día a día. El problema está cuando todos se conforman con ser tripulantes de una teórica nave cuyo rumbo lo marcan otros, sea el Estado o una multinacional monopolista a los que no les interesa las formas de ser sino las formas de hacer. 

Alguna vez he referido que tuve la suerte de vagabundear por España en aquellos años donde la singularidad de sus rincones no la había prostituido la televisión, ventana global y adocenante que tantas inocencias matara. A golpes de fines de semana fui recorriendo pueblos, empezando con el “Viaje a la Alcarria” como itinerario de cabecera, y después con la intuición como guía; a veces en trenes renqueantes de maderas y ruidos, otras en autobuses capaces de hacer amistades, compartir vivencias y meriendas; las más, con un amigo, apasionado del volante, alquiladores de seiscientos a prueba de calentones o ventiscas de hielo; en pocas palabras: cuando viajar suponía un porcentaje grande de aventura, de sorpresas que obligaban a mantener despiertos los sentidos para poder asimilar lo inesperado, aprender de lo mínimo y con lo grandioso y conmoverse con lo inefable. Posadas, albergues, pensiones y hasta hoteles pomposos fueron mis techos; camas hondas, sábanas de hilo áspero, olorosas de lavandas y membrillos; palanganeros con jofainas de porcelana y bañeras como barcas románticas varadas, me fueron tan familiares como las sopas en cuencos de madera o de barro, los calderos sobre trébedes en las brasas de los hogares, el silencio de los amaneceres, roto por el orfeón de los gallos, el rodar de los primeros carros, o el sonar de los rebaños buscando sus majadas. Charlas sosegadas con vino gordo y tabaco negro por delante; hombres recios de mirar lejano, como si para ellos no existiera más que el pasado y la voluntad de Dios. Tiempo aquel en el que busqué canciones de boda o de trilla, en corros de mujeres encajeras, sol y sombra en soportales de piedra, mujeres siempre atareadas, desde las migas del alba hasta el último rezo del día, en los primeros frescores de la noche o al amor del hogar, hondo y cálido como una nana de abuela. 

Como andaluz arrastraba ese complejo que los andaluces teníamos con nuestra ceceante pronunciación, por considerar que la buena era sinónimo de cultura; buscar, como buscaba, el habla castellana de la gente sencilla y convencerme de que la cultura no tenía nada que ver con las eses bien pronunciadas fue un alivio; consecuentemente, el trato con gente diversa me llevó a convencerme de que siempre había una cultura más auténtica que los folklores oficiales y que en todas partes existen eruditos relamidos, como salidos de hojillas de almanaque, dispuestos a entrar en todas las salsas. Y hacen bien; qué más da. También, por contra, pude comprender que una de las cualidades más dignas de admiración en el ser humano no era ni siquiera la inteligencia y, mucho menos, el prestigio social, sino la sencillez, porque servía para realzar a ambos; de ahí que, al extrapolar el dato de la pronunciación, no tuviera más remedio que reírme mentalmente de aquellos amigos isleños, que con sólo hacer una excursión a Madrid, a examinarse para ingresar en la Armada, por ejemplo, viaje de ida y vuelta para muchos, volvieran hablando como si hubieran nacido en Chamberí o, peor, en la mismísima calle de Serrano. Y, andando el tiempo, anclado definitivamente en este puerto, es natural que no sienta demasiada extrañeza ante tanto arrebato costumbrista y tanto empeño en defender, como si de tesis doctorales se trataran, auténticas estupideces. En fin, que quizás influenciado por La Isla de cartón piedra que dejé, me fui convirtiendo en un curioso de la vida allí donde la vida se me mostraba sin intermediarios; o lo que es lo mismo: convertido en un empírico al que no podía faltarle ni la fe en las personas ni el escepticismo proporcional para no perder la perspectiva, y ver La Isla en trasluces y claroscuros, para que nadie pudiera desvirtuármela ya que, pese a todo, había aprendido a quererla en la distancia. 

Se aprende por contraste. Se aprende a valorar cuando se tienen elementos que puedan ser comparados. Para saber cuánto se ama es necesaria la ausencia. Para conocer cómo son los sentimientos del pueblo donde uno nace es necesaria la distancia. Distancia no sólo física, sino en el tiempo. 

Suele decirse que los hechos, los acontecimientos, sólo penetran en la Historia cuando transforman el presente y condicionan el futuro; aseveración ésta que dudo la conozcan todos los políticos que nos gobiernan. En La Isla, antes de 1717, no ocurre casi nada; bueno, ya me entienden: sí, un terreno que cambia sucesivamente de dueños, unas finquitas algo más aparentes que los actuales chalés adosados de La Barrosa y poco más, porque todo lo anterior, hornos y alfares púnicos incluidos, salvo las explotaciones salineras, fueron un pasar más o menos precario, pero que nos condicionaron poco. En cambio, en 1717, el traslado de la Casa de Contratación de Sevilla a Cádiz va a desencadenar acontecimientos de consecuencias inmediatas y futuras para La Isla. La decisión de Patiño de desligar, dentro de la Bahía, el puerto comercial del militar y de instalar en este término un Arsenal de grandes dimensiones, es el principio de todo, en el que el azar también juega su baza importante. Seguramente el destino de este suelo nuestro hubiera sido otro de no coincidir en Patiño la circunstancia de ser nombrado, al mismo tiempo, Intendente General de la Marina y Presidente del Tribunal de Contratación; es decir, reunir en una sola persona la capacidad de arbitrar, no sin forcejeos, una solución que beneficiaba a esta parte, de privilegiada situación, aunque bastante improductiva industrialmente hablando, salvo las salinas ya mencionadas. 

La Isla nace, pues, con una razón y con un objetivo concretos: una renovación de la política naval y un arsenal militar para conseguirla. Por estos motivos a ella arriban centenares de personas con oficios especializados que, en aquel tiempo, ya suponen un peldaño superior en la escala social. Más aún y para precisarlo mejor: nadie viene para ejercer su oficio en la industria naval privada, sino en la militar, que determinaría unos reglamentos y unos comportamientos distintos, marcados por las ordenanzas y, consecuentemente, por los grados y escalafones; dato importante si de forjar un estilo o unos caracteres se trata. 

Hasta hace unos años, fuera de los límites de nuestro término municipal, sobre todo en el entorno próximo, a los cañaíllas se nos consideraba más bien esquinadamente, pese a ser La Isla una gran bolsa de trabajo que redimió a tantos de la peonada en labrantíos. En un arco que podía empezar en Chipiona, pasar por Jerez y la Sierra y terminar en Tarifa, a los isleños nos veían estirados, altaneros, cursis, entre tanto uniforme y tanta corbata. Un conileño listo, al que conocí, decía que bastaba tomar café en La Mallorquina “para hacerle un retrato a La Isla entera”: allí el militar relegado, retirado hasta del saludo de los que estuvieron bajo sus órdenes; el director de banco que se hace el cordial o el estrecho, según el cliente; el que se levanta cada mañana dispuesto a dar el sablazo; el que, como si esperara a alguien, lee gratis el periódico; el que después del día quince ya no desayuna con tostadas porque el sueldo también ha de tapar otras voluptuosidades; allí la tertulia de camafeos con escasa conversación, pocas ganas de consumir y mucha constancia. Argumentar que esos tipos se dan en cualquier parte, como le argumentaba a mi amigo, no me tranquilizaba demasiado, sobre todo cuando me remataba diciendo: Sí, pero sólo aquí, además, te perdonan la vida. 

Ser distintos. No hay lugar que conozca en donde no presuman de ser distintos a los del pueblo de al lado. Sin embargo, en La Isla sí hubo razones que lo justificara, si consideramos que desde su nacimiento ha estado condicionada a un destino y unas voluntades que han excedido a su propio territorio y a sus propias iniciativas. 

Cuando se está cuestionando el valor estratégico actual del Arsenal de La Carraca, no se discutía cuando se decide aquel lugar como el mejor y más adecuado, al abrigo de cualquier ataque, como el tiempo se encargó de demostrar. Pero el hecho cierto es que al calor de esa industria naval nace un pueblo nutrido de gente especializada, unidas sin más sentimientos que el azar de unas profesiones y las disciplinas de unas ordenanzas. La Isla de León crece aprisa y, como consecuencia de ello, “sus casas, dice Cristelly, son agradables a la vista, generalmente cómodas, sin ser magníficas ni espaciosas”; es decir, que en La Isla, al no haber más capitales que los sueldos, no hay lujos, sino premura para alojar al alubión de familias que vienen al amor del Arsenal. 

Los comportamientos, unidos a las formas de hacer, van perfilando unas formas de ser, que es donde veo la raíz de nuestros rasgos diferenciales igual que los he visto en otros lugares, como citaba, aunque aquí, además, tuvimos el valor añadido de la trascendencia del quehacer diario, eso que también se ha definido en La Isla como destino. No es lo mismo nacer para darle continuidad a la nombradía de unas viñas, que hacerlo dentro de un marco donde se forja y se cimienta o se intenta forjar y cimentar el prestigio naval de las Españas. 

La peripecia local va supeditada desde entonces a la peripecia nacional, como lo demuestran las vicisitudes históricas que marcan indeleblemente el carácter de los isleños: Trafalgar, Las Cortes de Cádiz, la pérdida de las Colonias o la Guerra Civil, por citar solo lo más sobresaliente dentro de ese tiempo comprendido entre la decisión de Patiño y nuestros días, fueron acontecimientos que no sólo, por sus magnitudes, conmocionaron y condicionaron a España, sino de una forma mucho más directa a los habitantes de La Isla. Cuando hoy se dice que toda nuestra historia ha estado vinculada a la defensa nacional, creo que no se expresa con exactitud hasta qué punto fue esto cierto y cómo ese acto de servicio imposibilitó otros esquemas económicos. Que en los perfiles socioeconómicos de La Isla, Trafalgar, Las Cortes, Cuba y Filipinas y la Guerra Civil han sido variables que no han manejado en la misma proporción otros pueblos, es tan evidente como que esos pueblos tampoco tuvieron que adquirir la cintura ni los reflejos para convivir con franceses o ingleses, ora enemigos, ora aliados, ni que poner a flote una escuadra para ser los primeros en recibir la noticia de su desastre y el luto por sus muertos; ni sufrir tan directamente a consecuencia de todos los aconteceres y vivir en propia carne las muchas agonías de la Armada, de su Marina, su pan, su pretexto y su orgullo. 

Aquí no se lloraron cosechas perdidas, ni se lagrimeó intermitentemente por las malas; aquí la flota de bajura nunca fue pan amargo para huérfanos y viudas; sin embargo, los grandes dolores de España, en La Isla se arrastraron durante más tiempo. Después de Trafalgar, la paralización de los astilleros isleños hace caer la población, que vive uno de sus muchos momentos de penuria e incertidumbre y empieza, sobre todo para los marinos y los que de la marina dependen, ese aguantar el tipo con la estoica dignidad no exenta de soberbia que ha sido una de sus constantes más sobresalientes. España nunca fue, en La Isla, una abstracción ni una ortopedia. España le dio a La Isla un sentido y una razón de ser, aunque admitiendo el dominio de lo militar sobre lo civil; lo civil acompasado a lo militar, incluso cuando las Cortes de 1810. Es la guerra la que hace recluirse en La Isla a los que van a proclamar la libertad, aunque es el pueblo el que sabe crear ese clima que la propicia, un pueblo apasionado o distante, sensible y hospitalario, como queriendo demostrar que es algo más que escenario forzado de unos acontecimientos que van a transformar y a sentar las bases de una España más moderna y más justa. Equivocarse en la defensa del monarca no es imputable ni a las actitudes ni a los propósitos, sino a no comprobar ni la composición ni la fecha de caducidad del medicamento base del tratamiento. Los isleños, que tan de cerca vivieron y tanto apostaron por la libertad, quedaron marcados, una vez más, cuando el absolutismo, “lo oficial”, terminó imponiendo su ley y su fuerza. El instinto del pueblo ya notaba que “lo oficial”, con precariedades, daba para comer todos los días, pero “lo oficial” también era susceptible de dejar abandonados a todos a su suerte, como se vio en la Guerra de la Independencia, o en la política suicida que condujo al desastre de las Colonias. 

Como muchos de ustedes, por edad conviví con personas que vivieron “lo de Cuba y Filipinas”. La Isla, señoreada ya en San Fernando, conservó mucho tiempo el recuerdo de la Cuba colonial, no sólo en las heridas y las ausencias que el tiempo tardó en cicatrizar, sino en las añoranzas de pasados esplendores, en las reliquias de sus muebles de rubia caoba, o en sus tresillos de bambú para los patios con montera, o en dulzonas habaneras en el piano los jueves de visita, con café, cacao, jalea y guayaba en los dulces caseros. Muchos de ustedes recordarán también aquellos negritos corpóreos, tallados o recortados en madera, portadores estáticos de bandejas para el cenicero o la cestilla con la labor de ganchillo. Cuba y Filipinas: cofres con taraceas, mesitas con incrustaciones de marfil, máscaras y bustos de ébano fueron un referente lánguido que en La Isla también ayudó a perfilar una clase social que se acostumbró a enseñar los muñones de sus heridas y sus listas de bajas familiares como marchamo de garantía, fenómeno que se repetiría hasta el infinito en la Guerra Civil. Como reacción frívola al colonialismo perdido, esa clase social desembocó en un sueño acaparador de servicio doméstico, la mayoría de las veces desmesurado e incluso anacrónico con el verdadero nivel de vida que se podían permitir los señores de la casa, pero que contribuyó a establecer una urdimbre entre clases, aparte de tatas tan extraordinarias como mal pagadas, pero que al final lo daban por bien empleado porque tenían el cariño de los niños criados por ellas y el ser consideradas “como de la familia”. Luces y sombras: claroscuros. 

Uno que, como ya ha dejado dicho, tiene sus años sin llegar a ser señor mayor, recuerda el paseo de muchos matrimonios isleños, niñera por delante empujando el cochecito de capota con el último vástago de la familia. Pasear con niñera por la calle Real fue el antecedente de la moda actual de pasearse con carritos abarrotados con las sensacionales ofertas de los supermercados. La Isla eterna, que cambia de costumbres pero no de actitudes. 

Y la postguerra. 

Perdónenme si no digo una sola palabra sobre la guerra. 

Hace algunos años, cuando logré enterarme de sus verdades y sus mentiras, me juré no escribir ni una palabra sobre tan terrible suceso. En mi afán de saber más allá de lo que nos contaban los libros de historia, siempre partidistas, incluso los escritos por extranjeros, traté de conocer la visión personal de los protagonistas de uno y otro bando; desde aquel anarquista, guarda-almacén en una empresa de publicidad en la que trabajé, hasta la familia de derechas, acosada en el Madrid cercado y muerto de hambre. Pisé aquellos pueblos que estuvieron en primera línea y que fueron reconstruidos por aquel organismo que se llamó Regiones Desvastadas, donde, casi veinte años después, las gentes guardaban sus miedos en espectrales casas de granito, frías, como panteones de vivos, sustitutos de los que tendrían que haber erigido a los que en todas las guerras mueren con una terrible pregunta sin respuesta. Supe de la guerra a través de un dibujante que la hizo en el Estado Mayor del General Rojo, de un capitán republicano que, perdida su condición, se ganaba la vida escribiendo novelas policíacas; supe lo que fue la Guerra con los ojos de un empresario, entonces niño, que pasó a diario las líneas de Madrid, andando, con dos conejos colgados del cuello en el viaje de ida y dos latitas de aceite, de la misma guisa, en el viaje de vuelta. O desde aquella conversación larga con Manuel Hedilla, en Barajas, esperando a un hijo suyo que venía de Inglaterra en uno de esos intercambios escolares que organizaba mi colegio; nunca he agradecido tanto el retraso de un vuelo. Supe, pues, de la guerra, a través de los que la sufrieron y decidieron olvidarla; también de los que pasaron factura y hoy lo niegan todo. En fin, que cuando creí tener una perspectiva desapasionada, preferí pasar página, que es lo que se debe hacer con todas las vergüenzas. Sin embargo no he querido hacerlo con la postguerra, sobre todo porque ésa me toco vivirla y creo que no se debe olvidar su calado porque este sí que condicionó definitivamente nuestra forma de ser. 

La moneda al aire que es cualquier guerra civil, en La Isla decidió un bando en donde, como siempre ocurre cuando existen dos mitades, en ambas partes hubo héroes y cobardes, víctimas y verdugos, vencedores y vencidos, todos, a la postre, perdedores. Los llantos y los lutos en La Isla caminaron juntos sin preguntarle a las ideologías, si acaso a los que creyéndolas verdades absolutas abrieron abismos de resentimiento. 

De lo que no cabe duda es que en la lenta, desesperante postguerra es cuando La Isla sufre una radical transformación, y a la ciudad pacífica y confiada le nacen verdaderos antagonismos. Y es lógico que ello ocurriera porque aparecen definitivamente los elementos comparativos. Decía Spengler que “uno de los derechos de la victoria es transformarse en injusticia hacia el vencido, pero también, que uno de los derechos de los vencidos es impedir que el vencedor se aproveche de la victoria”. Aquí se cumplió la primera parte, pero no pudo cumplirse la segunda porque solo cupo el rechinar de dientes y el silencio. 

No sé. Venimos haciendo hincapié en la dependencia de La Isla hacia lo militar, y aun cuando sus formas de hacer se fraguan en la disciplina castrense, en las formas de ser fueron creándose anticuerpos que la equilibran, como veníamos diciendo. Se diría que en el isleño se establece un automatismo para desconectarse de “la disciplina oficial” quizá porque ha ido asimilando la insensibilidad de “lo oficial”, quizá como ejercicio de autodefensa mental, como consuelo a su propio sometimiento, su válvula de escape fuera la misma a la que llegó Benavente, que aseguraba irónicamente que “la disciplina consistía en que un imbécil se hiciera obedecer por otros más inteligentes”. Puede que fuera sólo una broma del autor de “Los Intereses Creados”, pero piensen cuántos aquí se aliviaron con ese pensamiento, cuántos siguen pensando lo mismo pese al tiempo transcurrido; lo que a la postre viene a significar que ése es un elemento más que añadir a la materia con la que estamos amasados, y que si se hubiera dicho en tiempo y forma, no sólo habrían saltado los esquemas, como decía, sino que muchos habrían tenido una mejor perspectiva de sí mismos. 

El hambre y el militarismo fueron dos factores que marcaron la primera posguerra. Sin embargo, pese al aire de victoria que se respiraba y a ciertas ventajas en algunos, los militares nunca vivieron en la opulencia; ellos, sí, tenían sus uniformes y sus talantes, pero también unas limitaciones que el pueblo llano no tenía; pero el pueblo llano no suele ver más que gestos y actitudes. Chesterton aseguraba que todas las ideas generales son falsas; claro que a Chesterton no lo había leído ninguno de los que pasaban hambre en lo hondo de las Callejuelas, como tampoco podían imaginar que también la pasara el teniente de navío con casa de alquiler en cualquier calle del centro. Si al brigada o al capitán de la esquina le arrimaban carbón bajo cuerda, no todos los brigadas ni todos los capitanes cometían el mismo atropello. De pequeños detalles se fue creando un resentimiento grande, al que ayudó tanta misa de campaña, tanto desfile, tanto uniforme en las terrazas de las cafeterías, tanto baile de gala en el casinillo de doña Anuncia, con baranda en la alameda para separarse del pueblo sin uniforme y sin casino. 

La literatura, el arte de contar cosas, no tiene nada que ver con la estadística; los que escribimos, si no tenemos la capacidad de síntesis ni sabemos describir con cortas, pero certeras pinceladas, no sólo caeremos en una minuciosidad desesperante, sino que privaremos al lector de su propia imaginación para que, según su conocimiento, termine de perfilar el cuadro. Basten, pues, estos breves apuntes y pongan ustedes todos los matices que quieran, aunque teniendo en cuenta lo que una vez leí: que nadie puede salir de su individualidad. Y debe ser cierto, porque la opinión general está formada por muchas individualizadas; o lo que es lo mismo: la verdad oficial puede estar confeccionada de muchas pequeñas mentiras superpuestas. 

La Isla de aquel tiempo es una mezcla apagada de alpargatas y de sables, de hambre maquillada con uniformes y hambre descarnada y sin disfraces. Entre las clases más humildes, los militares no estuvieron bien vistos, pero los que no lo eran aspiraban a serlo o a parecerlo. La Isla, dos siglos y medio después de su nacimiento se dio cuenta que solo en lo naval militar tenía su pan y su paño de lágrimas; sumisa, por necesidad, aparcó las ideologías y las fobias, porque la redención del patio de vecinos, de la habitación con derecho a cocina, venía de la mano de un carné donde se leyera Arsenal, Observatorio, Suministros, Parque de Automovilismo, Cuartel de Instrucción, Hospital de San Carlos, Bazán o Constructora. Un carné con derecho a “economato” y a barriada de casas, a colegios y a escuelas profesionales; un carné que entreabría la puerta de la clase media, garantía de sueldo corto asegurado con el que obtener credibilidad y crédito para comprarse la ropa a plazos, y los muebles, y la radio Telefunken, y la nevera, para desembocar hasta en la conquista social del vermú de los domingos, después de salir de misa de doce. 

Poco a poco La Isla empezó a perder la inocencia de la pobreza para ser casi toda ella clase media. Nadie entonces se planteó esa modernidad de la productividad, porque todos vivían gracias a las muchas horas extraordinarias, fueran o no productivas. La Isla, que siempre ha sido rica en capitales turbios y en apellidos ilustres, aunque ambos dentro de la más exquisita discreción, empezó a articularse de espaldas a “lo civil”. En los años cuarenta el presupuesto municipal no llegaba a los diez millones de pesetas y los empleados del ayuntamiento, como los dependientes de comercio, eran gente triste que arreglaban cartillas de racionamiento o despachaban tras los mostradores bajo la severa mirada de los dueños, incapaces de ninguna zalamería con los clientes porque el negocio, todos los negocios, para serlo, tenían que tener alguna relación con la Bazán o la Marina. También ésta fue una característica que nos singularizó, que ha ido perfilando unos estilos autóctonos, como el exilio voluntario de los más inteligentes por no comulgar con ningún esquema, o la mediocridad manifiesta de los que creen que su lugar en el sol van a conseguirlo con adulaciones, maledicencias, codazos y zancadillas; ellos, como afirmaba Maurois están condenados a ser mediocres porque odian y admiran mediocremente. 

La Isla y los isleños: rica paleta saturada de colores diversos con un aglutinante único, el escalafón. El escalafón, ambicionado por todos, seguro de vida, pero también una cortapisa a la sinceridad, aparte, claro está, de un freno a las valías personales y a las iniciativas individuales. No se puede ser sincero cuando siempre se tiene a alguien por encima que pueda molestarse; de qué valen las iniciativas si lo rentable es el goteo de cada fin de mes, llueva o ventee. El desasosiego actual de tantos y tantos isleños es que ya, difícilmente, podrán perpetuarse esos automatismos, porque, a pesar de que con el escalafón se conseguía una libertad condicionada, había que prescindir de la independencia. Ser independiente en La Isla sigue resultando carísimo, porque lo importante aquí es ser cereza y encontrar un cesto adecuado. Siempre ha habido cestos para todos: para inspectores de aceras, para coleccionistas de vitolas, para criadores de canarios flauta, para aficionados a los crucigramas en horas de oficina, para vestidores de Vírgenes, para aficionados a las trompetas y a los tambores … para los que creen que para ser escritor o poeta sólo es necesario un bolígrafo y una cuartilla o, como dictan ahora los tiempos, un ordenador personal, con muchos gigabytes en el disco duro. Tener la obligación de estar en el trabajo de ocho a tres deja mucho tiempo libre. 

Decían de Unamuno que era el único que predicaba impávido las pocas cosas que comprendía y sabía. Unamuno pudo estar equivocado pero fue honesto, pudo engañarse pero no engañar. Así he pretendido exponer mi visión de La Isla y los isleños, abocetando el cuadro general, buscando la simiente de donde nacimos, exponiendo los avatares de las cosechas, saliendo de su ombligo para compararla y valorarla sin hipocresías, aunque con la duda de si la materia con la que fuimos amasados no estará ya caducada; si será o no un error seguir aferrándonos a los pasados; si ser distintos nos compensa; si desde la impunidad de los escalafones se puede dinamizar el futuro. 

Dudas, demasiadas dudas. “Dudar hasta de la duda -lo decía Antonio Machado es una recompensa que otorga Dios a los escépticos y a los creyentes”. Y Ortega añadía: “siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñes”. 

Yo no he pretendido más que abrir el abanico, apuntar que entre La Isla grandilocuente y La Isla silenciosa existe otra que no necesita inciensos porque aquí, pese a los grupúsculos y a los clanes herméticos, nos conocemos casi todos, y nadie, como decía el proverbio árabe, puede ya saltar fuera de su sombra. Tampoco caben las revanchas. Gracián afirmaba que no hay venganza como el olvido, y cuando la dinámica de la vida nos obliga a echar un pulso diario, no hay tiempo para volver la vista atrás, ni para perderlo haciendo listas con menosprecios recibidos o crucigramas en horas de oficina. 

La razón, o las razones, que justificaron el nacimiento de La Isla están cambiando con la inexorable lentitud de los cambios profundos; lo anacrónico sería el triste espectáculo de que no vayan cambiando consecuentemente sus esquemas y se siga insistiendo en una sociedad falsa y pagada de sí misma que se nutra de grandilocuencia y chirigotas. 

La Isla y los isleños: un sueño donde no caben los ronquidos. 

Muchas gracias

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