Así solían calificar los críticos taurinos a los toros cuando barbeaban en tablas. Así nos prefieren los políticos.
Comprendo que se tiene mucho ganado, socialmente incluso, si se es manso de solemnidad; es decir, si se practica el dame pan y dime tonto. Nunca los triunfos necesitaron tanto de prescindir de las tres o cuatro cosas en las que se pueden creer. Ya todo es relativo: la dignidad, los ideales, en afán de justicia, todo ha sido devorado por la mediocridad, los intereses particulares y la ramplonería. Al final, por mucho que se intente abrirle los ojos a la piara, es ella misma la que termina eliminando al que disiente. El que no sirve para junco termina roto. Y, total, ¿para qué si sólo los golfos son los que parten el bacalao?