Sólidos, líquidos y gaseosos

Así se definía en física los tres estados de la materia, y materia es, entre otras cosas, la realidad primaria de la que están hechas las cosas, o bien lo opuesto al espíritu. También, según el diccionario, punto o negocio de que se trata. Parece mentira cómo la política y la física pueden tener tantos puntos en común. No lo había pensado hasta ahora. Es posible que la edad condicione mucho, y lo mismo que los abuelos no están para educar hijos, sino nietos, los años anquilosan las capacidades, y al ir faltando las fuerzas físicas, no sólo se pierden los entusiasmos, sino se agudizan las suspicacias o, mejor, se aprende a definir mejor las situaciones.

Definir, de siempre, ha sido muy difícil. Es más fácil elaborar todo un tratado que resumir en una definición un sólo concepto. Y con esto no quiero decir que la veteranía conceda un don especial, pero sí perspectiva suficiente para no caer en decisiones precipitadas ni seguir creyendo en falsos espejismos, sobre todo cuando con machacona insistencia se sigue adorando a los líderes carismáticos y a considerarlos como venturosos advenimientos. Salvo algunos pensadores o científicos, líderes, lo que se dice líderes, no ha habido ninguno salvando los que con pocos elementos fundaron religiones que hoy siguen millones de personas. Pero estos líderes hoy no cuentan, es más, son rechazados por la soberbia al uso, esa que confunde el poder con la autoridad moral.

Quedemos, pues, en que los políticos, como materia, se dividen en sólidos, líquidos y gaseosos. La proporción en que se presentan la dejo a su particular enfoque, pero teniendo en cuenta que todos tienen, pese a sus resistencias, fechas de caducidad, establecer una tabla periódica puede resultar hasta fácil, por no decir unánime, a pesar de que las unanimidades sólo se consiguen con la ley del látigo o del soborno, dos formas de desprecio.

Cabría, no obstante, hacer una advertencia. Si se habla de políticos sólidos debiera matizarse de que lo son no por el peso de sus convicciones, sino por su capacidad de resistencia al desgaste. El ejemplo más próximo podríamos verlo en la Ciudad Encantada de Cuenca y el más lejano en los riscos de los desiertos de Utah, aquellos que inmortalizara John Ford en sus películas.

Las características de los líquidos vendrían dadas por las tendencia que tienen muchos a ser tontos dinámicos, esos que necesitan mucha liquidez para hacer chorradas. Lo decía Charles-Maurice Talleyrand, estadista francés: ”Nadie puede sospechar cuántas idioteces políticas se han evitado gracias a la falta de dinero”. Bien, perfecto, ¿pero y las que se han hecho gracias a esquilmar a los contribuyentes? Esos son los líquidos, peligrosísimos como se ve. Los demás, todos los demás son gaseosos, bien porque se les va la fuerza por la boca, bien porque son burbujas sin consistencia.

Pero, ya ve, todos son necesarios. Mejor dicho, todos se han convertido en imprescindibles, como las corbatas y los echarpes en las bodas de cierto empaque. También, a qué negarlo, porque hoy me han servido para escribir este artículo. Qué lástima que no me valgan para hacer uno apologético. A las muestras me remito.

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