Dejando bien sentado que España no va a las guerras sino a misiones humanitarias y a vuelos de protección, las guerras, digo, tienen de malo que se saben cuándo empiezan pero no cuándo terminan. Ni cómo. Lo de si están bendecidas o no por la ONU me parece una jilipollez como la Torre Pelli sevillana. La ONU es otra jilipollez, como todas las camas donde caben los regímenes de todos los colores, incluso con derecho a veto, como China, o con ciudadanos sin derecho a voto, como tantos. ¡Joder, qué tropa, Miquelarena! Menos mal que Zapatero se conforma con la puntita nada más y, en este caso, con sus paniaguados de la ceja, esos que desprecian la tarta y se conforman con pellizcar sólo las guindas.
El riesgo que se corre al pronunciarse así es que a uno, pobre, lo tachen de la lista de progresistas, un contradió, menos mal que esto, como las modas, sólo dura una temporada. ¡Lo que les importará a ellos! Esperamos vivir lo suficiente para poder contar cómo se cambian más de camisetas que de bragas; tampoco vamos a tener que aguardar mucho.
Ahora, sin pistas falsas, nos encantaría que se explicaran el lío que se ha formado en torno al mando de las operaciones. De momento el costo de nuestra participación va a costarnos unos 25.000.000 de euros, eso si se acaba el conflicto en una mes que, calculado por Zapatero, ni se sabe. ¿Será por dinero en un país tan rico como el nuestro? Total, si hay que ir, se va, pero, ¿para qué? ¿Por no tener dinero, dice usted? Hombre, si Libia fuera un desierto y cuatro palmeras con toda seguridad estaríamos mirando para otro lado, como se hace siempre que los derechos humanos son pisoteados por el sátrapa de turno cuyos súbditos no tienen más que la chilaba que llevan puesta y el subsuelo, como el suelo, no da más que para que el dictador y su familia, con corona o sin ella, ponga en Suiza todas sus aspiraciones de futuro y las de su pueblo matarile, pues a ver, que alguien explique algo.
Por lo visto hasta ahora, a Zapatero le importa más un civil libio que uno español. Se sabe que aquí no estamos siendo atacados con bombas de esas que hacen pupa, aunque deberían aclarar las diferencias entre morir de golpe a hacerlo poco a poco. Soportar una política de acoso y derribo de la sociedad civil puede ser más duro que un ataque con bombas; la ineficacia, la arbitrariedad y la desesperanza también matan. Que hablen no los subvencionados, sino los que han perdido hasta la ilusión de vivir y, conste, no hablo de los cinco millones de parados, sino de los perplejos que no saben nada de izquierdas ni de derechas porque eso ya es un anacronismo; de los que creen que tienen derecho a una vivienda digna, o a un empleo en función de sus capacidades, o un futuro que no esté empañado por las dudas, por la incertidumbre.
Lo decía más arriba y no trato de descubrir nada nuevo, de las guerras se sabe cuándo se empiezan —relativamente, claro—, pero nunca cuándo terminan. Imagínese a un soldado de los de entonces decir: “Me voy a la Guerra de los Treinta Años”, se habrían reído de él. Pero lo peor no es esto, sino que en esta de Libia puede que ocurra que sea un “pronto” y que al final, los que hoy combaten, tengan que pactar con Gadafi, bien porque éste termine imponiéndose, bien porque el petróleo no es arena: poderoso caballero es don dinero.
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