Conferencia inaugural del curso académico de la Real de San Romualdo, pronunciada por el autor el 26 de octubre de 2004
De un tiempo a esta parte una gran mayoría de isleños nos preguntamos qué nos está pasando que retrocedemos a pasos agigantados. Si en algún momento llegamos a ser una ciudad —no me atrevo a decir del todo próspera, pero sí alegre y confiada—, hoy cunde el desánimo ante la evidencia de que poco a poco vamos perdiendo el rumbo o, con otras palabras, nuestras señas de identidad.
Quisiera dejar claro desde el principio que el contenido de esta conferencia no tiene ningún carácter político, ninguna intención partidista, sino el interés que pudiera despertar el análisis de cómo somos y, mejor, por qué somos como somos.
Naturalmente sólo pretendo esbozar una aproximación basada en un recorrido panorámico de nuestra propia historia, que es lo que corresponde hacer a los pueblos viejos de cuando en cuando para comprobar si lo que nos ocurre es absolutamente nuevo e inesperado, o se trata simplemente de un accidente fortuito, o de que es cierto que el que no aprende de la historia está condenado a repetirla. Desde luego no me mueve ningún afán didáctico, ni pretendo sentar ninguna tesis a partir de la cual se corrija nuestro rumbo; allá cada cual. Sí en cambio quisiera que, siquiera por una vez, fuéramos capaces de meditar juntos para que, antes de buscar culpables para descargar en ellos el peso de lo que nos sucede, pudiéramos analizar cuánta culpa nos corresponde a cada uno de nosotros, individual y colectivamente, sin que necesariamente, la política o los políticos tengan que cargar con toda la responsabilidad, aunque no puedan ser eximidos de ella, pero dejando también aclarado que los políticos en general y los más próximos a nosotros en particular, no son de otra galaxia, sino el producto y resultado de los mismos defectos y de las mismas virtudes que nos acuñaron; ni más listos ni más torpes: idénticos a la gran mayoría, por no decir a todos nosotros.
“La historia ha hecho a los hombres y los hombres han hecho la historia”.
Así empieza Sánchez-Albornoz su monumental ensayo “España, un enigma histórico”, y aun a riesgo de pecar de atrevido por tomar prestado a Laín Entralgo el título de esta conferencia de su célebre trabajo, “España como problema”, creo que ambas premisas son necesarias como punto de partida para que “La Isla como problema” no se confunda, como acabo de esbozar, ni siquiera de entrada, con “los problemas de La Isla” a pesar de que estos tengan su raíz en la conformación de aquella. Repasando a estos dos maestros del pensamiento no hay más remedio que coincidir con ellos cuando aseguran —y demuestran— que las trayectorias de los pueblos, de todos los pueblos, atraviesan, como en una gráfica, por unos puntos de inflexión que alteran sus rumbos. Puntos de inflexión a veces ajenos a ellos mismos; como si en el juego de azares que es la historia, alguien —quizá el ser de cada uno, o la historia misma, siempre azarosa—, alterara inconscientemente los dados, y estos, en vez de seis caras presentaran algunas más, imposibles de concebir a priori, totalmente imprevisibles; de ahí que esa gráfica pueda tener subidas bruscas y caídas vertiginosas.
Somos, al decir de Ferrater Mora refiriéndose a los españoles, el resultado de la fatal simbiosis de cristianos, moros y judíos. Habría que averiguar si el adjetivo fatal aparece según la acepción de inevitable, de desgraciado, o si corresponde al hado, que son las acepciones válidas según el diccionario.
Desde luego si queremos aproximarnos a La Isla para saber cómo la hemos ido haciendo, no deberíamos aislarla del contexto general al que pertenece y, puestos a sintetizarla de alguna manera, acaso pudiéramos fijarla en una de esas líneas que aparecen en los resúmenes de los resultados de las empresas; una línea verde por ejemplo, y detrás de ella otra roja, por la que discurre el pulso de España. Entonces veríamos que muchas veces por su paralelismo, parecen sombras una de otra o bien que la nuestra se altera al unísono de la que representa a España. En la de La Isla, si la animáramos, además veríamos cómo arranca con dificultad, cuesta arriba, muy despacio, fulgurantemente después, y que lo mismo alcanza mesetas de sosiego y bonanza en la cumbre, que simas profundas y valles de desesperanza desde donde parece que es imposible remontar de nuevo. Igual que la de España. Américo Castro asegura que »España parece estar siempre a la espera de lo que alguien decida hacer con ella». No creo que esta observación no forme parte consustancial con nosotros.
Pero hablábamos de grafismos, es decir, de síntesis; para explicar la que nos corresponde, bastaría asomarnos a uno de los balcones que el Caño de Sancti Petri nos ofrece. (Ya ven que ni siquiera podemos presumir de río, sólo caño, aunque otrora con fuerza suficiente como para que con viento de levante o de poniente hubiera que amarrar por largo y por corto a los bajeles que se construían en el Carenero), como lo asevera Fray Jerónimo de la Concepción entre otros historiadores. Pues bien, asomados a ese Caño, que no río, y mirando hacia su desembocadura a la mar abierta por el Castillo, podemos soñar con la leyenda fenicia de Merkart; cómo comercian con nuestros paisanos los tartesios, y entrar en la vorágine de cartagineses que ayudan a los fenicios contra los tartesios; a romanos victoriosos que aquí son recibidos rendidamente. Podemos creer que, efectivamente, César lloró emocionado cuando vio la entronizada esfinge de Alejandro joven con una historia de conquistas grandiosas a sus espaldas, que él, César, ya maduro, no había conseguido todavía. Fuimos Gades, provincia de Roma, acuñadora de monedas. Fuimos por tanto hispano romanos. Estamos en Al-Ándalus, en tierra de vándalos al decir de los árabes, de los árabo-bereberes con quienes se funden los hispano-godos, fusión sin traumas, con la naturalidad que sólo el tiempo y la cotidianeidad a veces procuran y que fecundan una casta nueva, los mozárabes, hispano romanos e hispano visigodos que vivieron bajo la dominación árabe conservando —conversando— entre ellos la lengua propia, el latín romance, y el árabe con los musulmanes. Es cierto que ni los almorávides ni los almohades nos dejaron Mezquitas ni Giraldas deslumbrantes, pero sí huellas indelebles que fueron amasando nuestra forma de ser acomodaticia; tanto, que lo mismo pudimos ser ciudadanos de Roma que muladíes, adoradores de dioses y conversos al Islam cuando nos convino. Fuimos conquistados, no conquistadores. Sin embargo no fuimos miméticos de las corrientes culturales; las asimilamos, sí, pero para devolverlas con nuestro sello, con nuestras señas de identidad en los reversos de las costumbres y las creencias, según podemos ver en Sánchez-Albornoz.
Pero sigamos recorriendo, las orillas de este caño, que no río. Si miramos hacia donde ese brazo de mar se encuentra con la Bahía, en ese mismo punto todavía en uso, están las primitivas instalaciones navales hijas de la ilustración, resultado de la modernidad, de la más grande inflexión y progreso de los que fuimos protagonistas; es decir, en escasos seis kilómetros podemos decir que tenemos condensada la historia de la humanidad.
Si de verdad nos convencemos de que desde tiempos inmemoriales nos acomodamos al ritmo de la historia, con esta somera observación podríamos empezar a preguntarnos cómo somos, y si nos amasaron con materiales a lo largo de los siglos; pero también podríamos preguntarnos cuál de los componentes predominó sobre los demás, si es que hubo alguno en concreto, porque lo que sí está claro es que nunca fuimos endogámicos, sino que nos mezclamos con todas las razas con el resultado imprevisible de esas complicadas aleaciones, a veces químicamente favorables, a veces dramáticamente antagónicas, en todo momento sacudidos por corrientes exteriores que, al tiempo que nos despejaba de mente y nos abría a otras formas de hacer y de ser, —que nosotros adaptábamos—, para conformarnos como pueblo dispuesto a admitir el paso de culturas y costumbres; y, como apuntaba antes, capaces de asimilarlas para devolverlas renacidas, aunque condenados a estar sometidos a cambios que nunca dependieron de nosotros mismos, de nuestras propias iniciativas: siempre a remolque. Esta constante se ha mantenido a lo largo de los siglos, como veremos más adelante.
Quisiera atajar un posible desvío que pudiera derivarse de lo que acabo de decir. Si durante muchos años, nos hicieron ver que siempre hubo un enemigo exterior causante de todos nuestros males. posiblemente esta no sea una constante exclusiva nuestra, sino la de todos los pueblos de todas las latitudes. Pero aquí, porque era cómodo aceptarlo o quizá porque el entorno nos hizo agudizar el oído, entonamos este estribillo con una reiteración demasiado escandalosa para, primero, ser cierta en su totalidad y, segundo para tener una excusa donde justificar nuestra natural indolencia. Tampoco creo que aquel eslogan “España es diferente”, utilizado como coartada por la dictadura, fuera algo de lo que debiéramos sentirnos orgullosos, ni como españoles, ni como andaluces, ni como isleños; posiblemente si no hubiéramos sido durante tanto tiempo diferentes, quizá habría sido otra nuestra fuerza y otra nuestra perspectiva. Digo esto porque a los isleños nos achacan y hemos presumido de aparecer diferentes, como hijos de otras madres, y no es así, y ya sea por españoles primero, ya como andaluces después, nos da de lleno aquellos terribles versos de Luis Cernuda:
la hiel sempiterna del español terrible
que acecha lo cimero
con su piedra en la mano.
Pero hablaba de puntos de inflexión en la historia. Este territorio no permanece ajeno a ellos, desde los fenicios a la expulsión de los judíos y moriscos, pasando por un larguísimo recorrido que puede empezar —por darle un comienzo y por fijar hitos a lo largo del tiempo— en las guerras civiles de Sertorio, ocho siglos de dominación árabe, la Reconquista, la Inquisición, el descubrimiento de América, la Reforma, la cristianización de Europa, la Revolución Francesa, la Ilustración, ¡Trafalgar!, el nefasto reinado de sucesivos monarcas, la pérdida de las colonias ultramarinas, dos repúblicas, dos dictaduras… ¿sería extraño preguntarse si un pueblo tan zarandeado como este nuestro, tan sujeto a destinos nacionales, tan a remolque de tan diversos aconteceres dentro y fuera de nuestros límites territoriales, podía mantenerse impávido, inflexible, o no tenía más remedio que ir acomodándose a cada circunstancia?
Sin embargo no es esto lo que nos preocupa, no es lo que nos pasó el principal argumento que nos ocupa hoy, sino cómo terminamos siendo después de tantas vicisitudes, a dónde hemos llegado después de que nos pasaran tantas cosas, tanta historia vivida en primerísima fila.
Recuerdo que siendo un niño iba de la mano de mi madrina a visitar a su familia, profusa de marinos, y oír cómo revivían la pérdida del “Reina Regente” que a tantos isleños les segara la vida. Lo curioso es que la recordaban como algo inmediato, como acabado de suceder, y ya habían pasado años. De igual modo, con el mismo pesar se hablaba de Cuba o de Filipinas, donde muchos miembros de esa familia vivieron y murieron; y si para el niño todo aquel rito, entre pastas y mermeladas caseras, era un cuento de buenos y malos, de tragedias navales y de mambís traidores, ellos hablaban de su propia sangre derramada, con la misma intensidad y dolor que años más tarde sintieron la sublevación de La Carraca, la explosión de Cádiz o la pérdida del “Guadalete”. Quiero decir que la historia, más de cerca que de lejos, siempre nos ha rozado o la hemos padecido de lleno; pero fundamental y principalmente la Historia de España, más nuestra que de otros municipios de alrededor que nunca estuvieron vinculados directamente con sus destinos. ¿Que esto nos hizo más arrogantes?, es posible, pero no nos dejaron ser pacíficos agricultores más pendientes del clima que de los vaivenes de la historia. Al nacer lo hicimos con un destino preconcebido, y de una tierra de baldío, salvo escasas excepciones, empezamos a contar, nada menos que en los destinos de España.
Así vemos como en corto espacio de tiempo, la vieja dehesa de los toros de Gerión se convierte en un centro neurálgico y estratégico, justo desde el 21 de Mayo de 1729 que se incorpora a la corona con Felipe V, y, sucesiva e ininterrumpidamente, cuando el 11 de Enero de 1766, reinando Carlos III, se forma el primer ayuntamiento, o cuando tres años después, en 1769 se trasladan a nuestro suelo las dependencias de la Armada, después de que en 1917 ó 1724, 1749 y 1782, sucesivamente, se fijan la Real Orden, el comienzo de las obras y la terminación del Arsenal de La Carraca. Sufrimos Trafalgar no sólo por nuestra sangre derramada, sino porque nos dejaba huérfanos de pan y de futuro. Tres años después abanderamos la España libre durante la guerra de la Independencia, que tan profundamente marcaría nuestro destino. Posiblemente uno de los puntos de inflexión más sobresalientes de nuestro existir y quizá el primer encuentro real con nuestra propia conciencia y nuestra importancia histórica. Pero a pesar de que todas las fechas citadas hayan influido tanto en nosotros, repasándolas minuciosamente para alardear de ellas, cometeríamos, una vez más, un abuso que a estas alturas debiéramos dosificar, incluso erradicar: la narcisista tendencia a satisfacernos mirándonos el ombligo. Para saber cómo somos debemos levantar la mirada y observar cómo eran los demás, habida cuenta de que es prácticamente imposible vivir sin comparar.
Más por curiosidad que por afán erudito he buscado síntesis de pensadores que pudieran definirnos, no a los isleños de forma excluyente, sino a la unidad a la que pertenecemos desde siempre: a España, para tratar de si, conociendo a nuestros compatriotas, somos capaces de vernos en el mismo espejo. Antes me refería a la conclusión a la que llegó Américo Castro.… »¡¡Siempre España a la espera de lo que alguien decida hacer con ella!!» Pero a esto le contesta su opositor más radical, Sánchez-Albornoz:
»¿Pero cómo es posible que tras asomarse a nuestra historia haya nadie capaz de elucubrar tal pensamiento? ¿Habríamos luchado siete siglos contra los mahometanos, conquistado América mantenido a raya a turcos y franceses, combatido por la unidad católica de Europa hasta caer exhaustos, peleado larga y heroicamente contra Napoleón y mantenido tres guerras civiles —la cuarta y más dramática aún no se había producido cuando esto escribe el pensador— si los españoles nos hubiéramos hallado siempre a la espera de lo que otros hubieran querido hacer con nosotros?»
La tesis es impecable como bodegón realista, sin embargo, no es menos cierto que mientras que alguno de esos episodios ocurrían, el pueblo llano, permanecía ajeno a su destino. Que se lo pregunten a la Castilla miserable y sometida a Carlos V, que hizo tabla rasa con las Comunidades para ceder a flamencos los destinos de España, flamencos que, como el mismo emperador, no sólo no conocían las costumbres, las leyes castellanas, sino que desconocían el propio idioma. Castilla jamás tuvo recompensa con el oro americano del que tanto protagonismo tuvo y que antes que remediar sus males servía para sufragar guerras desconocidas. Lo mismo que los isleños no encontraron más recompensa a sus sacrificios que el orgullo —relativo en la mayoría— de servir a España aunque con el ay siempre en la boca.
Pero todo eso, con ser una epopeya grandiosa, es pasado, más aún cuando llegamos a descubrir que así ha sido siempre con todos los pueblos y, que a cambio, la historia le concede exclusivamente personalidad, y esto, a estas alturas, cuando nos acosa el futuro, poco debe importarnos si salimos bien o mal parados en el retrato de familia, sabiendo como sabemos que siempre estaremos a merced de los historiadores.
Ya ven lo que dijo Nietzsche de nosotros: “¡Los españoles! ¡He aquí hombres que han querido ser demasiado!”, nunca sabremos si el tono fue o no despectivo. Sin embargo, por si acaso, Claudio Sánchez-Albornoz lo corrige puntualizando: “¡Los españoles! ¡He aquí hombres que han querido demasiado”, a él le sobra un verbo que, en este caso tiene un enorme poder distorsionador. (Nunca aprenderemos suficiente sobre la importancia del lenguaje). Si cotejamos las dos aseveraciones, la del pensador español —querer demasiado—, está impregnada de la admiración que siente por la toda la epopeya hispana, y principalmente por la colonización española de América, precisamente cuando en su exilio puede compararla con la obra de otros países a los que no les interesó la colonización sino la conquista pura y dura. Y llega a más, sobre todo cuando Ortega afirma: “los españoles hemos querido ser un estallido de voluntad, ciega, difusa, brutal…” Sánchez- Albornoz, modifica su inicial pensamiento y cambia con sutileza a este otro: “¡Los españoles! ¡He aquí hombres que han querido ser!” Pero tampoco se queda ahí porque le parece que el pensamiento resulta poco definitivo cuando está convencido de que no sólo quisimos ser, sino que lo conseguimos, aunque después no supiéramos conservarlo.
Volvamos los ojos a nuestra parcela. Otra vez estamos dentro de nuestro territorio, nuestro paisaje y nuestro paisanaje. Miren ahora al trasluz y comprueben si existen o no similitudes con lo que acabamos de repasar. ¿Henos querido demasiado? ¿Hemos querido ser demasiado? ¿O simplemente hemos querido ser?
Un día, lo que solo era jardín y lugar de recreo de los gaditanos ricos; donde, además, también éramos carpinteros de ribera, artistas de la azuela y de la brea, calafateadores y herreros al tiempo que colonos de huertas fértiles, un día, digo, nos encontramos con que un italiano, José Patiño, cree que existe en este rincón un lugar privilegiado para la construcción de navíos para esa escuadra que tiene en mente poner a flote y que España necesita. A La Isla, por este motivo, acuden artesanos de todo tipo y, no debemos decir, la repueblan, sino la pueblan. Volvemos a ser crisol de sangres y costumbres siglos después de haber sido ejemplo fecundo.
Con el Arsenal de La Carraca, el sueño de Patiño, se consolida la ciudad como núcleo urbano. Con el Arsenal de La Carraca la Real Isla de León despierta a la modernidad. El Real Carenero de La Puente no puede dar más de sí, la nación demanda barcos y no le son suficientes los que se botan en Guarnizo o en La Habana. Hay un convencimiento de que sólo con Armada España puede seguir poseyendo lo que posee. Esta es la idea. Pero como tantas ideas redentoras, es discutida, combatida, perseguida por los gobernantes visionarios o incapaces que tienen el privilegio de establecer políticas concretas, unas veces acuciados por la precariedad, otras, las más, por estar negados para actuar con proyección de futuro.
Con sólo recordar la historia de España durante el siglo siguiente a la terminación del “Hércules”, primer barco que sale de La Carraca aunque fuera botado en El Puntal, como nos descubre nuestro compañero de Academia, José Quintero, en su libro “El Arsenal de La Carraca 1717-1736)”, La Isla vive minuto a minuto el mismo palpitar de España, y de la euforia y el trabajo continuado, se pasa por esos valles de desesperanza que aludía al principio.
En 1825 La Isla cuenta con 18.189 almas, sin incluir las de la tropa que, pudiendo acoger a unos 8.000, ese año tiene como guarnición sólo 1000 y 100 caballos de las fuerzas de ocupación (Ya saben: los hijos de San Luis); sin embargo no podemos quejarnos porque La Carraca, con curva sinuosa, sigue teniendo pulso y por ende, La Isla. Podemos presumir y contar con 5 abogados, 100 albañiles, ¡13 boticarios!, 51 caleseros, 72 carpinteros, —muchos más que hoy—, 11 cirujanos y médicos, 7 chocolateros, 110 panaderos, (¿existe hoy alguno?), 272 mozos encargados de tabernas y comestibles, 219 vendedores de efectos, es decir: comerciantes, 520 sirvientas, 99 eclesiásticos entre regulares, seculares y monjas. En el capítulo dedicado a la educación, aparte del internado de Madariaga, donde se enseñaba hasta esgrima, se llegaron a contabilizar hasta 19 academias, y según Adolfo de Castro, hasta un colegio francés para instrucción de jóvenes que se dedicasen a la Marina y donde hubo muy sabios profesores. Y si de seguir el hilo de ese tiempo y de señalar aptitudes se trata, repasemos un histórico artículo del isleño Cróquer, aparecido en el número extraordinario del Diario de San Fernando el 24 de Septiembre de 1910, y referido a La Isla durante el último tercio del siglo XVIII:
»A ella [a La Isla] concurrieron artistas, sabios, profesores de todas las ciencias, comerciantes de todas las regiones de España y muchos extranjeros, porque su nombradía, a pesar de su constante sombra, se extendió por todos los ámbitos de la Monarquía. Los hijos de ella, y los que se educaron en esta Villa fueron esforzados marinos, buenos militares, excelentes artistas, grandes matemáticos, consumados astrónomos, atrevidos pilotos e insignes geógrafos, con los cuales pudiera formarse una galería tan lucida en número y calidad que no tendría que envidiar nada a ninguna otra ciudad del Reino»
La sombra de La Carraca se proyecta en fábricas de albayalde, en fundiciones, en la elaboración de jabones, en curtidurías que llegan a producir hasta 30.000 libras de suelas, industrias de ladrillos, de yeso, de almidón, de fideos, de licores y naturalmente, salinas.
Ojeados estos capítulos, en cada uno de ellos, el autor de los mismos, Eduardo Quintana, siempre apostilla algo que induce a pensar que hubo tiempos mejores en el desarrollo de estas y otras actividades; la coletilla es sugerente: »…sin embargo no es tan activa como en otros tiempos», es decir la pujanza de San Fernando, conoce, desde su nacimiento, altibajos más o menos dramáticos, hasta el punto de que siglo y medio después, ciento cuarenta y tres años después de la muerte del que la soñara, La Carraca está a punto de desaparecer.
Para dar una idea de lo que ocurre basta con que recurramos a la prensa de entonces. Leo textualmente:
“El penoso estado del Arsenal de La Carraca”, dice Diario de Cádiz, de donde procede la fuente:
»El que fue en otro tiempo rico establecimiento de la industria marítima, el arsenal de La Carraca, está hoy en estado de abandono. La economía mal entendida y aplicada a la Marina de Guerra ha llevado a La Carraca a este lamentable estado. Sus talleres están desprovistos de operarios y sus gradas, donde se han construido excelentes buques, están vacías. Sólo vemos a la goleta “Castilla”, que hace diez años se le puso la quilla y que sigue con su costillaje al descubierto soportando lluvias y calores.
Los Caños están deplorables. Dentro de muy poco llegará el día en que los buques no puedan cruzarlos. La fragata “Libertad” varó cinco veces, y la “Arapiles” tuvo que esperar un mes para que las mareas le permitan entrar en dique»
Corre el año de 1879.
Cinco días antes de lo que acabo de transcribir, puede leerse:
“Decadencia de la actividad en San Fernando”
»El Ayuntamiento de San Fernando ha dirigido al Ministro de Marina un razonado expuesto dando cuenta de la decadencia de la ciudad cuya vida siempre se vinculó a la Marina, a causa de las disposiciones perjudiciales para San Fernando que emanan con lamentable reiteración de ese Ministerio, como la supresión de la Escuela de Condestables…»
¿Les suena algo de esto? ¿Estamos en 1879 o en 2004?
Pero podemos seguir con otras notas. Entre éstas y las anteriores han transcurrido sólo seis años. Durante este tiempo La Isla no ha salido del marasmo, y se anuncia:
»Parece que el Ministro de Marina había dispuesto hace días la supresión de 700 plazas de la maestranza de la armada, pero al final sólo han sido 100 los despedidos».
¡Bah, poca cosa: cien familias son poca cosa!
Vuelve una normalidad relativa. Se anima la construcción de buques aparte de dotar al arsenal de máquinas y herramientas que dejan a nuestro astillero —dice la prensa— entre los mejores de Europa. Ya saben ustedes que en esa época se cambiaba de Ministro como de calcetines y, a Ministro nuevo, los isleños a tentarse la ropa.
Sólo un año después vuelve a agitarse La Isla con el inminente despido de 900 ó 1000 jornaleros, pero hay suerte, sólo se despiden 981. Cuatro meses más tarde, al entrar los operarios en el Arsenal se encuentran con un piquete y dos cañones mientras, por mar, un remolcador armado impide el acceso a los trabajadores que llegan de Puerto Real. La situación del Arsenal es crítica. Otra crisis más que se salda, como siempre, en precario, porque 16 años después, en enero de 1903, »marcha a Madrid una comisión para gestionar cerca del gobierno a favor del mantenimiento de trabajos en La Carraca. También, con el mismo fin, parte al día siguiente otra comisión desde Cádiz, lamentando la ausencia del obispo que no puede hacerlo por cuestiones de salud. Cádiz y San Fernando despidieron a sus respectivas comisiones con entusiasmo delirante y con vivas a San Fernando, al Arsenal, y a la Maestranza».
Sin comentarios y conste que transcribo literalmente.
Se consigue en esta ocasión que no se despida a nadie, pero cinco meses más tarde, en mayo, se suspenden todos los trabajos. Sólo hay dinero hasta el 16 de junio para 800 trabajadores. Es necesario despedir a 600. Los trabajadores se ofrecen para trabajar menos días a la semana para compartir su trabajo con los que están despedidos, pero el gobierno, en principio, no acepta, aunque al final se llega al acuerdo de que la mitad de la maestranza trabaje los lunes, miércoles y viernes, y la otra mitad, los martes, jueves y sábados.
Sin embargo la tensión es tan grande que La Isla convoca una huelga general. ¿Les suena?
Pero hay más: el Capitán General se niega a cerrar La Carraca mientras el Congreso estudia la clausura del centro. Dimite el ayuntamiento en pleno, todos los concejales con su alcalde Manuel Lobo. El Capitán General, Ramos Izquierdo, hijo de La Isla, fue “disimuladamente” trasladado a otro destino. El alcalde fue llamado por el Gobernador Civil para comunicarle que incurría en un delito de abandono de responsabilidades. El Alcalde contestó que dimitía por las mismas razones que sus compañeros de corporación. La única solución que puede ofrecer es disponer de las 910 pesetas que hay en las arcas municipales para repartirlas entre los obreros despedidos.
¿Pero qué ocurre en España para que este desconcierto pueda producirse y en La Isla se viva con el alma en un hilo? Que España toda es un desconcierto, que a Silvela le sucede Villaverde en la Presidencia del Consejo, y a Sánchez de Toca le sigue Cobián en el Ministerio de Marina, y lo que uno abandona a su suerte porque se va, el otro puede prometer y promete porque viene.
Eludo las razones que esgrimen unos políticos contra otros. Es inconcebible pero cierto que la causa de tanto desastre sea las cuentas poco claras que, parece ser, se desprende de la gestión en la propia Carraca. Y lo eludo porque no he podido encontrar documento alguno con la relación de los presuntos implicados y su encarcelamiento inmediato, luego debo suponer que se trata de una artimaña para disimular lo que a todas luces es una incapacidad manifiesta de los gobernantes. Sí en cambio quisiera reseñar cómo se salda temporalmente el conflicto laboral de ese año de 1903.
Dice el Diario en grandes titulares:
»El Gobierno concede créditos para La Carraca»
No se crean que la cuantía es extraordinaria: 768.500 pesetas.
Imagínense pese a todo a alegría: el ministro, naturalmente viene a La Isla a recoger los aplausos; es recibido en olor de multitudes; el Ayuntamiento bajo mazas, bandas de música, cuatro mil enfervorizados paisanos y una espontánea poniendo el dedo en la llaga, como siempre hace que la gente salida del pueblo, se encare con el ministro y le dice “Señor Ministro, en San Fernando hay mucha hambre. Dé vuestra excelencia trabajo”. El Ministro, Cobián, yendo a lo suyo, dijo que “las gracias no había que dárselas a él, sino a su Majestad, que no ha dejado de interesarse por los obreros de La Carraca”. ¿Qué iba a decir?, ¿qué su Majestad también era el culpable directo de las crisis? Pero no se preocupen: 8 meses más tarde se agotan los créditos y el despido amenaza de nuevo a 600 hombres y el astillero, una vez más, cae en una nueva crisis. La economía isleña no parece estar uncida a la construcción naval, sino a una noria con poco caudal movida por asnos cansinos.
Esta ha sido la música que siempre nos ha acompañado, y la letra tampoco ha variado demasiado: renacer para morir poco a poco, sin ruido, cuánto menos ruido, mejor. Seamos comedidos. No caigamos en el vicio de la queja, ni en el de la envidia, ya saben que la envidia es hija de la inferioridad y de la impotencia.
A esa impotencia debemos referirnos. ¿Cómo es posible que con estos antecedentes los isleños no hayamos sido capaces de emprender otros rumbos; que, sin olvidar lo que le debemos al pasado y lo que el pasado nos debe, no hayamos sido capaces de buscar otras economías alternativas? Parece, a la vista de la historia, que no hemos querido aceptar la responsabilidad de nuestro propio futuro; que lo mismo que nunca fuimos conquistadores, sino conquistados, hemos preferido ser fieles a un amo poderoso antes que alcanzar, cada uno por sí mismo y colectivamente, la independencia; en cierto sentido, no sabemos que pensarían los grandes hombres que en este suelo nacieron, qué pensarán las generaciones venideras, pero en muchos aspectos aún conservamos un esquema social que raya más en el medievalismo que en la contemporaneidad, como si no hubiéramos asimilado ninguna de las formas de ser y de hacer de tantos pueblos como nos hollaron, o tal vez, sí, y por eso nuestra filosofía desembocó en un conformismo pastueño, que, mientras las economías no salían de lo netamente doméstico, se podía ir tirando, sobreviviendo, pero cuando poco a poco estamos viendo que nuestros competidores no son los del pueblo de al lado, sino los de todos los pueblos de mundo, coreanos incluidos, entonces, como ahora otra vez, nos sentimos huérfanos y desamparados, y no tenemos recambios.
La Isla como problema. Los isleños como problema. Dije al principio que esta conferencia estaba fuera de cualquiera intencionalidad política. No hay políticas en una radiografía. Que queramos admitir o no que esta sea la nuestra, no dependerá de mi pobre capacidad dialéctica, sino del rigor de cada uno. Un solo ejemplo, ahora que estamos inmersos otra vez en una crisis naval profunda. Cualquiera puede preguntarse si esta crisis actual —que por lo que estamos viendo es la misma de siempre— ¿está provocada porque somos malos construyendo barcos, porque somos lentos, porque somos caros, o porque, queriéndolo abarcar todo no hemos sabido especializarnos en nada? Hace más de veinte años Finlandia se especializó en ferry’s, Dinamarca en porta contenedores, Italia en cruceros, Francia y Alemania en buques de altísima tecnología; ninguno de esos países tienen como competidores directos a los asiáticos. Nosotros, por lo visto, sí. Llegamos a ser una potencia mundial en construcción naval, pero a medida que otros mercados crecían, el nuestro bajaba los precios para mantenernos, contratando unidades hasta por la mitad de su costo real, que luego, naturalmente, quedaba reflejado en la cuenta de resultados. ¡Se han perdido diez mil millones! Y no era verdad, se había contratado a la baja gracias a una política comercial suicida, a unos gobiernos y a unas políticas que, temiendo lo social, se despreocupaba de lo económico cargando directamente a los contribuyentes sus errores y su falta de ideas para cerrar definitivamente, y no en falso como siempre, una crisis endémica de la que nunca se ha dicho toda la verdad. Hoy tampoco, como saben todos los trabajadores del sector, incluidos sus propios sindicatos. Pero esta es otra historia que deberá ser abordada por los especialistas sin son capaces de pensar sin estar coaccionados por ninguna ideología.
Era necesario hacer el recorrido que hemos hecho, no para encontrar soluciones que se escapan de nuestras competencias, sino para demostrar que nada de lo que nos ocurre es nuevo, vamos, que nos viene de lejos y que lo increíble es que nos haya vuelto a pillar de sorpresa, que no nos hayamos dado cuenta todavía que hay que buscar otras alternativas, que debemos dejar el hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo que decía San Pablo. Seguimos estando a meced de otros. Nos cambian los decorados del mundo, ya el teatro es otro, y cerramos los ojos ignorando que los demás ya están instalados en vanguardia, en la iniciativa privada, en el teatro adecuado y con argumentos reales, no como nosotros los españoles en general y los isleños en particular, que seguimos empeñados en representar teatro adaptado de la Galería Lasaliana.
Pero ni siquiera es este el fondo del problema, ya lo decía hace un instante, el problema es que no hemos caído en la cuenta de que existen otros caminos. Pensar en las antiguas fábricas de licores, de albayalde, de jabón, debiera conducirnos a algo más que a una espera incierta. Salir y comprobar cómo muchos pueblos próximos y no tan próximos, Montoro, Montilla, Almería. Huelva, por citar algunos tan solo, se han reconvertido y no dependen de un solo amo. Yecla, por ejemplo, tiene ochenta fábricas de muebles que se venden en Europa, ¡en toda Europa! Y esto debiera indicarnos que la iniciativa privada puede llegar más lejos que la industria subvencionada, y la iniciativa privada tampoco debe esperarse como un maná caído del cielo, personalizado en inversores generosos, dispuestos a dar dinero a manos llenas. De esos sí que hay que desconfiar tanto como de que llegará un gobierno salvador con indulgencias plenarias. La gloria es algo que se consigue individualmente, con el esfuerzo diario. Los milagros pertenecen otras latitudes, la economía se estudia en las escuelas especializadas.
Naturalmente esto no es motivo para nadie tenga que convertirse en guía de excursionistas, sobre todo porque no hay que seguir a un solo guía, sino a la concurrencia de todos. Lo decía nuestro Presidente en su discurso de toma de posesión hace unos días, él se refería a la cultura, y señalaba que era cosa de todos, de la voluntad, del convencimiento de que para pertenecer al mundo de hoy no se puede permanecer siendo espectador gratuito, en nuestro caso podría añadirse: ni pretender seguir dependiendo de la teta del Estado exclusivamente. El Estado que nos proporcione infraestructuras, no subvenciones, que de los proyectos y de los riesgos ya se encargarán los empresarios libres.
Pero, por favor, que no se produzca la desbandada, que se defienda lo que aún tenemos mientras buscamos salidas alternativas, y, por qué no, exigiendo que la crisis no vuelva a cerrarse en falso como viene sucediendo desde que Patiño soñara La Carraca y como consecuencia naciera La Isla.
Si no nos empeñamos en variar, si queremos seguir viviendo con un sobresalto perenne, que nada cambie, que no se mueva una hoja, que nadie respire fuerte no vaya a apagarse la luz de la única vela que nos alumbra. Silencio. Silencio y oración. Y repitan conmigo: Señor, mira a La Isla según tu misericordia.
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