Así solían calificar los críticos taurinos a los toros cuando barbeaban en tablas. Así nos prefieren los políticos.
Comprendo que se tiene mucho ganado, socialmente incluso, si se es manso de solemnidad; es decir, si se practica el dame pan y dime tonto. Nunca los triunfos necesitaron tanto de prescindir de las tres o cuatro cosas en las que se pueden creer. Ya todo es relativo: la dignidad, los ideales, en afán de justicia, todo ha sido devorado por la mediocridad, los intereses particulares y la ramplonería. Al final, por mucho que se intente abrirle los ojos a la piara, es ella misma la que termina eliminando al que disiente. El que no sirve para junco termina roto. Y, total, ¿para qué si sólo los golfos son los que parten el bacalao?
De momento y mientras dure la tristeza de comprobar a diario que todo va cuesta abajo; que nada es como lo pintan; que todo es un simulacro para que sigan mandando los de siempre; que después de soñar tanto tiempo con la democracia se ha convertido en esto, dejo de preocuparme de lo que acontece y abandono, tiro la toalla. ¿Derrotado? Llámelo como quiera. Tampoco quise nada de lo que no creo. El ser humano, mejor, la individualidad del ser humano es respetable, el problema surge cuando se convierte, voluntaria o inconscientemente, en miembro de la piara, peor si no advierte de que es su mansedumbre la que encumbra a los miserables.
De momento suspendo este blog. Sé que con ello doy una alegría a los que se sienten aludidos en mis críticas; también un pequeño disgusto a los que me leen comprendiendo lo que digo —son menos, naturalmente—, al fin y al cabo, con los años, se comprende que los escudos humanos son las únicas barreras ciertas donde se protegen los sátrapas tengan o no tengan urnas.
En esta despedida, aunque sea temporal —pienso—, no quiero poner ningún ejemplo que la justifique, ni siquiera la actitud del señor Botín al pedirle al Presidente que no haga ningún movimiento político mientras la economía esté en el aire. El alcance de esta declaración puede que dentro de dos días, dos semanas, se haya olvidado aunque sea la única verdad que se persigue, que persiguen los amos del mundo y que, eufemísticamente, llaman “mercado” sin especificar su naturaleza aunque en realidad sea de ganado, manso como digo, pero ganado al fin.
“El pueblo está para esperar y perder”, dijo Albert Camus. El pueblo está hipotecado porque ninguno de sus representantes lo defiende de los ataques del gran capital, quizá porque sin él ninguno de ellos habría llegado a alcanzar las cumbres —relativas— del poder sin más mérito que arrodillarse y allanarle los caminos.
Es posible que alguien piense en por qué me voy ahora, con las elecciones en puertas. Pues precisamente porque no sería ético seguir opinando de algo en lo que no se cree. La opinión o está apoyada en la razón o es susceptible de comprarse y venderse, que es lo que viene sucediendo. Ahí no entro.
También es cierto que otros pensarán que mi silencio representa el triunfo de la casta en mayor o en menor nivel. Es posible; ellos lo pueden todo, y ese es el drama. Si no fuera así, el espectáculo que nos brindan a diario no pasaría de tragicomedia o esperpento. Ellos soportan todo menos la burla. Saben que la ironía, el sarcasmo es una forma educada de desprecio. ¡Qué le vamos a hacer!
Que razón tuvo Unamuno al decir “¡Qué inventen ellos!
Puede que vuelva algún día. Si lo hago no lo haré para señalar a los verdugos, sino a sus víctimas.
Un saludo cordial.
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